Entre humo, alambres y pinocha

Que llevo días —semanas, quizá, meses— dándole vueltas a mi vida no es ningún secreto. Puede que sea porque estoy en una relativa fase de duelo tras el máster, o, tal vez, porque estoy asimilando los cambios que ha sufrido mi vida en los últimos dos años, que no han sido pocos.

La cuestión es que estoy haciendo balance. Inventario. O recuento de daños. Y, joder, la nave ha perdido muchas piezas. Muchas. Aunque también ha ganado otras, o, mejor, ha pasado a usarlas de otra forma, más eficaz y eficiente, puede que, incluso, con otra función.

Creo que, de todo, lo peor no son los daños y alteraciones sufridas en este último tramo del viaje. Para nada. Lo terrible es que no era consciente del estado de nave y tripulación cuando me embarqué en la aventura. Y, ahora que lo veo de lejos puedo decirlo con franqueza: era tan deplorable que haber llegado hasta aquí es un verdadero milagro.

Para seguir con la metáfora del viaje y transformarla en símil diré que me imagino esta aventura, que es mi vida, o, al menos, los últimos diez o quince años, como una odisea espacial. No me preguntéis por qué, no me gusta el espacio como escenario narrativo. Pero esta es la imagen que me regala el Muso hoy y, creedme, si algo he aprendido con los años es a no discutir con él, salvo en las batallas que realmente valen la pena.

En fin, decía que en mi mente la metáfora del viaje interplanetario encaja a la perfección para esta situación y en ella una servidora es tanto nave como tripulación. Y a pesar de la intuición inicial, no, la nave no es solo el cuerpo y mucho menos la tripulación es solo la mente, el ser, el alma. Ojalá mi imaginación fuera tan clara…

El problema, decía, es que ni siquiera me había percatado del viaje en mi treintena —mucho menos en la veintena, claro—. Y no será porque no esté la literatura llena de viajes, caminos y ríos que van a parar al mar. Pero una a veces es dura de oído y de mollera. Así que, sin ser consciente del periplo cómo iba a preocuparme del estado de la nave y sus tripulantes. Para ocuparte de algo, primero debes conocer su existencia.

Será, quizás, porque mi mente sobreestimulada y con una dosis excesiva de fantasía, imagina la cuenta atrás, el despegue y la salida de la órbita terrestre en los primero años de vida, hasta llegar a la adolescencia; que vendría a ser esa época en la que dejas de ver el planeta del que has salido. La juventud, pues, te encuentra flotando en una inmensidad de negrura salpicada de puntos de luz, hermosos pero lejanos, inalcanzables e incomprensibles para esa tripulación que ha olvidado origen e identidad…

Los problemas mecánicos, en mi caso, empezaron en la treintena, por lo que a la amnesia propia de tal odisea, hay que sumar fallos técnicos y humanos —¿cabe esa definición hablando de una tripulación figurada? Diremos que sí por el bien de la trama—. Es más, creo que en esa época, además, atravesé uno de esos campos de asteroides tan recurridos en las ficciones espaciales. No descartemos que algún agujero negro tratara de atraerme hacia él. Ni siquiera me atrevo a no contemplar la posibilidad de haber viajado a través de un agujero de gusano, como Ellie Arroway en Contact pero con una nave más Halcón Milenario que cápsula de Dragon Ball…

Como sea. La cuestión es que no tengo ni la menor idea de cómo he llegado hasta aquí. O sí. Pero todavía no me creo que todos los cálculos cartográficos, arreglos mecánicos extremos y reorganización de la tripulación resultaran tan —pero tan, tan— bien.

