Teoría absurda sobre el alma (y un resfriado)

Escribo envuelta en una manta. No sé si es porque las temperaturas han vuelto a bajar y el día ha amanecido nublado o porque el catarro que lleva una semana torturándome ha averiado, entre otras cosas, mi termostato interior.

En justicia, debo decir que ambas opciones son igualmente plausibles y que no tengo intención de tratar de averiguar cuál es la correcta. Al menos, y eso es lo único que ahora cuenta, tras siete días de fiebre, tos, mocos y tremendo dolor de garganta, hoy vuelvo a escribir.

Tengo la teoría de que la enfermedad, más que algo negativo que le sucede al cuerpo, es el síntoma físico de un proceso que vive el alma. Claro que esto lo dice una enferma crónica cuya medicación, por lo visto, provoca, entre otros efectos secundarios, delirios de sesgo insoportablemente positivo.

Pero, volviendo a mi disparatada teoría, la enfermedad física sería al alma lo que el dolor de huesos al crecimiento. O como la fiebre a un proceso infeccioso o inflamatorio. O, yo qué sé, como el estornudo a la alergia.

Aunque, puede ser, lo admito, que mi premisa se base en la búsqueda de una explicación que haga tolerable el padecimiento y que, por tanto, carezca de validez alguna, también es probable, si me fijo únicamente en mi experiencia, que haya algo de cierto en ella.

Así, si doy por buena la hipótesis y dado mi acatarrado estado, no solo tendría que estar hidratándome como si estuviera en el desierto, dopándome con paracetamol como si no hubiera un mañana y dándole al jarabe de la tos cual Keanu Reeves encarnando a John Constantine , sino también preguntándome qué demonios intenta decirme mi alma con este resfriado.

Lo primero que viene a la cabeza es que, si dejara de lado la manía de sacar la indumentaria de primavera antes de hora, como si mi vida fuera un anuncio de El Corte Inglés, seguramente no me resfriaría cada marzo. O, al menos, no de una manera tan salvaje. Pero eso, más que a mensaje del alma, me suena a ego enfadado, así que lo descarto como conclusión.

Justo después aparece el tema de los cambios que, quiera o no, se me vienen encima en los próximos meses. Pero, a pesar de aterrarme, porque son cambios, por más buenos que sean a priori, los tengo bastante asumidos. La vida, en fin, es un proceso de cambio constante y la estabilidad una mera ilusión aparente y pasajera.

Entonces, no, no son los cambios los que han hecho saltar esta vez las alarmas. Aunque, tal vez, sí una de sus consecuencias, que no debería suponer ningún problema pero que, quizás, sí sea un reto o una prueba que no sé si me apetece enfrentar.

Esa consecuencia es el vacío que queda —siempre, siempre, queda— cuando se consigue un logro largamente perseguido, que ha requerido de mucho esfuerzo y dedicación. De pronto, una se encuentra con horas muertas, espacios vacíos, silencios.

De algún modo, la meta ha supuesto, a la vez, victoria y pérdida. La primera, por el éxito conseguido, la segunda, por la rutina que se desvanece al alcanzar el triunfo. Ganas lo deseado, pero pierdes la vida que, sin darte cuenta, habías construido para conseguirlo.

Y cuando eso ocurre, no solo tienes que adaptarte a la nueva vida tras el logro soñado, qué ya conlleva lo suyo. Además, tienes que construirte otra rutina, otro día a día, para la persona en la que te has convertido, pero que todavía no conoces, porque estabas demasiado ocupada luchando por aquello que ya has logrado.

Así que toca reencontrarte contigo misma, volver a conocerte, descubrir qué necesitas —o qué has dejado de necesitar—, qué te gusta, qué odias, qué pequeñas cosas quieres ahora, qué nuevos retos si lo hay e, incluso, quién eres.

En este trance de reencuentro conmigo misma me he visto la pasada semana, en la que este fuerte —muy fuerte— catarro, que todavía arrastro, me ha frenado la vida hasta el punto de dejarme un par de días en cama.

Y, ahí, convaleciente, me he descubierto conociéndome después de demasiado tiempo sin mirarme siquiera a mí misma, y, a la vez, descubriendo que estoy en este tonto impasse, tan propio de lo público, entre darte una noticia y hacerla oficial y firme para poder contarla.

Tanto estoy en este limbo, en el que no puedo todavía decir el qué, que ni siquiera me había dado cuenta de que aquí era donde me encontraba. Pero, aún así, mi alma, que es de lejos mucho más lista que mi mente, ya había intuido el vacío y anotado las consecuencias. Por suerte, se ha ocupado de acatarrarme para que me enfrente a mí misma y a mi vacío en un entorno seguro —entre la cama y el sofá— antes de que la cosa se ponga seria.

Sería, pues, este resfriado un entrenamiento de la que me espera una vez que todo lo que se tenga que concretar se concrete y el próximo curso empiece a ser algo más que una hipótesis.

Aunque, por supuesto, también podría ser todo esto poco más que el fruto de una ensoñación mecida por la febrícula esa que no hay modo de quitarme de encima. Por suerte, hace ya tiempo que perdí la navaja de Ockham y la remplacé por un buen cuchillo plegable de acero toledano y bonito mango de madera de olivo.

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