Ayer la España peninsular se quedó sin luz.
Las islas nos salvamos del apagón, aunque padecimos cierta resaca por la tarde-noche en forma de caída de las redes de telefonía y, en algunas zonas, de Internet.
Y, yo no sé a los demás, pero el nudo que se me formó en la boca del estómago se parecía demasiado al que sentí justo antes de que la crisis por el «virus chino» se convirtiera en «confinamiento por COVID 19».
Y, joder, odio esta sensación.
Ahora, unas veintidós horas después del inicio del apagón y mientras la normalidad se restablece con lentitud, el mismo maldito nudo sigue ahí.
Porque ahora, mientras el país termina de recomponerse, toca preguntarse qué demonios ha pasado, cómo ha podido pasar y qué hacer para evitar que se repita. Diré más. Lo que ha sucedido me lleva a pensar -otra vez, igual que en 2020- qué puedo aprender y aplicar en mi vida, en mi día a día, de lo sucedido.
Pero el nudo en el estómago… Ese no se va…
Quizás se afloja un poco mientras vuelve la normalidad y trato de sacar algún aprendizaje de lo vivido. Pero persiste, enganchado a ese cómo, a ese por qué, a ese quién.
La sensación terrible en este momento, además de la consabida vulnerabilidad evidenciada —que, aunque en otros términos, vuelve a recordar a 2020—, es la de desconocimiento. Y ese no saber… Eso es, para mí, lo más difícil de soportar.
Al final, aunque la luz haya vuelto -y el teléfono e Internet-, seguimos caminando a tientas, al menos, informativamente hablando.





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