Tengo una historia que me acosa y me persigue. Es una historia que, en su día, dejé a medias. Sí, ya sé, no conviene jugar con las historias ni con los personajes porque, si se enfadan, se toman la venganza por su cuenta (recordad los avisos de Tolkien sobre las precauciones que conviene tener al adentrarse en el País Peligroso que llamaba Fantasía).
Admito, no me importa reconocerlo, que esa historia fue una gamberrada que jamás pensé que creciera tanto como creció. Digo que fue una gamberrada porque la creé desde el mayor de los cachondeos y con algo de mala leche. Era la temporada en la que todo el mundo estaba hablando del libro de ese de 50 Sombras de Grey -sí, ya ha llovido mucho-. Y confieso que no entendía que un libro taaaaan malo estuviera teniendo tanto éxito, pero, sobre todo, me molestaba que había quiénes -sobre todo hombres, sí-, comparaban mi novela con ese libro… Eso me enfadaba un montón. Entonces, claro, yo no entendía eso de que muchas críticas dicen más del criticador que de aquello criticado…
En fin, que estaba que me subía por las pareces y decidí -sí, desde el más feo de los enfados y con el mayor ánimo de venganza- demostrar cuál era la diferencia entre mi novela y cualquier texto tipo grey -sí, para mí son una categoría-. Y con una carga emocional infinita y de lo más negativa me puse a escribir lo que yo pensaba que era un textito sin importancia cargado de porno. Sí, sí, porno, no voy a caer en la estupidez de calificarlo de erotismo, porque era porno, claro y evidente. A ver, si había que demostrar la diferencia, había que hacerlo en serio. ¿El problema? Bueno, fueron varios…
Por un lado, el más obvio, si no me gusta leer ese tipo de historias es normal que no me guste escribirlas. Por otro, el más sorprendente, mi textito guardaba en su interior un universo mágico brutal y apasionante. Lástima que yo había puesto tanto empeño en demostrar mi punto y lo hice tan, tan, tan bien que había entretejido con altas dosis de magia la causa por la que había tanto sexo en la historia, así que variar eso implicaba cambiar el sistema mágico y, queridos, los sistemas mágicos de los universos de ficción, sobre todo los que se crean de forma inconsciente, son dificilísimos de modificar.
No voy a entrar en las causas que me llevaron a abandonar la historia, aunque es obvio que el no disfrutar del todo -o más bien sufrir- escribiéndola, influyó. Pero lo cierto es que todo se puso un poco complicado en general y escribir dejó de ser una prioridad y pasó a convertirse en un lujo. Ante ese panorama, es obvio que el poco tiempo que tenía prefiriera dedicarlo a escribir cosas que me gustaran más. En fin, que, aunque me resistí e intenté reediciones, modificaciones y demás, allá por 2015 -sí, sí, hace una década- la vida se acabó poniendo lo suficientemente seria como para no poder mantener aquel universo enchufado a una suerte de respiración artificial literaria y lo despubliqué, con la promesa de retomarlo cuando tuviera tiempo. ¡Ay, malditas promesas, qué fácil es hacerlas y qué difícil cumplirlas!
Desde entonces esta historia inacabada no ha dejado de atormentarme, y, seguramente por eso, he intentado en diversas ocasiones resucitar aquel proyecto. Pero todas las veces que he querido recuperar ese proyecto y concluirlo he fracasado sin remedio. Y sí, si ahora estoy escribiendo estas líneas es porque justo acabo de sufrir otro batacazo con la misma historia…
Pero esta vez hay algo diferente. Creo comprender qué es lo que ocurre. De hecho, si estoy en lo cierto, hay varios factores, unos más de tipo práctico y ajenos a la escritura, otros más relacionados con la creación de mundos y otros que tienen que ver con mi forma de escribir. Seguramente hay alguno más del que ahora ni siquiera soy del todo consciente.
