Avante a toda máquina

Estoy aprendiendo -o, si me pongo platónica, recordando- que no hace falta un motivo, una finalidad o una justificación para escribir. Voy a ampliar la idea y decir que la creación, en general, no necesita de motivos, finalidades o justificaciones. Pero no, no voy a caer en aquello del arte por el arte -no de lleno, al menos-. Prefiero pensar en qué sí es necesario o, incluso, imprescindible, para escribir o, si se quiere, para crear, en general. Y la simpleza de la respuesta abruma: voluntad. Inicialmente, iba a decir voluntad y tiempo, pero ni eso. Si hay voluntad, el tiempo se le roba a lo que sea.

Tiene un punto de terrible reaprender eso porque, sin paliativos, te planta un espejo delante y te muestra la única causa de la ausencia de escritura: tú mismo. Como si no fuera suficiente convivir con el crítico interno, el síndrome de la impostora, el perfeccionismo paralizante y demás torturadores internos; de pronto, se suma la culpa al comprender que nunca ha existido causa externa que te impidiera escribir.

Ocurre con la culpa algo parecido a lo que sucede con el perfeccionismo: hay que seguir adelante a pesar de todo. Vale, en el caso del perfeccionismo se trata de seguir a pesar de todos los errores, fallos, defectos y «cositas que mejorar» porque en algún momento has comprendido que es eso o la nada. Y has elegido la imperfección, sea por aquello de que la perfección es cosa de dioses o porque te sumas al carro de los mediocres productivos por si, a base de generar mediocridades se llega a alcanzar algo mejor.

En fin, a lo que iba, que con la culpa también se trata de seguir adelante porque comprendes -con dolor inmenso, sí, pero lo comprendes-, que detenerte y lamentarte no hará que recuperes el tiempo perdido, mientras que seguir, al menos, evitará que pierdas más tiempo y un tú del futuro, más viejo y amargado, se lamente por el tiempo que el tú de tu presente no supo aprovechar.

Sea como sea, la solución es seguir adelante. Ni siquiera importa adónde sea adelante, mientras se mantenga el movimiento. Una parte de mí que cometió muchos errores en un momento pasado podría advertir en este punto que, cuidado, que no cualquier dirección es buena, por más que nos haga avanzar. Y no seré yo la que afirme que esta estrategia no supone riesgos. Pero también es cierto que hasta los errores más nefastos conducen al aprendizaje y nunca se sabe qué se puede sacar de esas lecciones ganadas con sudor y sangre. Ya sabéis, hay quien dice que para encontrar diamantes hay que escavar muy hondo…

Llegados a este punto, solo queda una opción posible, pues: ¡Avante a toda!

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.