Una historia del fin del Mundo

Imagina ahora que es de noche, que estás en casa sin poder dormir mientras suena la única canción que ambos prometimos no volver a escuchar. ¿Estás ya allí? Cierra los ojos, siéntete de nuevo en aquel verano que jamás tendría que haber existido, saborea el humo de aquellos cigarrillos de contrabando que nunca pudimos volver a encontrar, de aquella cerveza que ya no te puedes permitir. ¿Recuerdas aquellos tejanos gastados y rajados que tanto te gustaban y que yo apenas podía soportar? Debo reconocer que eran suaves al tacto, tanto que solo con rozarlos uno ya podía saber que habían vivido más de lo que cualquier pantalón debe soportar —como su dueño ¿no?—. Nunca te lo dije, pero cuando los usabas aquellas calurosas noches, con el último botón sin abrochar y sin camiseta, solo con mirarte sentía arder cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Si me parara a buscar un culpable de todo lo que pasó, juraría que la culpa fue de tus jeans.

Pero no es momento de buscar culpables, ahora que todo acaba.

Con aquel calor cualquiera podría haber pensado que el aire, cargado de humedad, podía cortarse. Pero no fue entonces cuando llegó el fin del mundo, al fin y al cabo, se trató solo de un verano más. El nuestro.

No, no acabó el mundo, pero bien podría haberlo hecho…

Tampoco importa. No, si sigues imaginando, si abres los ojos y me ves allí, en la puerta de la terraza, exactamente en el mismo lugar en el que tú te solías situar cuando te presentabas de improviso. Siempre llegabas sin avisar, aunque mentiría si dijera que no te esperaba. Siempre lo hacía.

Ahora, cambiando las tornas y viéndome a mí allí desde donde tú me solías espiar hasta que me percataba de tu presencia, casi —solo casi— puedo comprender por qué lo hacías. No lo niego, es un gusto contemplarte ahí sentado, con la cabeza echada hacia atrás, un pitillo consumiéndose en una mano, la otra sosteniendo una cerveza que ya ha dejado de estar fría. Tú, tus vaqueros, la dichosa música, y —gracias a los dioses— sigues sin usar camisetas.

Aun así, sabiéndome una privilegiada por poder observarte cual descarada voyeur —aunque sea solo en mis recuerdos, aunque sean solo sueños—, sigo pensando que es de pésima educación… Quizás por eso hago ruido, que te saca de tus pensamientos y atrae a mí tu atención. Aunque tal vez solo lo he hecho para poder ver una vez más esos ojos tuyos, tan hipnóticos, tan sacados de mis peores pesadillas.

Te levantas y caminas hacia mí. Sigo siendo yo la que, por una vez, ha acudido a tu puerta, pero no importa. Vienes a mí como siempre, con ese gesto del que ha visto demasiado, de quien ha vivido más de la cuenta. Odio que soportes sobre tus hombros todo ese peso que haría caer de bruces al mismísimo Atlas y muero por descargarte al menos en parte de él, aunque sé que jamás lo consentirás.

Como siempre, no me das opción a decir palabra. No hace falta. Pasas tus manos por mi cintura, clavando de esa manera en mis ojos tu mirada, justo antes de acercarme a ti y hundir la cabeza en mi cuello. A veces, cuando haces eso, me pregunto si, quizás, nos haría bien llorar. Pero, sí, ya sé, no todo lo alivian las lágrimas. Tampoco todo pueden expresarlo las palabras.

Quisiera odiarte —tantas veces lo he deseado—, pero antes de que pueda siquiera pensar de nuevo en ello, me levantas, giras conmigo en vilo y me llevas al interior de la casa. No me doy cuenta de qué estás haciendo hasta que estamos ya ambos en el suelo, tú tumbado boca arriba, yo abrazada a ti como si creyera que que desapareceré si mi suelto. Y lo creo.

Cuando tu mirada encuentra otra vez la mía comprendo que se han esfumado todos los miedos, toda la rabia, los eternos porqués… No queda nada, salvo esa paz que solo encontramos al estar el uno en el otro. Y ya no quiero odiarte, porque sé que jamás podría hacerlo… Solo quiero, como siempre quise, que esto no pase, que no acabe…

Y todo es igual que siempre fue, como siempre ha sido, salvo por el brillo salvaje que en el exterior ha sustituido a la noche.

Esto es el fin. Te lo dije al empezar. Pero no podría imaginar un fin del mundo que no tuviera lugar a tu lado.

Solo ahora, en este segundo eterno que me separa de la desaparición, cuando el tiempo parece haberse detenido, comprendo la angustia que vivía en tu mirada, el peso que amenazaba con destrozar tus hombros y el resto de tu cuerpo con ellos. ¿Cuántas veces has visto tú un fin? ¿Cuántas veces el fuego inundando el cielo, acabando con todo y con todos?

—No es el fin… —susurras en mi oído y, por primera vez, creo reconocer algo parecido a la esperanza en tu voz—. No hay finales para vosotros, solo principios. Miles de eternos principios.

Habría querido preguntarte qué querías decir, pero el fuego ya ha llegado a nosotros y solo puedo apelar a tu mirada, el único recuerdo que no quisiera perder jamás. Pero tus ojos no son ahora ya los mismos, ha desaparecido ese aire de pesadilla y en su lugar encuentro únicamente paz.

«No es el fin», me repito mientras el fuego que consume todo lo que encuentra se tropieza conmigo. «No hay finales, solo principios. Miles de eternos principios».

—Te encontraré. Volveré a buscarte, y te encontraré.

Creo oír tu voz, pero ya es demasiado tarde. No estás junto a mí. ¿O soy yo la que ya no está a tu lado?

«No hay finales, sólo principios. Miles de eternos principios».

______________

Rescato esto desde uno de mis viejos blogs. Lo escribí el 5 de abril de 2014. No sé qué lo inspiró, sí que me impactó al escribirlo y hasta puede que llegara a imaginar una historia mayor que nunca llegó a ser. O, quién sabe, que de momento no ha sido. En todo caso, mi parte más sentimental ha querido rescatarlo y traerlo aquí. Espero que os guste.

Deja un comentario

Comentarios

¿Vienes conmigo?

Suscríbete a La Enésima Aventura y recibe cada nueva historia directamente en tu buzón.

Esta página es solo un tramo del sendero

Deja tu correo electrónico y camina conmigo: encontrarás sueños, relatos y novelas que crecen capítulo a capítulo.