Mallorca, 14 de marzo de 2026.
Quince días desde el inicio del conflicto en Irán.
Cada mañana me despierto con la incertidumbre de saber qué habrá hecho durante esas horas el hombre ese que cree gobernar el mundo desde una enorme y antigua casa pintada de blanco al otro lado del planeta.
Y cada día el susto es mayúsculo.
Hoy, claro está, no podía ser menos: que si bombardeo en una isla estratégica para las reservas de petróleo, que si despliegue de soldados en tierra, que si ataques a las embajadas en terceros países.
Lo veo todo con pasmo, ansiedad y cierta rabia porque una única persona —vale, está bien, varias de ellas, ya que poderosos a los mandos de vehículos demasiado importantes tenemos a varios— se esté cargando el mundo otra vez.
Noto que me pongo con facilidad en el papel de víctima cómoda, pues sí, sufriré, como todos, las subidas de precios y toda la incertidumbre que el desastre causará en la economía, pero, por fortuna, otra vez estoy lejos de bombas, drones y disparos. Todos nosotros, los mal llamados occidentales, lo estamos.
Al mismo tiempo me doy cuenta de lo sencillo que es buscar y señalar culpables, porque, demonios, los hay y no se esconden, sino que alardean de sus actos. Y, en cierto modo, me consuela que así sea. Siempre produce cierto alivio saber que existe un malo, que, por supuesto, no es uno mismo.
Pepito Grillo
Pero hay una voz en mi interior, una suerte de Pepito Grillo, que no deja de preguntarme sobre la causa del conflicto y su inicio real en el tiempo. Me cae mal esa voz porque, en cuanto le respondo, me interroga sobre qué hemos hecho nosotros, los occidentales en general y, en particular, los europeos, para subsanar los problemas y evitar la escalada del conflicto a lo largo del tiempo.
No nos engañemos, esta guerra, como la mayoría —por no decir todas— es por recursos. Concretamente, por gas y por petróleo. ¿Qué también hay detrás de todo eso una guerra cultural? ¡Por supuesto! Pero la historia nos ha demostrado una y mil veces que las batallas culturales no las ganas las letras sino el oro, sea dorado, negro o del color que sea que tengan esas tierras raras por las que ya empiezan a pelearse todos.
Y la mayoría de los ciudadanos europeos, revestidos de esa suerte de superioridad moral que nos otorga la historia que cargamos a cuestas y el aprendizaje que, en teoría, hemos obtenido de ella, hemos hecho lo que fuera que estuviera en nuestra mano para que el petróleo y el gas dejaran de ser un problema. No en vano, todo el maldito continente dedica en sus casas más espacio a los cubos para separar residuos que a la despensa. Usamos transporte público y bicicletas, tratamos de consumir productos de ecológicos y de proximidad, reutilizamos ropa y, por todos los dioses antiguos, hasta bebemos en botellas cuyos tapones atentan contra la integridad de nuestras narices.
Pero, seamos sinceros, los grandes cambios rara vez se producen por pequeños gestos. Si no nos independizamos de esos malditos combustibles fósiles las mismas guerras se reproducirán una vez y otra, mientras África agoniza, Oriente Próximo se aniquila, Rusia y EEUU alucinan cada uno con reconstruir su propio imperio y China se frota las manos mientras desarrolla una economía alternativa e independiente de nuestra realidad, que cada día se parece más a una distopía escrita por un adicto al opio a finales del siglo XIX.
El iceberg
Necesitamos que nuestros gobiernos y, sobre todo, que esa utopía mal construida llamada Unión Europea, den un golpe de timón y hagan girar este buque antes de que se estampe contra el iceberg que nadie parece ver, a pesar de que lleva años flotando ante nosotros.
Hay que apostar decididamente por las energías verdes, aunque, de momento, para poder prescindir del combustible fósil, haya que recurrir a la energía nuclear. Y sí, es un horror, es peligroso, está mal visto y sería mejor no tener que pasar por ese trago. Pero la realidad es caprichosa y nos está dando a elegir entre el Limbo y el Infierno. Ninguna opción es buena, pero, quizás, alguna de ellas facilite el camino hacia el cielo.
Claro que no bastará con desenchufarnos del mundo, hay que cambiar el modelo. Hay que asumir que, yo qué sé, las naranjas no son una fruta de todo el año y que si un alimento, prenda de ropa, electrodoméstico tiene que cruzar el mundo para llegar a nosotros, con independencia de lo que nos cobren en la tarjeta, es un producto que nos está saliendo caro.
Hace falta un maldito cambio de sistema y cualquier transición en ese sentido es asquerosamente dolorosa. Pero no creo que nadie en su sano juicio pueda decir que el sistema tal y como está ahora funciona. Menos todavía si Europa lleva adelante sus planes de armarse y prepararse para los conflictos futuros, con todo el dinero que eso supone, en lugar de optar por apostar radicalmente por independizarse de un sistema que se ha demostrado fallido y obsoleto.
Y no, no voy a decir aquí que si el capitalismo no sé qué y si cualquier sistema alternativo no sé cuántos. ¿Es que nadie se ha parado a observar que cuando se describieron todos los sistemas económicos que sirven de base a los actuales el mundo todavía funcionaba a base de carbón y vapor?
Esto no va de capitalismo contra cualquier otro -ismo, esto va de supervivencia y adaptación a los nuevos tiempos y realidades. Y no creo que la supervivencia de Europa pueda pasar por mantener la dependencia del gas y el carbón y un modelo económico envejecido frente a competidores feroces que no siguen las mismas reglas del juego.
Tampoco pienso que sirva para nada todo esto que he escrito. Está claro que no seré yo la que cambie el mundo ni mucho menos lo salve, por mucha ropa reciclada, separación de residuos, ahorro de agua y consumo de proximidad que practique. En fin, que no bajará la gasolina porque yo vaya en bicicleta.
Pero, al menos, me alivia, aunque me duela, comprender que la culpa de todo no es de un idiota que se peina con cortinilla y un señor naranja empeñado en estropear el mundo. Ni siquiera de los regímenes autoritarios que han crecido a costa de violar los derechos humanos o de extremistas de este u otro palo.
La culpa, a veces, también es del vigía que no es capaz de ver el iceberg hasta que ya es demasiado tarde, del capitán que dio la orden de avanzar a toda máquina o del segundo al mando incapaz de girar a tiempo el timón.
Tampoco son culpables los viajeros, ni siquiera los de primera clase, por rabia que pueda provocarnos verlos vivir a todo trapo mientras el resto permanece encerrado sin opción de luchar siquiera por su supervivencia.
Y, de corazón, espero no estar acertando con la metáfora, porque no es necesario haber visto recientemente la peli para recordar que no había barcos salvavidas para todos.




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