Llueve en Ibiza y las temperaturas han bajado lo suficiente para que haya tenido que ponerme una rebeca. Quizás sea por eso que hoy no parece viernes. Aunque también puede ser porque empiezo a acostumbrarme de nuevo al ritmo de trabajo después de las vacaciones y el cansancio propio del último día de la semana laboral parece menor que las semanas anteriores.
La tregua térmica, dice el diario, será breve, pero, aún así, me gusta poder disfrutar de este pequeño adelanto del otoño. Es como ver el trailer de una película muy esperada. Mejor, incluso, pues se trata de vivirlo.
Por lo que respecta al ritmo de trabajo, bueno, sí, cada vez es más similar al que solía ser, aunque estas primeras semanas siempre son más estresantes de lo normal, por los exámenes extraordinarios, las pruebas de nivel y la preparación del nuevo curso. Además, que haya coincidido con el inicio del nuevo semestre del máster de escritura, no lo facilita en absoluto. Aún así, he encontrado un extraño equilibrio provisional en el que las mañanas de lunes a viernes son para todas las tareas del inicio del curso en la EOI y los fines de semana para el máster. De ahí que los últimos días no haya publicado nada en el blog
Digo que el equilibrio es provisional porque en cuanto termine este mes de programaciones anuales y pruebas extraordinarias espero poder dedicar también parte de las mañanas a la escritura y al máster, al menos hasta el periodo de exámenes parciales, que este año, creo, será en febrero. Los finales del máster, en cambio, serán la semana inmediatamente posterior a las vacaciones de navidad, así que me tocará estudiar entre polvorones y villancicos. Y no me quejo, oigan, que nada me gusta más que estudiar con frío, frente a la lumbre, mientras los demás hacen cosas supuestamente más normales, como, no sé, ver la tele o cosas de esas.
Por lo demás, hoy he tenido la primera clase de una asignatura que se llama algo así como «Gestión y promoción de la obra literaria» y… A ver, cómo digo esto sin que resulte faltón. Creo que el profesor está más interesado en vender las bondades de su editorial que en que el alumnado aprenda algo o, sencillamente, pueda superar los exámenes de la asignatura. La experiencia ha sido tan triste y frustrante que solo me ha servido para reafirmarme en aquella opción que tomé hace ya tantos años de autopublicarme, de la que tantas veces he dudado durante la última década, solo para volver de nuevo a ella.
Pienso que la industria editorial española -y creo que también en español, aunque no la conozco tanto- está enferma, como, por otro lado, lo están otras tantas industrias y sectores empresariales de nuestro maltrecho país. Pero es que en el mundo del libro la cuestión es sangrante. Dos megaempresas copan un mercado en el que fagocitan los descubrimientos de pequeñas editoriales, que a duras penas se sostienen, al tiempo que importan de forma intensiva obras extranjeras (en inglés, en general), que cuentan con una maquinaria de marketing insuperable. El panorama es una condena a muerte para el autor con criterio y ganas de hacer algo que no necesariamente encaje ni el mainstream ni en el nicho cultureta ni en el underground. Vamos, para escritores con personalidad y valores propios que huyan de etiquetas y estereotipos.
Eso por no hablar de la cuestión más repetida durante el máster: Búscate un buen trabajo para no depender económicamente de lo que escribes y así poder escribir lo que quieras. Ya… Pero si tengo un buen trabajo y no dependo económicamente de lo que escribo, como es mi caso, dejo de necesitar muchísimas partes del enfermizo engranaje del sector editorial y, las que necesito, las contrato y me las pago con el buen sueldo de mi buen trabajo… Y sí, bueno, nunca seré, no sé, Sarah J. Maas, porque sin gran grupo editorial, en un mercado en el que los agentes literarios brillan por su inutilidad en los inicios del autor, es muy complicado tener visibilidad. Peeero, a ver, si ya tengo la vida resuelta, que por eso soy funcionaria de carrera, qué más me da la visibilidad ultra-súper-mega, a lo Grupo Planeta, que seguramente me llevará a lectores que no son necesariamente mi público objetivo, si con mimo, cariño y trabajo constante en mi proyecto puedo llegar a ese publico que sí va a disfrutar al máximo de mi libro.
Y sí, ya sé, me dirás que no hay constancia, ni cariño, ni mimitos que lleven mi novelucha autopublicada a un público objetivo que es, seguramente, inexistente . No lo niegues, lo dirás, porque me lo han repetido tantas veces que, durante un tiempo muy largo, me lo llegué a creer, a pesar del montón de libros que vendía, y me hundí -y, conmigo, mis libros-. Pero resulta que todos los nichos de mercado son inexistentes hasta que alguien da con una tecla precisa, como los magos de JK Rowling o los dragones de Rebecca Yarros, por nombrar algunos.
Así que estoy convencida de que sí, que el trabajo constante y sincero, cuando haces aquello en lo que crees, con mimo y mucho amor, es el que obtiene resultados, con independencia de que te publique Random House o lo hagas tú solita. Y para muestra, este botón que alguien dejó el pasado día 9 de septiembre en forma de comentario en mi primera novela (muchas gracias, Begoña, ojalá pudiera contactar contigo para explicarte hasta qué punto tu comentario me ha ayudado a reafirmarme en la decisión de seguir esta saga).

Lo mejor no es que este comentario, que, por cierto, me ha hecho llorar de emoción, haya llegado en un momento crucial para la continuidad de la saga a la que pertenece esa primera novela, ni que lo haya visto justo después de esa clase sobre gestión y promoción que me ha reafirmado en la idea de que la autopublicación es mi camino. No, lo mejor es que ha llegado cuando llevaba más de seis meses, y diría que incluso más de un año, sin hacer absolutamente nada promoción del libro, ni de mí misma. Así que sí, este comentario se debe a esa magia que sucede cuando un libro encuentra a su lector, o viceversa, porque el orden de los factores no altera en absoluto el resultado.
Y, ya lo sabemos, no podemos gustar a todos. Nuestras historias nunca encantarán a todo el mundo y hasta habrá quien las odie con fervor. Lo mismo ocurre con nuestra forma de escribir. Y está bien que así sea, siempre que se entienda lo fundamental, que todo libro -toda historia- va dirigida a un tipo de lector y es en él en quien debes centrarte. Descubre a tu lector objetivo y vuélcate en él, dáselo todo, porque, si encuentra tus libros, también ese lector te lo dará todo a ti. Es como una gran historia de amor a través de las páginas.





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