Manual imprefecto nº1: Escribir como acto de amor propio

A lo largo de los años he aprendido algunas cosas sobre eso de conseguir objetivos. Y no, no es porque haya alcanzado todo lo que me he propuesto, sino, al contrario, porque, aunque he logrado algunas cosas, otras no he podido conseguirlas. Ha sido a través de la comparación entre unas y otras que he podido notar algunos patrones que, a mí, me sirven a la hora de ir a por mis metas.

Por supuesto, nunca, hasta ahora, había aplicado nada de todo esto a la escritura, ni mucho menos a la absurda idea esa que siempre ha rondado por mi cabeza de dedicarme a esto de escribir historias de forma profesional. Pero sí que las he aplicado a los estudios, a mi carrera profesional como profesora, a la obtención de mi plaza de funcionaria…

Si os fijáis en el párrafo anterior, yo era el primer filtro que superar para conseguir esas metas. Jamás cuestioné la importancia o validez de mis estudios, ni del trabajo de profesora, ni de los procesos de oferta de empleo público, ni de la oposición; en cambio, sí que cuestionaba la de la escritura y ya no digamos la de dedicarme a ella como actividad profesional. Por eso mismo, el enfoque en unos y otros casos nada tenía que ver.

Cuando estudio, por ejemplo, mis estudios siempre son una prioridad. En ningún momento y bajo ninguna circunstancia me planteo postergar una tarea o hacer cualquier cosa que no sea la que toca en ese momento según mi calendario académico.

Para que os hagáis una idea, mientras estudiaba la licenciatura, podía no poner la lavadora durante un mes —y vestir de formas muy raras con lo que quedaba en el armario—, comer y cenar a base de arroz hervido precocido con atún, sopas de sobre y cualquier cosa que se metiera en el microondas y dejar la decoración de navidad hasta marzo porque enero y febrero son época de exámenes. En todo caso, si en algún momento había una urgencia, o algo ineludible, los aplazamientos siempre iban acompañados de un plan de recuperación.

Lo mismo con los procesos públicos de ocupación, acumulación de puntos para listas de interinos, oposiciones, etc. E igual con el trabajo.

Y sí, he compaginado trabajo y estudios desde que empecé la universidad, así que priorizar ambas cosas ha sido un reto en muchas ocasiones. Pero siempre, siempre, han sido prioridades.

Con la escritura… Bueno, no, con la escritura, no.

La escritura, para mí, siempre ha sido algo que no puedo evitar hacer, aquello que sencillamente soy. No es una prioridad, porque no es algo que pueda eliminar o postergar. ¡Por favor, pero si hasta escribo en servilletas y —no me juzguéis— en papel higiénico si la idea viene en un momento en el que no tengo nada mejor a mano.

Y, supongo, por eso, nunca pensé en priorizar nada, salvo, quizás, en algunos momentos, la promoción. Pero, no os voy a mentir, en esas ocasiones, no sentía que fuera la escritura lo que ponía por delante de nada, sino el negocio, las ventas. Y eso se sentía mal, incluso sucio.

Ahora, solo ahora, entiendo que la promoción no es priorizar las ventas sino la propia escritura porque parte de escribir —me guste o no— es ser leída.

También solo ahora entiendo que, por más que las palabras me salgan por los poros, ordenarlas es imprescindible. Y esa necesidad de orden tiene que priorizarse en la misma medida que los estudios o el trabajo. O, incluso, más —aunque todavía me cuesta demasiado pensar en esto, por más que de cada día lo siento más cierto e inevitable—.

Al final, no sé cómo, he comprendido que poner por delante la promoción o el tedioso trabajo de ordenar mi caos no es otra cosa que honrar mi escritura. Y si, al final, como he dicho, escribir es no solo lo que hago sino la más pura esencia de lo que soy; honrar mi escritura, a través de la priorización de esas tareas en apariencia tan vacías y anodinas, no deja de ser la mejor manera de honrarme a mí misma.

Por eso, al dejar de lado la escritura, y todo lo que conlleva, y ese sueño en apariencia absurdo de vivir de ella, lo que estaba haciendo era, ni más ni menos, que dejarme de lado a mí.

El pensamiento del día es, pues, que el éxito depende de ser capaz de priorizar aquello en lo que deseas ser exitoso. Aunque, quizás, solo quizás, lo más destacado no es ese obvio truco barato, sino, el mensaje que late debajo: El verdadero éxito es ser capaz de comprender quién eres para que tus prioridades, y consecución de metas, sean verdaderamente valiosas, en esencia, y no solo en apariencia.

Al final, tal vez, el verdadero éxito, el de verdad de la buena, no pasa por lograr meta u objetivo alguno, pues esos serán efectos colaterales del mismo. No, el éxito de verdad, me temo, es conocerse a uno mismo, amarse, con luces y sombras, aprender a honrarse, y, por lo tanto, priorizarse. Porque si te amas —igual que cuando amas a otra persona— es imposible poner por delante cualquier otra cosa que no sea el objeto de ese amor.

Así que, si hoy dudas sobre a qué dedicar tus horas o qué poner delante, recuerda que priorizar la escritura es priorizarte a ti.

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