Hay días en los que no apetece nada. Poco importa lo que sea que te propongan o tengas que hacer, sencillamente, no apetece. Da igual si se trata de comer tu postre favorito, practicar el deporte que más te gusta o poder dedicar horas a esa afición por la que tanto fervor sientes. Y también da lo mismo si hablamos de hacer una tarea rutinaria, pesada o poco agradable. Simplemente, no apetece y esa falta de apetencia, tan similar a la desidia, pues ni siquiera aumenta o disminuye o varía en forma alguna según la actividad, puede ser una barrera infranqueable.
Hoy tengo uno de esos días y hasta escribir estas palabras en el blog me está costando horrores. Pero las estoy escribiendo. Y esto es porque cuando se da esta situación podemos optar por dos caminos opuestos, o bien forzar la máquina y hacer, sea como sea, aquello que te has propuesto hacer, o bien asumir que es uno de «esos» días y aceptarlo y sobrellevarlo de la mejor manera posible.
Admito que soy de las que suelen forzar la máquina, aunque me consta que en ocasiones es contraproducente, pues, si estás en esta situación quizás sea porque tu cuerpo -tu ser entero- te está pidiendo a gritos que pares, descanses, tomes distancia, lo que sea, menos seguir adelante como si nada.
Y es posible que así sea, pero, por si acaso, tengo una estrategia: Me doy un día de forzar la máquina, a veces dos, incluso tres o puede que hasta una semana. Si la situación sigue igual, comprendo que debo parar, por lo que sea, porque hay algo que tengo que ver, sentir, hacer -o no hacer- para que el proceso que sea en el que ando metida llegue a buen puerto. Aunque, por suerte, lo cierto es que rara vez se da esa concatenación de días de inapetencia y hastío, es más, esa es una extraña anomalía que sí merece toda mi atención.
En este contexto, cuando, como hoy, de forma aislada, al menos de momento, se da esta conjunción de hastío absoluto y apatía extrema, como decía, fuerzo la máquina. Pero no lo hago de cualquier manera, qué va. He aprendido que hay actividades que siempre van a ser más dolorosas que placenteras, más aburridas que divertidas, más molestas que bienvenidas. Estos días de inapetencia absoluta son ideales para quitarse de encima estas tareas, pues, total, absolutamente nada que hagas hará que el día mejore -tampoco que empeore, se quedará así de gris hasta que te despiertes al día siguiente-. Y a eso los dedico.
Por lo general, estos días, en especial cuando se presentan de forma aislada, pueden ser un regalo, a la larga, si sabes enfocarlos de la manera correcta, pues, si total, hagas lo que hagas, nada cambiará tu humor ni tu ánimo, por qué no usarlo para hacer eso que, en un buen día, sí conseguiría agriar al más pintado.
Así que, siendo hoy uno de estos días grises -y encima el color del cielo acompaña, imagino que por exceso de calor-, y habiendo realizado ya la principal tarea de mis días veraniegos, que es escribir la entrada del día en este blog, me dispongo a concentrarme en las tareas de un absurdo curso de verano, que, creedme, me provoca un aburrimiento infinito, y, precisamente por eso, mejor hoy, que cualquier día bueno.





Deja un comentario