Hoy me he levantado fatal.
Tan mal, que mi rutina de escribir mientras me tomo el café con leche —que es, por cierto, mi momento favorito del día—, se ha tenido que suspender.
Tan, tan, mal, que solo ahora, que hace ya cinco horas que estoy en pie, he podido encontrar algo parecido a la fuerza para abrir el editor de WordPress.
Y no pasa nada. Hay días malos. Siempre lo he sabido. Pero eso implica que también hay un montón de días buenos, que es mucho más importante que cómo de malos son los malos —al menos, de momento—.
La mente que no descansa
La cuestión es que una servidora tiene una mente hiperactiva y, a falta de poder escribir o, en su defecto, leer un rato, pues me ha dado por pensar, visualizar el futuro y, por qué no decirlo, planear.
Lo confieso, soy una planeadora nata. Me encanta imaginar miles de escenarios posibles —muchos de ellos completamente irrealizables, algunos poco probables y otros, bueno, otros a los que hay que echarles un extra de creatividad—. Así que hoy le ha tocado el turno a la pregunta sobre qué futuro quiero. Y, para ser exactos, si quiero, o no, dedicarme en exclusiva a escribir.
La salud en mis planes
Antes de seguir, dejadme aclarar una cosa: en mis planes mi estado de salud siempre, siempre juega a mi favor. Es decir, ni me planteo la posibilidad de no poder volver a trabajar, de que un tratamiento salga mal, de no poder seguir escribiendo —o cualquier otro desastre similar.
Insisto: en mi mente solo caben, en exclusiva, futuros favorables. Posibles y realistas, pero favorables. No se trata de negar mi situación médica, sino de mantener el optimismo desde la congruencia con mi estado.
El papel del blog en ese futuro
En fin, que hoy estaba yo imaginando esos futuros posibles y me he dado cuenta de que, aunque, por supuesto, me encantaría la posibilidad de poder dedicarme en exclusiva a escribir, crear y compartir, al mismo tiempo eso implicaría una serie de circunstancias que prefiero evitar, como el hecho de tener que monetizar sí o sí mi trabajo o no poder ofrecer ciertas cosas —como ediciones especiales de mis libros— que me encantaría poder crear y poner a disposición de quien las quiera.
Eso sí, os aseguro que si me toca un buen premio en la lotería, el Euromillón o lo que sea que elimine las restricciones económicas a mi creatividad, activaré de inmediato el plan «escribo y punto».
Redescubrir la raíz
Eso me ha llevado a plantearme otra cuestión: en ese futuro ideal, aunque hipotético, que estaba yo visualizando, qué papel ocupa mi blog. Y, aunque, para no alargarme, me reservo la reflexión concreta para una entrada del Manual imprefecto…, sí os puedo contar que me he puesto a pensar en la estructura del blog, el tipo de entradas, las secciones, las categorías…
Y me he dado cuenta de que, aunque yo no era consciente de ello, siempre he sabido cuáles son las funciones de este blog y los motivos reales por los que lo creé. Por un lado, y esa es la capa más obvia, mis blogs —todos ellos— siempre han sido mi válvula de escape, un lugar en el que compartir lo que me pasa y dar rienda suelta al instinto ese de escribir desde la experiencia personal. Por otro lado, este blog es, obviamente, un lugar desde el que compartir mis textos de ficción.
Pero es que además, y esto es incluso más importante que lo anterior, este blog es un campo de entrenamiento. Aquí —y en muchos de mis blogs anteriores— puedo practicar técnicas, poner en uso aprendizajes y jugar con estrategias sin peligro de pillarme los dedos, no solo en historias largas, sino siquiera en relatos breves.
Mi blog, mi jardín
Así que estas son sus funciones y el papel que quiero que tenga en el futuro, aunque un tanto —bastante….— amplificado en el aspecto de compartir. Pero, en todo caso, nada de esto es lo más importante. Qué va.
Lo que me ha volado la cabeza, mientras estaba yo dándole vueltas a todo esto para convertirlo en una estructura práctica, es que mi blog, en realidad, es mi jardín y cada una de esas funciones y categorías tan aburridas que he enumerado antes son la tierra, las semillas, el agua y el abono.
Con tiempo y a base de trabajo, algunas de las semillas germinarán, crecerán y quién sabe en qué tipo de planta se convertirán. Algunas, seguro, serán breves y fugaces como estrellas que por un instante atraviesan el firmamento. De estas, he hecho, ya hay unas cuantas. Otras serán mayores y solo el tiempo nos dirá hasta dónde llegarán. Y quién sabe qué más crecerá.
La cuestión es que he comprendido que soy la orgullosa jardinera de un huerto lleno de historias.
Y no, no me preguntéis por la medicación que me dan cuando el dolor es tan enorme como hoy porque, por un lado, requiere receta, y, por otro, nadie asegura que la pastilla provoque plantas, árboles y flores en lugar de sanguinarios monstruos asesinos.
Tu turno
¿Y tú tienes alguna «zona de entrenamiento» donde los errores no cuentan?
¿Algún rincón, quizás, —virtual o real— que funcione como tu jardín, ese lugar donde puedes sembrar sin miedo y dejar que algo crezca a su ritmo?
Te leo.





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