Las mudanzas tienen un punto de crueldad, casi de sadismo. Más cuando, como en mi caso, en lugar de poder disponer de todo el tiempo necesario para llevarla a cabo, tienes que hacerla deprisa, corriendo a contrarreloj y entre islas.
Pero, más allá de eso, recoger una casa y empaquetar todo lo que tienes en ella te expone sin remedio ni miramientos a la persona que has sido durante el tiempo que has habitado ese espacio, esa vida.
Envolver tus pertenencias y almacenarlas en contenedores más o menos ordenados, aunque sea solo para el breve lapso de tiempo del desplazamiento, es lo más parecido que se me ocurre a la realización de la propia autopsia, pero sin fluidos corporales.
En ese contexto, sacar las cosas de sus envolturas y protecciones provisionales y ubicarlas en su nuevo lugar sería una suerte de resurrección, eso sí, en otro entorno, con otro entorno y otras circunstancias.
No puedo evitar preguntarme hasta qué punto el yo que surja en ese nuevo ambiente usará las mismas cosas que ha utilizado y traído consigo de ese otro espacio, ya antiguo, caduco, pasado, o si, de usarlas, lo hará de la misma manera.
Quizá, me digo, el lugar que se habita influye tanto en la persona que se es como los actos y decisiones a la hora de habitarlo. Y eso me inquieta porque supone que, al final, somos tanto lo que somos como el dónde y el cómo. Y supongo que también el porqué.
Aunque es posible que últimamente le esté dando demasiadas vueltas a eso de la identidad y del sentido y me esté perdiendo al analizar cuánto de ambos surge del contexto y cuánto de la voluntad, si es que acaso pueden separarse.
En cualquier caso, está siendo curioso eso de empaquetar una vida y tratar de trasladarla a otra ubicación porque me he observado a mí misma desde fuera a través de mis cosas y me ha sorprendido para bien lo que he encontrado. Y también porque estoy empezando a comprender que, quiera o no, las vidas no son trasladables. Lo son las personas y los objetos, pero no las vidas.
Ahora, cuando todavía me quedan dos fines de semana de mudanza, empiezo a comprender que me estoy despidiendo de la vida que fue y de la persona que fui en ella. Y lo hago con tristeza, sí, pero también con agradecimiento y alegría por todo lo que he conseguido en esa etapa que ya termina.
Y mientras las bolsas de ropa y objetos se acumulan en el nuevo espacio que ocuparán, a la espera de que yo tenga tiempo para ellas, no puedo evitar preguntarme quién seré en este nuevo lugar, en esta nueva vida, que ya casi atisbo, aunque la vorágine del día a día todavía no me permita mirarla cara a cara.




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