Tendría que estar escribiendo un texto de unas ochocientas palabras que causara extrañamiento a través de la aparición reiterada de un objeto cotidiano. Y no es que la idea de la actividad no me guste, es que no consigo centrarme del todo y no sé muy bien por qué, así que he decidido pasarme por aquí, a ver si escribiendo una entrada de blog las ideas se desatacas y todo fluye mejor.
Tengo dos teorías sobre esto de la fluidez. La primera, que seguramente va muy encaminada, es que la presión por falta de tiempo es indudablemente beneficiosa porque no te permite juzgar lo que estás haciendo. Tienes que escribir 800 palabras sobre lo que sea y las escribes. Una vez terminado el texto lo revisas, ajustas la extensión y pules los errores y lo entregas. Listo. Cuando hay tiempo, entonces puedes dejar que aparezca el juez (el editor, el crítico destructor, el pensador, llámalo como quieras) y la cosa se alarga.
Por ejemplo, tengo al menos cinco ideas para ese texto de ochocientas palabritas. Ninguna me parece lo suficientemente buena -ya empezamos mal-, me pongo frente a la hoja en blanco y dudo sobre si primera persona o segunda, en presente o en pasado, con diálogo o sin diálogo… No, así no estoy generando suspense. No, esto no despierta inseguridad, ni ansiedad, ni pasmo. No, hay demasiados adjetivos, muestra más, cuenta menos. No, no, no, nada de este texto vale.
La segunda teoría sobre la fluidez en la creación de historias es que, quizás, hay que admitir que se escribe desde una parte de la mente que no es racional -que, quizás, ni siquiera es mente-. Escribir requiere de un gran sacrificio por parte del autor y la ofrenda ceremonial es el ego, al que debe renunciar para que la historia fluya. Es un inmenso ejercicio de humildad frente a la Inspiración -¿las musas? ¿los dioses? ¿el alma? ¿el todo?-. Por eso me hace tanta rabia cuando hablan del ego de los escritores. ¿Cómo no vamos a ser ególatras cuando no estamos escribiendo? Hay que compensar, de algún modo, la muerte ritual del yo en el altar del papel en blanco.
Aunque, por supuesto, es posible que todo esto no sean sino chorradas mías, de esas que tecleo compulsivamente cuando me da demasiada pereza ponerme a escribir lo que en realidad tengo que escribir. Así que…
Érase una vez un teclado blanco, impoluto, que esperaba con ansia el roce los gentiles dedos que sobre él tecleaban a diario. Cada pulsación era un beso, piel con tecla, labio con diente…





Replica a Leandro Coca Cancelar la respuesta