Por partes. En lo relativo a lo práctico necesito saber con qué finalidad escribo esta historia, aunque por experiencia sé que después lo que acabe haciendo con ella poco o nada tendrá que ver con ese plan inicial. Pero yo necesito darle un propósito a la historia. Así que tengo que montarme una película que me suene convincente para emprender esta aventura. Diríamos, en términos de Campbell y Vogler, que tengo que partir para buscar un elixir, aunque, a la postre, lo importante sea la aventura que se vive y no el motivo que obligó a la heroína a emprender el viaje.
En cualquier caso, diremos, a efectos de dotarnos de los motivos oportunos, que tengo que terminar la historia porque se lo debo a los personajes -les hice una promesa ¿verdad? (ojo, que este planteamiento me da para crear El diario de una Barda Parda -el nombre es provisional…)-. También es cierto que algún tipo de magia oscura intervino en esa promesa porque desde que la pronuncié no he vuelto a escribir novela alguna (cuidado, que la historia de la Barda Parda se escribe sola…), así que si quiero volver a escribir una novela tengo que romper el hechizo y eso solo se puede conseguir terminando la dichosa maldita novela que dejé a medias. Además, para acabar de redondear los motivos, podemos añadir que el mundo debe conocer el universo de esa historia y los personajes que la habitan, así que tengo que apañármelas para convertir el texto que tengo en algo digno de: a) ser enviado a una editorial; b) ser susceptible de participar en algún premio o concurso o c) ser autopublicado de alguna manera (aunque sea convertido en octavillas para repartir por los buzones).
Por lo que se refiere a la construcción de universos, bien, creo que tengo que asumir que ese universo tiene una peculiaridad (la que obliga a meter escenas sexuales sin ton ni son) que tengo que abolir. Pero yo no soy una escritora de mapa -ya me gustaría-, ni siquiera de brújula (lo que pagaría yo por tremendo invento). No, qué va, como buena Barda Parda, una servidora se guía por los astros. Dicho de otro modo, que escribo desde el más absoluto caos e inspiración, lo que convierte el proceso de creación de mundos en… bueno, a veces catastrófico, a veces sencillamente complicado, a veces en tan enrevesado que no hay ovillo de lana capaz de facilitar la exploración.
Y eso me lleva a la cuestión de mi forma de escribir. Por si esta entrada no deja claro que escribo desde el hígado -o desde el riñón o el páncreas. Bueno, no sé, desde las vísceras, en general, lo que acostumbra a conducir al caos. Por eso es habitual que primero vomite -sí, no hay otra forma de explicarlo- un texto confuso y enrevesado -como esta entrada, sí-, que a través de un complicado proceso de destilación deviene, a veces, en algo diferente que sí es interesante. También es cierto que, a veces, hay cosas indestilables y, otras, el proceso de destilación acaba en fuego, explosión o desintegración. Dicho de otro modo, es posible que, a partir de esta caótica entrada, acabe creando en algún lugar El diario de una Barda Parda, sea como categoría de este blog o como proyecto independiente, y que eso se convierta en algo en sí mismo o… Bueno, o no. La alquimia no es un arte exacto -Quizás tendría que cambiar el título del diario por Crónicas de una Alquimista Inexacta…-
En fin, a lo que iba, que es posible que el manuscrito de 800 páginas que no sé cómo devolver a la vida sin que me convierta a mí en Doctora Frankenstein ni a él en un monstruoso engendro, requiera de ese extraño proceso de destilación alquímica por el cual el plomo puede convertirse en oro (o hacer ¡cabúm!, pero seamos optimistas, ¿vale?)
Así que este es el resultado de mi enésimo fracaso de resurrección de la historia inacabada y esta la lección aprendida: Voy a seguir intentándolo pero, ahora, desde otro ángulo. ¿Qué tal si por ahora lo dejamos en que esta ha sido la última aventura de la Barda Parda, justo antes de transformarse en la Barda Alquimista?





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