Que ser mujer es sinónimo de ser cíclica es algo de lo que soy consciente desde hace muchos años. No porque nadie me lo explicara, qué va, sino porque una, con sus particularidades neurodivergentes sin diagnosticar, se pasó su adolescencia haciendo un seguimiento de los cambios que experimentaba en el cuerpo y en el ánimo. Y no estoy hablando solo de la regla —que también, aunque en aquellos años era un hecho menor, sin dolor apenas, sin molestias—, sino de una serie de microcambios que, en gran parte, se repetían mensualmente. Después también observé otro tipo de patrones: estacionales, semestrales, anuales… Y, ahora, cuando ya estoy más cerca de los 45 que de los 40, pienso que de haber tomado nota contemplando el largo plazo habría encontrado, quién sabe, patrones por lustros y hasta por décadas.
En fin, que soy cíclica —e imagino que eso es aplicable a muchas mujeres (¿todas?)—. Y eso no es nada malo; más bien al revés. Cuando eres consciente de ese hecho puedes usarlo a tu favor para potenciar aquellos momentos que, por ejemplo, son más favorables para el esfuerzo físico, o para la concentración o para la creatividad. O para lo que sea. En realidad, el conocimiento y la aceptación de esa condición es un arma poderosa. Lo sé, y aún así, cada cierto tiempo —como hoy—, tengo que recordármelo.
El problema no es que yo —¿las mujeres?— seamos cíclicas. Lo somos, igual que lo es la naturaleza. Digo más, me juego lo que sea a que los varones (perdón por la generalización), si tuvieran un mínimo más de consciencia de lo que les rodea, también observarían que son cíclicos, aunque en ellos esos ciclos no tengan la evidencia que en nuestro caso puede tener el ciclo menstrual o ñas diferentes etapas de la vida reproductiva. De hecho, lo raro, extrañísimo, sería que ellos fueran del todo ajenos a cualquier ciclo porque toda la maldita naturaleza funciona por ciclos, más largos o más cortos, con fases que se repiten en cada reinicio. Y, aunque a veces parezca que lo hemos olvidado, todos nosotros —TODOS— formamos parte de la naturaleza y nos regimos por sus reglas.
Lo dicho, ser cíclica no es malo, sino bueno y sobre todo normal, natural. El problema es que nuestra sociedad —¿el maldito mundo al completo?— ha olvidado que forma parte de la naturaleza, que es un elemento más de ella, interdependiente con ella, y en lugar de aceptar y respetar esa realidad vive de espaldas a ella y, por lo tanto, a nosotros mismos y nuestras necesidades.
El problema no es que yo sea cíclica y hoy tenga un día más apto para el recogimiento y la reflexión que para la extroversión y la acción; el problema es que, en esta sociedad que vive de espaldas a ella misma, yo tengo que hacer lo que sea que toque con independencia de si es lo mejor para mí, para los que me rodean y hasta para los mismo resultados de lo que haga.
Y no, no abogo por volver a la naturaleza a vivir como en el paleolítico, no hace falta exagerar. Se trata solo de reconocer —de recordar— lo que verdaderamente somos y vivir de una forma más acorde a ello.
Lo sé, es un sueño absurdo. Si quiero vivir más en comunión con la naturaleza tendré que exiliarme al campo. Y, perdonad, pero de cada día me parece una idea más atractiva. De momento, me conformo con reconocer en qué momento de mis ciclos estoy, qué es mejor o peor para mí en cada uno de ellos, seguir tomando notas y vivir de la manera más respetuosa conmigo posible sin faltar a todas esas obligaciones que conlleva esta vida mía en esta enferma sociedad nuestra.





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