Últimamente, me ha dado por leer libros sobre escritura. No hablo de manuales al uso, que también cae alguno de tanto en tanto, sino libros de esos escritos en primera persona y desde el punto del escritor -escritora, en la mayoría de los que caen entre mis manos-. En especial, los leo en días como hoy, cuando, por motivos totalmente ajenos a la inspiración, no escribo. Bueno, no escribo desde mi particularísimo punto de vista, porque cada día, sin excepción, suelto tres páginas de puro flujo de consciencia, como recomienda Julia Cameron en sus -sí, sí- libros sobre escritura. Eso sin contar lo que escribo por mi trabajo. Ni las entradas de blog. -Lo del crítico interior no lo llevo del todo bien…-
En fin, que hoy he tenido un día de esos sin escritura y, como viene siendo habitual, un nuevo libro sobre el tema ha venido a parar a mis manos. Se trata de Pájaro a pájaro, Anne Lamott y me está encantado, aunque solo llevo un par de capítulos (es lógico, cuando no puedo escribir, leer mucho tampoco suele ser una opción).
Tranquilos, no os voy a hacer un resumen de los consejos de Anne Lamott, como tampoco os lo he hecho nunca de los de Cameron ni de ningún otro libro similar, soy tremendamente consciente de vuestra capacidad para investigar por vuestra cuenta si os interesa el libro en cuestión y leéroslo solitos. En cambio, sí voy a explicar por qué me está gustando tanto este otro libro sobre escritura -no me sale llamarlo manual-. Y es que me ha ayudado a entender por qué apelo tanto a este tipo de textos y no, para mi sorpresa, no es ni para aprender a escribir ni para superar los bloqueos varios a los que me enfrento de tanto en tanto. Es más, cuando de verdad he estado bloqueada no ha habido libro, ni manual, ni psicólogo que me sacara de mi infierno particular.
Me gustan estos libros porque me identifico en ellos, o, mejor, en sus autoras. Es un alivio comprobar que hay más gente en el mundo que sufre el mismo tipo de locura que tú, que goza con las mismas cosas, y, más importante, que sufre con las mismas estupideces. Al final, resulta, no estoy leyendo sobre escritura, ni siquiera sobre técnicas, ni trucos, ni estrategias. Estoy leyendo sobre mujeres que viven cosas similares a las que yo vivo. Mujeres que escriben y lo disfrutan, pero también que lo sufren y que incluso lo padecen. Mujeres que necesitan escribir, incluso cuando, a veces, parece la cosa más carente de sentido del mundo. Mujeres que, a veces, cuando escribir sí parece tener sentido, no pueden hacerlo, o no quisieran. Y lo más importante, mujeres que comparten lo que sienten en torno a todo esto que tiene que ver con la escritura, que es al mismo tiempo infierno y paraíso.
Al final, parece, lo que estoy buscando es sentirme parte de algo, o, como dicen ahora en redes sociales, encontrar a mi tribu. Quizás se trate de algo así como tener una suerte de grupo de apoyo por correspondencia. Y, quizás, solo quizás, también haga que me sienta menos absurda cuando, por algún motivo que nadie conoce ni comprende, siento el impulso de venir a aquí a aporrear teclas y solar pensamientos no del todo coherentes, incluso estando cansada, tras una larga jornada de trabajo y con un dolor de barriga de mil demonios a causa de la regla -que sí, está directamente relacionada con la ausencia de escritura del día-.
Es posible que, en resumen, el sentido de este blog y la imperiosa necesidad de tener un rincón digital en el que compartir todo esto, sea, ni más ni menos, que mi manera de participar en esta suerte de conversación a distancia sobre escribir, sí, pero sobre ser una mujer que escribe, también. Y, por qué, un poco -o mucho- hipersensible, con una imaginación no del todo controlada que, a veces, es capaz de crear grandes cosas, pero, en otras ocasiones, también puede jugar malas pasadas.
Por cierto, la explicación del título del libro de Lamott no tiene desperdicio. Ya os contaré otro día que esté menos cansada cómo eso me ha ayudado a ver cómo darle la vuelta a mi proyecto incacabado.





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