La harina flotaba en el aire y lo impregnaba todo con un aroma que solía ser reconfortante. Paula se ajustó la mascarilla. El aire en la panadería era más pesado esa noche. No era solo la humedad, algo más se ocultaba tras la familiaridad de la harina.
El teléfono había sonado temprano. Una voz áspera, cansada, había murmurado advertencias vagas sobre una posible contaminación del grano. Micotoxinas, decía. Paula había oído el término antes, pero nunca había imaginado que algo tan abstracto pudiera sentirse tan real. Y ahora estaba allí, amasando pan con manos temblorosas mientras su mente intentaba aferrarse a la lógica.
El primer golpe contra el cristal la sacó de sus pensamientos. No era el ruido típico de una piedra o un accidente; era algo más deliberado, casi hambriento. Se giró hacia el escaparate y lo vio: un hombre apoyado contra el vidrio, su cabeza ladeada en un ángulo grotesco. Tenía la mirada perdida, vacía. Su piel era grisácea y había algo inhumano en sus movimientos. Golpeó de nuevo, ahora con más fuerza. Paula retrocedió, incapaz de apartar la mirada de las manchas rojizas que se extendían en el vidrio. No quería creer que fuera sangre.
—¿Se encuentra bien? —logró preguntar, aunque su voz sonó débil.
El hombre no respondió. Otro golpe resonó detrás de él, y luego otro. A su alrededor aparecieron más sombras, rostros que Paula reconocía como vecinos, clientes habituales, gente que le sonreía cada mañana al recoger sus barras de pan. Pero ahora esas sonrisas eran muecas hambrientas en sus rígidas bocas abiertas.
Zombis, pensó. La palabra le atravesó la mente como un cuchillo, absurda pero indiscutible. Lo que veía eran cadáveres andantes. Y estaban hambrientos.
A unos kilómetros de allí, la doctora Beltrán releía una y otra vez el último informe del laboratorio. Los datos eran claros: el Claviceps purpurea había evolucionado hasta crear un metabolito neurotóxico que iba más allá de las alucinaciones del ergotismo medieval. Este nuevo compuesto atacaba el cerebro, despojándolo de inhibiciones y dejando al huésped atrapado en un estado de rabia y desesperación primitiva.
Las pruebas en animales eran devastadoras. Los ratones infectados mostraban comportamiento caníbal en cuestión de horas, atacando a los sanos. Pero no era solo el hambre lo que los impulsaba. Era algo más oscuro, más profundo, un instinto que no pertenecía al reino de los vivos. Y el contagio no se limitaba al pan. Bastaba una herida, un rasguño, para que la toxina encontrara su camino al torrente sanguíneo.
Beltrán se recostó en su silla, la cabeza entre las manos. Había hecho llamadas frenéticas a las autoridades, pero la burocracia no se movía con la velocidad que requería una emergencia como esta. Afuera, la noche parecía más oscura que de costumbre, como si la ciudad misma respirara su último aliento.
Paula había logrado atrancar la puerta con una mesa, pero el cristal del escaparate empezaba a ceder bajo el peso de los no muertos. La puerta trasera se abrió de golpe, y Carla, su aprendiz, apareció en el umbral. Estaba cubierta de sangre, su delantal blanco manchado de rojo oscuro.
—No pude detenerlos… —dijo Carla, su voz un susurro quebrado—. Están por todas partes. Los vecinos… ellos…
Paula dio un paso hacia ella, pero algo en los ojos de Carla la detuvo. Había un brillo febril, un temblor en sus manos que no era del miedo.
—¿Te mordieron? —preguntó Paula, aunque temía la respuesta.
Carla negó con la cabeza, pero Paula no podía confiar en eso. Retrocedió hacia la mesa y agarró el cuchillo más grande que pudo encontrar. Carla dio un paso adelante, y la vio retorcerse, sus movimientos cada vez más espasmódicos. Entonces, entre convulsiones, Carla cayó al suelo. El sonido que salió de su garganta no era humano.
Casi de inmediato, Carla se levantó con un único y antinatural movimiento, y Paula apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la chica se lanzara sobre ella. Usó por acto reflejo el cuchillo que sostenía; la hoja cortó la carne, pero Carla no se detuvo hasta que, desesperada, Paula la empujó hacia el horno caliente. El olor de la carne quemada llenó el aire, pero ni siquiera eso hizo que Carla se detuviera.
Con el cuerpo temblando, Paula cerró la puerta del horno y atrapó dentro a la criatura en la que se había convertido su amiga. Afuera, los golpes contra el cristal seguían, cada vez más fuertes.
Paula se limpió la sangre de las manos, con la mirada fija en los sacos de harina apilados en la esquina. La toxina estaba en todo. Y ya era parte de ella.
Con una última mirada a la panadería, Paula tomó el cuchillo y esperó a que el cristal se rompiera.




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