Se acabó.
Al fin he terminado la mudanza.
Bueno, al menos ha terminado la parte de traer todas las cosas aquí de vuelta, otra cuestión es que esas cosas estén ya colocadas en sus ubicaciones definitivas —que ya os digo que no—. Pero no es lo mismo tener que poner orden en el caos que es ahora mi casa que tener que viajar cada semana de una isla a otra para volver con el coche cargado hasta arriba.
El asunto es que ya he firmado el fin de contrato de la casa de Ibiza y he entregado las llaves. Me he despedido de la gente, de la casa, de la isla y de la vida que construí allí y he vuelto a Mallorca y a la vida que dejé a medias aquí.
Porque sí, aquí dejé una vida en suspenso, aunque, al parecer, se me había olvidado.
Era una vida imperfecta. Tanto, que no era sostenible. Y por eso me tuve que ir.
Nunca pretendí perfeccionar aquella vida mía, llena de libros y palabras, ni mucho menos cambiarla. Solo quería hacerla sostenible. Vivible. Posible.
Me metí tan profundo en aquel proyecto para hacer habitable mi vida, tan, tan profundo, que se ve que olvidé el motivo que me había llevado a emprenderlo.
Solo ahora, que aquella casa está ya cerrada y mis cosas de vuelta, he sido capaz de recordar qué fue lo que me llevó, en realidad, a buscar lo que he conseguido. Y no puedo entender cómo es posible que lo hubiera olvidado.
Aquella versión de mí de hace siete años, recién operada del corazón, lo único que quería era escribir. Qué curioso, lo mismo que quería esa versión más reciente que hace unos cinco meses estuvo a punto de morir desangrada. Parece que cada vez que le veo la guadaña a la parca lo único que me viene a la mente es la escritura. Aunque tampoco me extraña, si tenemos en cuenta que es lo único que está constantemente en mi corazón.
Yo quería escribir, sumergirme de lleno en mis historias y tener tiempo y ánimo para ellas, igual que una década atrás. La única diferencia entre aquel pasado de frenética actividad creativa y el presente que tanto me dolía era la estabilidad laboral y económica. Así que me propuse conseguir esas condiciones ideales para que la escritura pudiera volver a surgir.
El problema es que por el camino olvidé que eran un medio, no un fin.
Hasta ahora.
Quizá sea porque el camino se ha acabado. Tal vez porque he llegado a la meta. O puede, simplemente, que, al volver, al fin, a casa, me haya encontrado cara a cara con la vida que abandoné y la promesa que me hice al dar aquel paso.
O, quién sabe, es posible que todo sea mucho más sencillo y que, poco a poco, al habitar esta nueva vida, en este viejo espacio, el tiempo recupere su habitual cadencia y yo recupere mis antiguos vicios.
Pero sí, todo esto lo hice para poder volver a escribir.
Tengo ganas de ver qué historias surgen ahora, que al fin he vuelto a casa —que he vuelto a ellas—.




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