Canción de siega: La semilla (la idea antes de la forma)

Color only on pitahaya fruits

Este texto no es un relato. Es lo que hubo antes: la primera vez que el mundo de Canción de siega existió, en bruto, sin forma todavía. Lo escribí de un tirón, con rumbo pero sin filtro. Los tres relatos que lo preceden nacieron de aquí. Lo publico porque el caos original también forma parte de la historia.

Unas voces sacaron a Sarah de la duermevela en la que se había sumido. Su catre estaba rodeado por viejas y sucias cortinas que le impedían ver el resto de la sala, pero estaba segura: Estaba segura: la voz femenina pertenecía a Minervah, la jefa de guerra de los Hijos del Trigo. También la voz masculina le resultaba familiar, pero, aunque tardó más en reconocerla, pronto comprendió que se trataba de Macaroxh, el jefe de la asamblea.  

—¡Está prohibido visitar a los injertados! —gritó la ensambladora de carne.

—Seguro que por esta vez es posible hacer una excepción, ensambladora Alayah —dijo Macaroxh con voz persuasiva.

—¡De ninguna manera! Las normas de La Carnicería son muy claras: Nadie puede visitar a los injertados. Nadie, ni siquiera usted, por muy jefe de la asamblea que sea, señor Macaroxh.

—La entiendo —terció Minervah con la voz calmada de quien está acostumbrada a negociar—. También yo tengo que hacer cumplir normas a veces incomprendidas, pero en esta ocasión toda la zona de excepción está en juego. Se trata del futuro de los Hijos del Trigo.

—Nuestra existencia está en juego —insistió Macaroxh, cuya voz era ahora más firme y contundente.

—Y hemos traído esto —terció Minervah y se hizo el silencio durante un instante—. Seguro que será de ayuda los Hijos del Trigo ingresados en La Carnicería —explicó—. Nadie debería morir aquí por dejar de alimentar al comensal.

La ensambladora de carne hizo un ruido de disgusto que coincidió con el ronco quejido que escapó de la garganta de Sarah cuando oyó a Minervah nombrar con aquella naturalidad al parásito, que habían adquirido a través del trigo, y los había convertido en aquella burla de seres humanos, suspendidos entre la vida y la muerte, mientras sus cuerpos se descomponían lenta, aunque incasablemente, incapaces de sentir dolor, pero privados también de su humanidad.

—Pasaremos a verla —dijo Macaroxh, después de un largo silencio.

Sarah, cuyo cuerpo seguía sin haber recuperado del todo la fuerza, se incorporó como pudo en el catre y, por primera vez desde la intervención, vio la prótesis de hierro que la ensambladora le había injertado en el muñón, después de que el disparo del agente del Ancla le reventara la pierna.  Era una simple barra de hierro oxidado. Suficiente para mantener el equilibrio y recuperar la movilidad, pero un nuevo recordatorio de todo lo que la separaba de la mujer que un día fue, antes del Azote de Trigo.

La ensambladora de carne retiró las cortinas y descubrió a los visitantes, que se acercaron a ella después de agradecer con un gesto de cabeza que la encargada de La Carnicería los dejara pasar.

—Expedicionaria —saludó con respeto Macaroxh.

Antes de que Sarah pudiera responder al líder de la asamblea, vio a Minervah lanzar dos formas redondas hacia ella, que tuvo que hacer un considerable esfuerzo para atrapar al vuelo, una con cada mano, y dejar que la dañada parte inferior de su cuerpo, todavía en proceso de recuperación, sostuviera por sí misma su peso y mantuviera el equilibrio. Fue difícil, pero consiguió evitar caer hacia el lado donde la pierna había sido sustituida por una tosca barra de hierro oxidado.

—Come —ordenó Minervah y Sarah comprendió que aquello que le había lanzado la jefa de guerra eran un par de pitahayas.

Sin entretenerse a observar la gruesa piel amarilla con forma de grandes escamas del fruto de los cactus que crecían, generosos, en la zona de excepción, clavó las uñas de ambos índices junto al crecimiento del tallo de una de las frutas y la abrió por la mitad. El suave aroma dulce del fruto le hizo la boca agua y se llevó la suculenta pulpa blanca y llena de semillas a la boca. Jamás se cansaría de esas frutas, aunque fueran las únicas que crecían en aquel lugar olvidado por los dioses y uno de los pocos alimentos que, racionados, comían para mantener con vida al comensal, el parásito que los mantenía en aquel estado de suspensión entre la vida y la muerte. Si el comensal moría, ellos también. Y era un huésped demasiado hambriento para aquellas yermas tierras malditas en las que solo los cactus y las lagartijas parecían capaces de sobrevivir.

—¿Qué ha pasado, Sarah? —preguntó Minervah, que se había sentado en un taburete junto a su catre.

Sarah paró de comer y frente a ella, ya sin el impedimento de la cortina que rodeaba su catre, vio a la ensambladora de carne pasearse entre los catres con un saco en los brazos mientras repartía pitahayas entre el resto de convalecientes. Aquel saco lleno de la valiosa fruta era el precio que Minervah y Macaroxh habían pagado por mantener esa conversación con ella. Sarah suspiró, se llevó a la boca lo que quedaba de la primera pitahaya y lo devoró.

—La expedición fue un desastre —empezó a contar y vio que los hundidos ojos de Macaroxh se ensanchaban. Minervah, en cambio, escuchaba impasible—. Habían pasado dos lunas sin que encontráramos ni rastro de alimento. Estábamos derrotados y hambrientos, la carne seca de dragón se había acabado días atrás y la provisión de pitahayas ya casi se había agotado. Rioth y Pamh se estaban dejando llevar por el desánimo, pero Franh y yo tratábamos de mantener el ánimo alto. Ya sabes, ambos comprendíamos que la vuelta a la zona de excepción era imposible sin encontrar provisiones, pero todavía teníamos un par de semanas, quizás tres, por delante para seguir buscando hasta que el comensal muriera y nosotros nos apagáramos.

