Estoy de exámenes. Eso implica que mi vida se limita a examinar alumnos, corregir pruebas de evaluación y repetir. Esto seguirá así durante unos quince días más. Después, burocracia. En muchos sentidos, el mes de junio es una suerte de pago previo a las vacaciones de verano. Y aquí estoy, pagando, con sudor, sin lágrimas ni —de momento— sangre, pero con las cervicales destrozadas.
En fin, que sacar un ratito de la nada para escribir este post es un verdadero ejercicio de malabares. Pero, seamos sinceros, necesito escribir aunque solo sea una entrada sobre lo difícil que es escribir en estos momentos, de la misma manera que necesito los treinta minutitos diarios de yoga al terminar el día. Es autocuidado. Y aquí estoy, autocuidándome.
Mientras, mi mente divaga entre examen y examen sobre qué haré durante el verano. Una fantasía que empezó con un retiro de escritura, pero que ha ido mutando hasta convertirse en otra cosa que ni siquiera sé calificar, pero que puedo resumir como sencillamente tener tiempo para mí. Y aquí estoy, divagando.
Pienso en añadir ejercicios aeróbicos y de fuerza a mi rutina de yoga-por-supervivencia. También en escribir «esa» historia, pero además una suerte de diario de verano. Y en compilar mis textos antiguos y convertirlos en un librito. Todo esto, claro, mientras fantaseo con tomar el sol, nadar y relajarme con un cocoloco en una mano y una novela para no pensar en la otra. Y aquí estoy, fantaseando.
Todo esto, claro, mientras una voz me susurra «ve a por el doctorado, Carmen», y otra canturrea «déjame, no juegues más conmigo»… Porque, no, doctorado y escritura no son del todo incompatibles… Pero trabajo, doctorado y escritura, seguramente sí. ¿Y sabéis qué sale de la ecuación siempre que mis planes absorben todo el espacio? Correcto, la escritura. Siempre la escritura. Y aquí estoy, planeando, decidiendo, haciendo malabares, imaginando y divagando mientras me pregunto por qué demonios las voces de mi maldita cabeza no se callan un rato.





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