Sé que me veis y me imagináis terrible. Aunque no lo soy más que cualquiera de vosotros. Y aun así, en esta posición tan absurda, nos ha colocado el mundo: yo colgado de una ventana abierta, con la imprudencia del que se cree a salvo de todo, y ella, uno de los vuestros, dormida en su cama, apenas cubierta con un camisón, incapaz de imaginar lo que le espera.
Es un clásico, lo sé. La habitación a oscuras, la decoración barroca, la muchacha, de pálida piel, cubierta por blancas telas, entre las que destaca la larga melena rojiza, y yo, el depredador, que avanza sigiloso hacia ella.
La chica no se despertará. No es que yo sea más silencioso que cualquiera de los vuestros, aunque lo soy. Tampoco que el sueño de la joven se vea ayudado por el alcohol y otras sustancias que ha ingerido durante la noche de fiesta y desenfreno, antes de refugiarse en la habitación que creía segura. Ni siquiera son mis dotes hipnóticas, que las tengo, las que mantienen a mi víctima sumida en el sueño. Sois vosotros, indiscretos voyeurs, mirones de pacotilla, que os protegéis tras las páginas para hacer realidad vuestros más oscuros deseos y os introducís en la piel de otros para hacerlos bailar a vuestro son.
Pero no cerráis el libro, no. Nunca lo cerráis. No importa que os advierta de vuestra responsabilidad. Tampoco que ya tenga en mis manos a la chica, cuyo cuerpo, flácido por el sueño, se acomoda en mi abrazo y deja el cuello al descubierto. ¿Es esto lo que queréis ver? ¿Deseáis observar cómo muerdo? ¿Cómo rozo primero su piel, casi como si fuera en un beso, justo antes de sacar los colmillos, más blancos incluso que su lechoso cutis, y los hinco en ella con la fuerza que solo otorga el hambre de milenios?
Bebo. Bebo y me sacio. Pero sigo, sin que ella se inmute, sin que apartéis la vista. Tengo los ojos cerrados, pero el movimiento de tela sobre una de mis manos me indica que el camisón ha dejado un pecho de la joven al descubierto. Suave, terso, coronado con una rosada y erizada flor. Y ahí seguís, observando. Me muevo levemente para bloquearos la vista, pero la nueva posición provoca una mayor cercanía de nuestras caderas. El pulso de la joven es débil pero estable. Mi entrepierna despierta. Ella jadea. Vosotros suspiráis.
Mis opciones son limitadas. Siempre lo son. Si sigo bebiendo de ella, la mataré. Si me paro, despertará, presa de un frenesí que solo el mordisco de un vampiro provoca, y yo, que solo soy un personaje de esta patética historia, la tomaré. Ella disfrutará —por supuesto— y yo también. Y vosotros, seguramente, también. ¿Por qué, si no, lo leeríais?
Aunque, cosas de esta época, os molestará más este desenlace que la muerte de la joven a manos mías. Ella no era consciente y yo habré abusado de mi posición de fuerza. Y es así, tendréis razón. Pero soy un vampiro, un asesino, un monstruo. No se supone que deba tener moral, ¿no creéis? Y, en todo caso, si nací como mito moderno no fue por las ganas de nadie de que se alimentaran de su sangre, pero parece que con los años habéis perdido la capacidad de entender las metáforas.
Y aquí estoy yo, con ella ya desnuda entre mis manos, pero aún sorbiendo su sangre. Todavía a tiempo de dejarla morir y librarme de vuestro juicio. Al menos, me quedaré saciado. Insatisfecho, quizás, pero lleno.
Lástima de esa puerta que se abre y de esos ojos ávidos que leen demasiado rápido. No tengo tiempo siquiera para registrar lo que sucede. Siento una maldita estaca atravesarme el pecho y veo mi sangre impura manchar los desnudos senos de la joven, que ahora, todavía adormilada, se desliza de entre mis manos.
Me llevo las manos a la herida, pero no hay nada que hacer. Caigo. Caigo en un vacío inmenso. Uno hecho de olvido y desesperanza. Caigo, pero aún vivo. En mi lenta agonía, alcanzo a ver el frenesí brillar en los ojos de la joven y al cazavampiros que, desde detrás de mi cuerpo ya casi inerte, se deja poseer por una lujuria que no le pertenece.
Mis fuerzas se apagan, el vacío me engulle y os veo aún ahí, ávidos, como siempre lo he estado yo de sangre. No parece que encontréis nada malo en que sea ella la que, junto a mi cadáver, tome al aguerrido héroe que ha acudido a salvarla.
Espero que lo disfrutéis mientras yo me hundo en la nada.
Malditos voyeurs…
…La oscuridad nunca devuelve una única vez la mirada.




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