—El coste de la expedición había sido enorme —dijo Minervah, comprensiva.

—Exacto —convino Sarah—. Y Franh y yo comprendíamos que teníamos el deber de seguir buscando hasta el final.

Minervah asintió y Macaroxh se acercó un poco más.

—Entonces lo vimos —continuó Sarah­—. Al norte, un edificio que solo podía ser una granja. Y, junto a ella, orgulloso, se alzaba un enorme silo de cereal. Corrimos hacia allí, estábamos emocionados la posibilidad de salvarnos, sí, pero también por el hecho de poder cumplir con la misión alimento a la zona de excepción.

—Más que alimento… —murmuró Macaroxh—. Una posibilidad de volver a investigar el cereal, de comprender al comensal, de curarnos.

—O mejorarnos —interrumpió Minervah con cara de pocos amigos—. Somos simbióticos con el comensal…

—Lo sé, lo sé —admitió Macaroxh, aunque algo en su mirada de ojos velados y hundidos había cambiado—. Continúa, por favor, expedicionaria.

Minervah asintió y Sarah cogió aire, en un gesto aprendido, pero ya del todo innecesario.

—Estábamos emocionados, avanzábamos sin precaución y por eso los agentes del ancla nos pillaron desprevenidos. Oí una detonación y la cabeza de Franh reventó junto a mí y me llenó de líquido y otras sustancias más espesas. Su cuerpo seguía corriendo, animado por el comensal, pero nuevos disparos acabaron con él y al fin comprendí qué pasaba. Busqué refugio tras una carreta abandonada y Rioth y Pamh me siguieron. Esperamos a que los agentes del ancla vinieran hacia nosotros y saltamos sobre ellos antes de que pudieran dispararnos. Eliminarlos fue sencillo, solo eran siete humanos. Fue entonces cuando vimos las llamas. Antes de venir hacia nosotros habían prendido fuego al trigo, que estaba amontonado bajo el silo. Junto al montón en llamas había tres sacos a los que todavía no había llegado el fuego.

—Pero solo has traído un saco —terció Macaroxh y ella asintió.

—Rioth y Pamh estaban famélicos ­—explicó—. Se abalanzaron sobre los sacos y comenzaron a comer el grano a puñados. Traté de detenerlos, pero el hambre los había cegado, el comensal había tomado el control de sus cuerpos…

—Los mataste —dijo Minervah cuando ella fue incapaz de continuar y se limitó a asentir.

—Hiciste lo correcto —sentenció Macaroxh y Sarah volvió a asentir, aunque en el fondo de su ser sintiera lo contrario.

—Y entonces cogiste los sacos

—Quedaba un agente del ancla —Sarah interrumpió a Minervah—. Había bajado la guardia y él aprovechó esa ventaja. Me disparó. El tiro iba directo a mi cabeza, pero logré esquivarlo. Empezó a correr hacia mí, sin dejar de disparar y…

Sarah se interrumpió y sus ojos se fijaron en el muñón en carne viva y la barra de hierro oxidado que ahora sustituía a su pierna.

—Te hirió en la pierna —adivinó Minervah.

—La voló de un solo disparo. La munición que usaba era más destructiva que ninguna a la que me hubiera enfrentado antes. Caí. Quise buscar la extremidad, tratar de injertarla, pero todo lo que quedaba de ella eran trozos de carne y hueso.

—¿Y los tres sacos de grano? —inquirió Macaroxh sin disimular que su suerte le importaba un carajo.

Sarah trató de reprimir sin éxito una risa macabra. El líder de la asamblea se tensó y la jefa de guerra lo miró con furia.

—El agente del ancla se aproximó a los sacos mientras yo estaba en el suelo. Llevaba una antorcha en la mano. Yo me arrastré hacia él para tratar de impedir que prendiera el cereal, pero sin la pierna era demasiado lento. Incendió los sacos.

Macaroxh inhaló con fuerza y se ganó otra furibunda mirada de Minervah.

—Conseguiste traer un saco —dijo la jefa de guerra y Sarah asintió.

—Ni siquiera sé de dónde saqué la fuerza. Me apoyé en un instrumento de labranza que había en el suelo. Creo que era una horca. O quizás un rastrillo. Conseguí ponerme de pie y usé aquella herramienta a modo de muleta. El agente quiso dispararme de nuevo, pero se le había acabado la munición. Llegué a él antes de que pudiera recargar el arma. Le mordí en el cuello y se derrumbó. Me moví rápido hacia los sacos, pero solo uno estaba todavía intacto. Lo aparté de las llamas y lo arrastré hasta ponerlo a salvo del fuego. Finalmente, vacié la carreta tras la que antes me había refugiado y cargué en ella el saco y al nuevo hijo del trigo y emprendí el lento camino a casa. Cuando él recobró la conciencia rompió a llorar y, entre lamentos, aseguró que aquel era el último reducto de cereal que quedaba en la zona exterior. Ese saco de trigo —recalcó Sarah— es el último del mundo.

—Lo usaremos sabiamente —dijo Macaroxh— y honraremos el precio que has pagado por él.

Minervah asintió y puso una mano sobre su hombro. Le hizo una señal con la cabeza al jefe de la asamblea, ambos se alejaron de ella y la dejaron a solas con sus demonios.

Iba a echar de menos a Franh, pensó Sarah, pero de inmediato su mirada se fijó en la barra de hierro que surgía de su muñón. También echaría de menos su pierna.

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