Últimos días de mayo y escribo desde la terraza, bajo la sombrilla, con sombrero de paja y protección solar. Cualquiera diría que ya es julio. Pero no, todavía hay que atravesar el laberíntico junio, mes de exámenes, nervios, correcciones, notas y llantos, de alegría, o de todo lo contrario.
A veces, necesito mañanas como la de hoy, de sol y bronceador, para recordar que vivo en el maldito paraíso. Un paraíso, embrutecido por el turismo depredador, al que me he visto exiliada. Pero paraíso, al fin y al cabo. Aunque no puedo evitar preguntarme si el paraíso, a la fuerza, no deviene en infierno…
Puede que, tal vez, realmente, sea cierto aquello de que ambos, cielo e infierno, no son en realidad lugares, sino estados del alma. ¿Y puede acaso el alma exiliada de su mundo sentirse lo suficientemente en paz para hallar ese estado beatífico, llamado paraíso? No tengo respuesta.
Aunque sí creo que, en muchos sentidos, alejarse del hogar, implica perderlo. No porque ese lugar que ha sido propio y parte de uno cambie, no. Ocurre porque aquel que se ha ido —por deseo u obligación— cambia. Y lo hace tanto, que el viejo lugar —¿hogar? ¿paraíso primigenio?— ya no encaja con el nuevo tú. O, mejor, ese nuevo tú deja de encajar en su antiguo entorno. No deja de ser como ese artículo que compras y que, una vez extraído del envoltorio original, es imposible volver a colocar dentro; o, al menos, que quede de la misma manera.
Así que aquí estás tú, en un espacio liminar, sin nombre ni atributos reconocibles, salvo por comparación con aquello que lo rodea, ajeno a lo que fuiste y desconcertado con lo que eres. Sin pertenecer a aquel espacio, físico y metafórico, de tu pasado, ni tampoco al de tu presente.
Estoy convencida de que los billetes de avión deberían venir con una advertencia. Algo del tipo «Atención: viajar sin billete de vuelta puede provocar cambios paulatinos, radicales e irreversibles en el sujeto. Las estancias superiores a un año en un lugar diferente del destino de origen pueden causar variaciones en mente, corazón, espíritu y cuerpo del viajero. Antes de migrar, cerca o lejos, medite con calma su decisión».
Y, sí, todo esto lo escribo con un sombrero de paja calado en la cabeza, gafas de sol y embadurnada en crema solar, aparentemente feliz, pero incapaz de saber quién soy ni mucho menos adónde demonios voy.
Feliz último viernes de mayo. ¿Listos para el verano?





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