El lienzo en blanco era a la par ilusión y tortura para Elvira. Ilusión por representar todo lo que podría llegar a ser una vez que dejara volar la imaginación, que permitiera a los colores entrar a jugar y que los olores de óleo y aguarrás la llevaran de la mano a ese otro mundo donde los sueños se transformaban en pinturas. Tortura, en cambio, por todo lo que no fue.
A veces deseaba que la pintura fuera instantánea como la fotografía. No importaba que hubiera un margen de tiempo entre la toma y la impresión. Al contrario, el proceso de revelado era la pausa exacta necesaria para decidir cuál de todas las imágenes que se formaban en su mente dejaba salir al mundo sin renunciar a la captura de aquellas que prefería guardar en oscuros rincones a los que solo ella tenía acceso.
Pero la pintura no funcionaba así. La inspiración era fugaz como el fogonazo de un flash, pero sus manos eran mucho más lentas que cualquier mecanismo de captación de luz para recrear una imagen. Jamás conseguiría captar el instante en que el alivio, el dolor o el placer se reflejaba en un rostro antes de que el sujeto fuera siquiera consciente de ello con la misma precisión con la que una cámara lo hacía. Tampoco la última luz del día, el destello efímero de una estrella o el aterrizaje de un ave.
Por eso dejó de tratar de captar la realidad y trató de representarla.
Y aun así el maldito blanco del lienzo todavía la obsesionaba.
Blanco, blanco, blanco.
Blanco sobre el que representar la luz exacta del atardecer sobre una ciudad moribunda.
Blanco que tapar con el rostro deformado por una mueca de dolor que llega a su cenit en una milésima de sgundo.
Blanco insultante que la reta a captar una realidad que solo vive en su cabeza.
Blanco sumergido ahora en un líquido viscoso y cálido que anula su pureza, que atenta contra todo lo que la realidad es.
Un suspiro profundo y lento escapa de la boca de Elvira cuando el rojo vibrante cubre al fin la tela tensa sobre el bastidor. El mismo rojo que salpica el suelo y las paredes del viejo taller. El mismo que le cubre las manos y le mancha la cara.
Pero no importa. El arte nunca ha sido un oficio limpio. Ni cómodo.
Y ahora sí, al fin, Elvira puede captar la realidad sobre el intenso rojo que todo lo cubre mientras, todavía cálido y ferroso, emana del cuerpo inerte de la hermosa Rosa.
Ahora sí, al fin, el lienzo contendrá la verdad completa de su amor en aquel instante.




Deja un comentario