Heraldo con fiebre

De todas mis dolencias —que no son pocas, pero, por suerte, me permiten llevar una vida normal— hay una que me molesta especialmente porque se presenta con puntualidad y particular saña cada vez que atravieso una época de cambio y estrés —sí, como una maldita mudanza—. Se trata de la otitis. Y sí, estoy escribiendo esto con un dolor de oído que no es de los peores que he tenido pero que no se lo deseo ni a mis peores enemigos.

En fin, no sería mi vida si no hubiera alguna complicación de salud para poner la guinda al pastel y ahora que estoy encarando la última semana de mudanza y empiezo a atisbar, allá, a lo lejos, algo parecido a la normalidad, ha decidido visitarme mi vieja amiga la infección de oído por causas alérgicas y cierta estrechez en los conductos que conectan la nariz con los oídos. ¡Viva!

Lo peor de la otitis no es el dolor de oído —que ya se las trae—, porque los analgésicos suelen hacerlo tolerable —salvo que se te haya perforado el tímpano, pero, por favor, no llamemos al mal tiempo, que con lo que hay ya basta de momento—. Lo peor, a mi humilde parecer, es el mal cuerpo que se te queda cuando la analgesia hace lo suyo y —¡oh, sorpresa!— descubres que el dolor silenciaba un malestar digno de una gripe: debilidad, mareo, cierta desorientación y, si la cosa viene con premio, también fiebre.

Aunque, cuando la otitis es compañera de cambios y fatigas, de algún modo entre sádico y absurdo acaba convertida en disparador de buenos recuerdos —físicamente dolorosos, sí, pero buenos—. Ahí estuvo ella, por ejemplo, mientras terminaba de escribir mi primera novela. Y cuando salieron las notas de la selectividad. En algún momento, al final del primer mes e inicio del segundo, en varios trabajos importantes que he desempeñado en distintos momentos de mi vida. Y así casi hasta la extenuación.

Así que esta otitis mía de hoy —más leve que en otras ocasiones pero no por ello menos molesta— no deja de ser un recordatorio de todo lo que tantas veces ha salido bien y, si me pongo más cursi todavía, una señal de que esta vez también lo hará.

Claro que este subidón de optimismo puede ser solo fruto de la misma medicación que me ha calmado el dolor pero me ha dejado hecha un trapo.

Al final, querido lector, me temo que, si has llegado hasta aquí, más que de un ejercicio consciente de escritura en formato de diario, has sido testigo de un colocón psicodélico por escrito cortesía de la medicación.

¿Me acompañas?

Suscríbete a La Enésima y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Deja una respuesta

Comentarios

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.