Recuerdos

El tiempo se diluye, avanza, retrocede, se superpone y disuelve. Revivo instantes, algunos grabados en mi mente, otros que, hasta ahora no recordaba:

Estoy con mi padre en el pasillo de casa, me lleva a hombros, pasillo arriba, pasillo abajo y yo río, chillo y juego. Soy feliz; somos felices.

Es verano, estamos en la cocina, mi padre acaba de abrir una sandía enorme. Yo revoloteo a su alrededor –en mis recuerdos siempre estoy revoloteando a su alrededor, mientras trabaja en el jardín, cuando repara cosas en casa, si está haciendo crucigramas o cuando ve el fútbol, el tenis, las motos o la fórmula uno… Siempre revoloteo a su alrededor…–. Él se gira, me sonríe y me da el centro tierno y jugoso de la sandía; ese que casi no tiene pepitas. Lo cojo, le doy un beso y me voy corriendo feliz con mi pedazo de sandía.

Estamos viendo las olimpiadas del 92 en la terraza. Mi madre compró una tele pequeña, de esas con antenas, para poder sacar fuera. No recuerdo qué deporte era –creo que los vimos todos–. Fue uno de los mejores veranos de mi vida.

Vimos juntos el accidente de Aitor Sena, esperando a que saliera del coche como si nada –porque siempre todos salían–. Sena no salió. Concluimos que morir haciendo aquello que más te gusta, lo que amas, es una buena muerte, pero que quizás es mejor vivir muchos años, junto a los que quieres, haciendo lo mejor que puedes,

Volamos a Valencia para ver la final del Mallorca de Cúper, con Amato, Valerón, Stankovic, Olaizola y Roa. Animamos juntos a Álex Crivillé, a Fernando Alonso, a Rafael Nadal…

Los únicos libros que me han regalado durante la infancia y la adolescencia me los ha regalado mi padre. También me compró mi primer walkman y mis primeros vinilos -de Madonna y Michael Jackson-, me enseñó a poner en marcha aquel sofisticadísimo –y sagrado, sobre todo, sagrado– equipo de música, que tenía un espacio especial en el salón de casa. Y, más importante, a poner en marcha el tocadiscos sin poner en peligro los vinilos.

Son un montón de hermosos recuerdos los que tengo con mi padre. Memorias de tardes a la fresca, de verbenas, fiestas, música, comida, deportes… Y de trabajo. Siempre estaba trabajando, en la casa que construyó prácticamente con sus propias manos, y que, además de mi madre, ha sido su pasión, o en ese empleo suyo que tanto lo hacía madrugar –durante una larga época estaba convencida de que mi padre era la persona que más pronto se levantaba del mundo–.

Son un montón de recuerdos y quiero seguir creando más, aunque no sean tan luminosos ni bellos. Quiero más. No quiero que se acabe. Y es posible que ese sea el deseo más egoísta del mundo, pero ahora mismo soy incapaz de desear cualquier otra cosa. ¿Qué otra cosa podría desear si resulta que tengo el mejor papá de la historia?

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.