Hay historias que nos persiguen, algunos nos damos cuenta de ello, otros no, pero eso no cambia la realidad. Son esas historias que aparecen en el lugar más insospechado, en el momento menos esperado, en mitad de las conversaciones aparentemente más inocuas y que, cada vez que lo hacen, son capaces de hacer que te de un vuelco el corazón, que tu piel reaccione volviéndose de pronto hipersensible y haciéndote plenamente consciente de toda la extensión de tu cuerpo, que tu mente se paralice hasta el punto de perder momentáneamente la capacidad de pensar y de hablar. Son esas historias que te tocan alguna fibra desconocida, una parte íntima de ti a la vez que extraña. Algunos las ven como esos temas que se repiten una y otra vez a lo largo de su vida, sin saber por qué. Esos temas de los que parece imposible desprenderse.
Es fácil detectar a una persona perseguida por su historia, aunque, por lo general, no sean conscientes de ello. Incluso puede llegar a ser divertido ver como las casualidades se arremolinan en torno de esa persona para que todo conduzca al único lugar al que puede llegar: su historia.
Hay historias que más que perseguir, acosan. Aparecen constantemente allá donde no se las espera, surgen de la nada reclamando el protagonismo en cualquier momento o lugar, aparecen por arte de magia en cualquier conversación, se cuelan en la única página del periódico que has mirado, en tu correo electrónico en forma de mensaje en cadena, en el título del libro que lee el que se ha sentado frente a ti en el metro, en la canción que suena en la radio… Esas historias reclaman para sí tu mente y la hacen suya, impidiéndote pensar en nada más. Te incapacitan, te paralizan y te anulan hasta que cedes a su propósito y consientes en entregarles tu atención plena, tu intimidad, tus sueños, tu vida…
Mis historias gustan de perseguirme de día y visitarme de noche, reclamándome para ellas. A veces aparecen como simples pensamientos repetitivos dispuestos a mantenerme en vela, otras, cuando están más juguetonas, se muestran desnudas, permitiéndome ver su complejidad, en ocasiones hermosa, en ocasiones terrible. A veces, queriendo llevarme un paso más allá de la cordura, se transforman en pequeñas luces que se arremolinan a mi alrededor, saltando de un lado a otro, como duendecillos inquietos dispuestos a desquiciarme y no dejarme dormir. Últimamente, tentándome con la locura, se mostraban como sombras junto a mi cama, sentadas a mi lado vigilando mi sueño o en pie con la mano tendida, invitándome a seguirlas mientras parecían luchar por tomar aún más corporeidad, una mayor consistencia.
A veces, sospecho que todas son una sola historia desmontada en piezas, como un inmenso puzzle que me reta para que lo resuelva. Un rompecabezas para el que no he tenido tiempo y al que he querido expulsar de mi vida, ignorando los vuelcos en el estómago y los vellos erizados cuando me topaba con él a la luz del día, y exiliándolo a mis sueños por la noche a base de pastillas para dormir. Recuerdo cuando las inmensas cadenas de casualidades que me llevaban una y otra vez a los brazos de mi historia me sacaban de quicio y me ponían histérica. También cuando me asustaba por lo que pasaba en la oscuridad, arremolinándome bajo las sábanas, durmiendo noche tras noche con las luces encendidas. No puedo evitar sonreír cuando pienso en la cantidad de veces que he tratado de echarla de mi vida, aunque siempre ha seguido ahí, susurrándome, esperando a que le devolviera mi atención, a que le regalara otra vez mis largas noches de vigilia para darme a cambio los mejores momentos de mi vida, aunque no fueran momentos al uso -tampoco mi historia lo es-.
Hoy, de nuevo, me he topado con mi historia. Como siempre, ha sido de un modo inesperado, casi mágico, y, como siempre, ha provocado que mi corazón palpitara con furia como si quisiera escapar de mi pecho, que mi piel se sensibilizara hasta el punto de dolerme y que mi vientre se contrajera haciéndome consciente de un vacío que no quiero reconocer.
Quizás haya llegado el momento de reconocer que la necesidad es mutua, que también yo echo de menos las noches en vela y que no me importa desprenderme a ratos de la cordura, tomar la mano tendida y adentrarme allá donde sea que me lleven mis sombras. A lo mejor es el momento de admitir que no puedo ni quiero vivir de ninguna otra manera.
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Un texto recuperado de Diario de una escritora, publicado originalmente el 14 de junio de 2012. Ha llovido mucho desde entonces, pero sigo pensando más o menos lo mismo. Será porque las historias siguen persiguiéndome, algunas nuevas, cierto, pero también algunas de entonces. Quizás deba ir pensando en hacer las paces con ellas.




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