Entre Ibiza y el síndrome de Perséfone

Escribo con los pies enfundados en calcetines gorditos de estar por casa, signo inequívoco, al fin, de que estamos en otoño, aunque el cambio de hora ya hace lo suyo para dejar constancia de que los días largos y luminosos han llegado a su fin hasta dentro de unos seis meses, semana arriba o abajo.

Mentiría si dijera que no me afecta la ausencia de luz de este periodo del año en el que entramos. Me afecta, a pesar de que muchos me dirán que lo de estas latitudes que habito no es ausencia de luz en absoluto. Lo noto tanto que hasta tuve que hacerme hace años con una lámpara de esas que imitan la luz solar para exponerme a ella una media horita al día cuando los días empiezan a ser demasiado cortos o, peor, demasiado oscuros.

La ausencia de luz me afecta no solo físicamente, que también, sino, sobre todo, anímicamente, hasta el punto de haber vivido verdaderos descensos a los infiernos, de los que creo que jamás me recuperaré hasta que —¡oh, milagro!— con la llegada de la primavera, sus días más largos, sus temperaturas más suaves, mi ánimo se recupera, sin un aparente porqué.

Síndrome de Perséfone, lo llamaría, si tuviera que bautizarlo.

Pero una, que es una romántica, no puede evitar verle el lado positivo a tan oscuro viaje anual de descenso a los abismos, pues, seamos sinceros, allí es donde viven las criaturas más interesantes de la imaginación y la fantasía. ¿Acaso alguien cree que habría escrito aquella primera novela mía sin varios inviernos durante los que descender y obsesionarme por el cielo, el infierno, los ángeles, los demonios y sus problemas? ¡Claro que no!

Tampoco me habría acercado al mito del vampiro, ni a los mundos paralelos, ni a los zombis, ni a las brujas, ni mucho menos a criaturas del folclore local que desde hace varios inviernos me acompañan, desvelan y obsesionan, como mi querido Fameliar.

Por cierto, ver la luna llena anoche en Ibiza, camino al puerto, con el coche cargado al máximo y un sofá cama amarrado en la baca, me hizo replantearme la mudanza. Aunque, físicamente, no hay alternativa. Pero aquella luna…

He hecho el mismo camino de la casa que estoy dejando al puerto cada semana en el último mes y medio y en ninguna de ellas me he encontrado con la luna mirándome así de cara. Aunque, claro, eso ha sido cosa del cambio de hora, porque ayer, cuando embarcábamos, por primera vez era de noche.

Y por primera vez, también, me sentí observada. Y juzgada. O quizás no era juicio ni advertencia sino tentación aquella emoción que se adueñó de todas y cada una de las fibras de mi cuerpo.

La verdad es que durante el trayecto —más allá del ojo fijo de la luna llena sobre mí— noté varias veces un extraño movimiento entre las cañas. Cosas del viento, me dije. O del pasar de los coches, porque viento, lo que se dice viento, no había ni un ápice en Ibiza anoche.

Y también es cierto que se nos paró el motor cuando, ya en el puerto, nos situaron en aquella zona cubierta por un toldo —menos mal, al resguardo de la luna…— para esperar, ordenados por tipo de vehículo, a que pudiéramos subir al ferry. Por suerte, un chico muy amable, con la batería de repuesto de su barca y unas pinzas, nos ayudó a resucitar la batería y pudimos embarcar sin problema.

Aunque, ahora que lo pienso, ya lunes por la mañana, con el cansancio acumulado después de más de seis semanas sin un solo fin de semana —ni ningún otro día— de descanso, pero lo suficientemente despierta y con suficiente luz de día, anoche, en el puerto, parecía que la isla no quería que me fuera.

Y una parte de mí no quiere irse.

Quizá porque allí he sido feliz mucho tiempo y muchas veces.

O, tal vez, porque me voy con más de una historia incompleta.

A lo mejor —y puede que ese sea el reto que me propone la luna, el cañizal, el mar, el añorado río de Santa Eulària—, existe más de una manera de habitar un lugar.

Quizá, quién sabe, lo que me propone el otoño que ya se manifiesta y anuncia el invierno que viene es que me atreva, por una vez, a descender con la luz encendida a ese abismo que visito cada año. Puede que si lo hago de esta forma las Sombras que en él habitan sean más claras y corpóreas, lo suficiente para sostener la historia que, una vez más, he traído de Ibiza conmigo.

Es posible que habitar un lugar sea más que simplemente vivir en él. Hasta es posible que no haga falta en absoluto.

Quién sabe, hasta es posible que, si tengo el valor suficiente para dejarme guiar por la suave mano del otoño hasta esa oscura profundidad, que año tras año visito, descubra que Ibiza no es solo un lugar. O, al menos, no solo un lugar físico, sino mucho más.

De momento, me quedan las historias y la misma luna en el cielo. Quién sabe, quizás sean llave y cerradura de un mismo portal.

Sí, quién sabe…

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