Así que estoy aquí, con una nave destrozada, una tripulación reventada y un TARS con los circuitos quemados. Podéis imaginar la nave avanzando a trompicones y soltando humo (sí, sí, en la mente el humo y el espacio son de lo más compatibles, esa es la grandeza de la imaginación, en serio, no me contradigáis en esto…). Quizás veáis algún motor colgando, unido al fuselaje solo por algún bendito alambre. También podéis imaginar luces parpadeando, pitos, alarmas y sirenas. Ahí dentro, en mitad de ese caos, estoy yo —tal vez, debería decir que ese caos soy yo, pero no quiero menear la cuarta pared más de la cuenta, ya sabéis. Vale, vale, pues al menos no tocar la tercera… ¿La segunda? Bah, como queráis, dejad alguna pared, en todo caso, ¿vale?—.

A lo que iba, que esa nave destruída en la que viajo —que soy…— se ha aproximado a un hermoso y enorme planeta mientras yo estaba ocupada controlando los daños —y a la tripulación, por favor, no olvidemos a la tripulación— y ahora me encuentro preparando una aproximación, a pocos minutos de entrar en la atmósfera, con unas condiciones instrumentales y mecánicas más que precarias…

Lo peor, no obstante, ni siquiera es eso. ¡Qué va! Lo que me tiene distraída mientras pido a la tripulación que se preparen para entrar en la atmósfera, que se abrochen los cinturones de seguridad y que, por lo que más quieran, alguien sostenga fuerte el alambre que, desde dentro, conecta con el motor que medio cuelga por fuera —¡Shhhh! Que sí, que en la mente eso se puede. Dejad la ciencia y la lógica a un lado, que estamos en el maldito espacio y aquí no tienen cabida esas cosas ahora—.

Lo peor es que este planeta, tan bonito, tan grande, tan nuevo de trinca, no es exactamente al que yo me dirigía… Que vale, que quizás el planeta de mis sueños tiene una atmósfera irrespirable para seres sensibles acostumbrados a sostener motores con alambres mientras la nave se aproxima a su destino, pero… No sé, siempre había pensado que llegaría allí. Quizás para estrellarme. Quizás para ahogarme al sacarme la escafandra —yo llevo escafandra en el espacio y punto, me niego a buscar ahora cómo se llama el casco de los astronautas…— Pero allí.

Mientras atravesamos la atmósfera —¡por lo que más queráis, no soltéis el alambre!— y descendemos, entre trompicones, temblores, ruido atronador, pérdida de piezas y, sí. fuego en la cola —siempre tiene que haber fuego en la cola—, me lamento por estar llegando a un planeta ideal que no es el que soñaba, creía, esperaba.

Debí perder el conocimiento en algún momento porque he despertado aquí, entera, viva, con algún rasguño, pero nada importante. La tripulación despierta. La nave humea, pero el fuego se ha apagado. Estamos enteros, en mitad de un pinar que, por algún motivo, no se ha dañado por el aterrizaje —¿Qué nombre le tengo que dar si todavía no sé ni dónde estoy—. El motor sigue amarrado a la nave gracias al bendito alambre y, mientras respiro hondo y lleno los pulmones de aire limpio y un maravilloso aroma a mar, arena y pinocha, empiezo a comprender dónde estoy.

Decía, al principio, que estoy haciendo balance, inventario e informe de daños. Y es verdad. También he explorado el planeta desconocido y, aunque duela, y no sea el planeta soñado al que me dirigía, es mucho mejor que cualquier escenario que antes haya soñado.

Por supuesto, si quisiera, con los restos del aparato —que a pesar de todo no se ha estrellado, ha aterrizado— podría construir una nave menor, con cabida solo para uno y autonomía limitada, para volver al espacio y seguir explorando en busca de aquel planeta soñado. Claro que podría.

Pero resulta que este mundo en el que he aterrizado es maravilloso, está nuevecito e inexplorado. Y es mío. Completamente mío.

También, con los restos de la nave, podría construir aquí un hogar, explorar el mundo, conocerlo, quizás, amarlo…

Y, tal vez, solo tal vez, ese es realmente el duelo que estoy pasando.

Lo bueno, además de haber llegado a un maravilloso planeta en el que el aire es respirable y la vida posible, es que he conseguido traer conmigo ese motor, tan importante para todo, aunque fuera precariamente sujeto con un alambre.

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.