Entre lo que fui y lo que aún no soy

Desde que terminé el máster de escritura ando como pollo sin cabeza. Me cuesta saber dónde enfocar mi energía y cuando creo haber encontrado aquello en lo que centrarme, por un motivo u otro, nunca resulta ser el lugar —¿objetivo?— adecuado.

Empiezo a pensar que el problema no es haber terminado los estudios, sino, más bien, todo lo que no había asumido antes de empezarlos. Siendo sincera conmigo misma debo reconocer que los estudios para mí son un refugio, un lugar seguro, el hierro ardiente al que agarrarme cuando todo se desmorona… Y si el año pasado me matriculé en aquel programa de máster era, en efecto, porque todo se había desmoronado o amenazaba con hacerlo.

Es lógico, pues, que, una vez perdido el salvavidas, y por mucho que las cosas se hayan estabilizado desde entonces, reaparezca el vértigo que sentía —y que no pude enfrentar porque había toros más bravos que lidiar, que me llevaron a usar los estudios como capote—.

Así que lo que yo pensaba que era un «aprender a vivir después de los estudios» vuelve a ser un «aprender a vivir después de haber cambiado de profesión y lugar de residencia», que es en lo que estaba yo cuando el mundo se me fue a la mierda porque mi padre enfermó solo dos semanas después de que yo hubiera aceptado mi nuevo puesto de trabajo.

Por supuesto, si hubiera sabido lo que iba a pasar lo habría rechazado. Pero no puedo ver el futuro y era imposible saberlo. Claro que eso no quita que a la preocupación de toda hija cuando su padre enferma de gravedad se sume, de inmediato, el sentimiento de culpa por estar lejos y sin posibilidad cercana de volver.

Lo veo desde aquí y entiendo que me refugiara en los dos únicos lugares seguros que conozco: los estudios y la escritura. Los plazos de entrega de los trabajos me daban una excusa perfecta para estar ocupadísima y no poder pensar. La escritura me permitía evadirme de una realidad que no estaba preparada para afrontar pero que, tarde o temprano, todos tenemos que mirar de cara: aquel superhéroe de nuestra infancia al que llamamos papá es humano —muy humano— y el tiempo es una maldita Kriptonita contra la que no se puede luchar. Eso sin contar el siempre presente sentimiento de culpa por estar lejos, por centrarme en mi carrera…

Así que sí, tengo que asimilar que los estudios se han terminado, pero también que sigo estando lejos y, al menos, me quedan dos añitos más en la distancia —salvo giro inesperado de la trama— y que tengo un nuevo trabajo al que no le he prestado la atención que merece porque estaba demasiado ocupada intentando no desmoronarme.

Tengo un montón de piezas del puzzle que es mi vida, algunas más bonitas, otras más extrañas, otras tantas más feas y dolorosas; pero si consigo juntarlas forman un diseño hermoso —ahora lo veo—, porque, aún con todos los problemas, soy muy afortunada. Y lo sé.

Y, en mitad de todo este caos, debo reconciliarme con esa otra parte mía, la que crea historias, la que sueña mundos, y honrarla como merece. Tengo que cerrar etapas para abrir otras de nuevas. Sin renunciar a nada, para mejorarlo todo. Porque eso es la vida, cambio, aprendizaje, transformación. Y debo seguir creciendo, aunque no sea de la forma que hace años esperaba.

Hoy, de algún modo, comprendo que debo recuperar un espacio íntimo para la escritura, para que crezca de otra forma, acorde a la persona que ahora soy y no a la fui. Quizás, el camino desde aquí sea más tradicional y menos innovador. Quizás, quién sabe, haya caminos que de momento ni siquiera intuyo. También entiendo que tengo otorgarle a lo que me fue dado el tiempo y la energía que merece, más allá del umbral de supervivencia en el que he estado durante el último año. Ya pasó lo peor y sobreviví. Ahora me toca vivir.

No sé adónde me llevarán a partir de ahora mis pasos, pero, al menos, he conseguido tomar —al fin— consciencia de dónde me encuentro.

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