Estoy trabajando en mi trabajo final del máster de guion audiovisual. Sí, ese que mis problemillas de salud me impidieron terminar y presentar en convocatoria ordinaria. El mismo del que he ido publicando fragmentos por aquí.
Es un trabajo placentero, me gusta escribir y me gusta la historia que creé y los personajes, así que no debería suponer sufrimiento alguno, más allá del que pueda provocar trabajar con un calor abrasador o tener que estar en casa tecleando mientras otros están en la piscina chapoteando. Nada nuevo bajo el sol.
Salvo que no está siendo así.
Hay muchas maneras de contar una misma historia. Muchas. Tantas como miradas pueden posarse sobre ella. Y yo acabo de renunciar al ángulo, enfoque, perspectiva y encuadre desde el que quería contarla. Es más, hasta puede que haya renunciado a mi mirada.
Y eso es algo horrible.
Pero los plazos son plazos y los parámetros, parámetros. Y esto es un trabajo final de máster (TFM) no el guion de la nueva Tesis y, por supuesto, yo no soy Amenábar, ni Bayona, ni del Toro…
Ahora mismo la cuestión no es escribir la historia que llevo dentro, es presentar el trabajo, aprobar el máster y olvidarme por un tiempo de todo esto hasta que, con suerte, me recupere y vuelva a escribir cine. O no. Tal vez tenga que quedarme con mi diario, mis historias por entregas, mis cositas asumibles.
La historia que quería escribir no cabe en un TFM. La que estoy escribiendo, adaptada a los requisitos universitarios, no es mi historia. Es otra cosa. Conserva tema, personajes y lugares… Conserva mucho. Pero no es ella.
Y el problema no es que, quizá, no tendría que haberme apuntado a otro programa de máster de escritura, porque, joder, ya está bien. No. El problema es que quizá jamás debí proponer una historia que me brotara del alma, sino crear una instrumental, que me importara un pimiento y que, por lo tanto, pudiera retorcer, acortar, alargar y torturar de mil distintas maneras para hacerla entrar en el dichoso molde académico.
Eso lo que siempre he hecho. Las historias que me importan me las guardo para trabajar en soledad y sin más presión de la que yo misma me impongo. Que, creedme, ya está bien.
Pero estaba débil, mi padre acababa de fallecer, el máster fue el plan B porque no era capaz de enfrentar el doctorado que estaba a punto de empezar —menos mal que todavía no me había matriculado—, pero tampoco quería pasar un año en blanco, sin estudiar nada.
Maldita manía con los estudios.
En algún momento tendría que parar.
Y, quizá, quién sabe, sea ahora. Después de retorcer hasta deformarlo ese pedazo de mi alma que es la historia que he escrito y traicionado, todo al mismo tiempo.
Tal vez el dolor ahora más que permitirme parar me obligue a ello.
No tengo claro qué queda de la versión de mí previa a la muerte de mi padre. Aquella que era feliz en su trabajo, que estaba a punto de empezar a investigar lo que siempre la había apasionado y sentía una inmensa ilusión por la vida y el futuro, maravilloso, que se abría frente a ella.
Sí sé que el guion que estoy escribiendo no refleja ni la persona que fui ni la que soy ahora porque está demasiado ocupado reflejando los requisitos para ser un buen TFM, un buen broche final, a unos estudios que, cómo me fastidia decirlo, me han servido de poco o nada. Casi, ni siquiera, para evitar el año en blanco.
Y aquí estoy, con el trabajo casi a punto pero sin la sensación de felicidad y plenitud que suele acompañar a estos momentos.
Aunque no pasa nada.
Solo es un trabajo.
Otro más.
Lo presentaré, si los dioses me son favorables, aprobaré, podré colgar en la pared otro papelucho que dice que soy algo que no me siento y seguiré adelante. Aunque no tengo ni la menor idea de qué es adelante ahora.
Hay una parte de mí —muy machacona, por cierto— que no para repetir que, una vez entregado el trabajo, conseguido el papelucho para la pared y tras la recomendable desconexión a modo de vacaciones mentales —quizá volcándome en mi trabajo, quizá renovando la casa, quizá sembrando plantas como si no hubiera un mañana—, podré volver a esta historia, sacarla del corsé de TFM en el que la he encerrado, cuidarla, mimarla, sanarla y hacerla de nuevo mía, eso sí, como novela.
Otra parte —menos parlanchina, pero quizá más sabia— cree que debo quedarme con lo aprendido de este proceso para, después de las vacaciones mentales y todo lo que las precede, poder convertir el aprendizaje en una historia nueva.
Pero lo peor, lo más duro —y a veces hasta insoportable— es esa mirada interna, que ni siquiera tiene voz, porque no la necesita, que cree que ya está bien. Que hasta aquí hemos llegado. Que ya es hora de dejarme de historias y fantasías y de centrarme en la vida que tengo que, con sus claroscuros y escorzos, es preciosísima, por más que yo me empeñe en ignorarla.
Aunque nada de esto importa ahora.
Y tal vez tampoco lo haga más adelante.
Lo único que en este momento cuenta es acabar el maldito trabajo, entregarlo y salir de este infierno de verano lo más entera posible.
Después —porque todo pasa y el después siempre llega—, ya nos centraremos en sanar el alma maltrecha.





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