Estoy explorando una nueva plataforma de publicación por capítulos. Bueno, nueva, al menos, para mí, porque ya hace bastante tiempo que existe y tiene un buen número de usuarios. Se trata de Inkspired. Y, bien, las primeras sensaciones no son malas, aunque llevo muy poquito tiempo jugando con la herramienta para poder hacer un análisis profundo.
Lo cierto es que siempre me ha gustado lo de compartir las historias mientras las voy escribiendo, por más contrario que eso sea a la estrategia editorial actual y por más puertas que me cierre, por aquello de que ningún sello editorial que se precie quiere ningún trabajo que se haya publicado previamente en ese formato o cualquier otro que suene autopublicación -ya sabéis, a día de hoy se mantiene el prejuicio de que autopublicar es sinónimo de falta de calidad-. Aunque, en fin, tampoco es que en esta ocasión esté publicando nada que no haya estado publicado anteriormente ya en distintas plataformas, así que, al menos en este sentido, la aventura no debería cerrarme demasiadas puertas. O no más de las habituales.
En estos días le estoy dando muchas vueltas a la cuestión de la publicación y los canales más adecuados para mí. Vale, no, no lo estoy diciendo bien. A lo que realmente me refiero es a que tengo cierta sensación de estar al filo del precipicio, sea porque vivimos tiempos convulsos -que los vivimos-, sea porque de alguna manera estoy cerrando una etapa. Y, ante este panorama, la cuestión que se me presenta es muy sencilla: ¿por qué escribo? O, si se quiere, ¿para qué?
A estas alturas de la jugada -y con lo que me ha costado tener una carrera laboral decente- decir que escribo porque quiero que ese sea mi trabajo es una mentira barata. Yo ya tengo un trabajo y me encanta, aunque, como todo empleo, tiene esas partes incómodas que no se disfrutan tanto -o que incluso se odian profundamente-. Pero eso es lo que se espera de un trabajo ¿no? Es más, poder decir que tu trabajo te gusta, a pesar de esas partes más tediosas, es un verdadero lujo. Por lo tanto, soy afortunada, lo sé, y no quiero cambiar esa suerte. En cualquier caso, lo que seguro que no quiero es que mi pasión y verdadera esencia -porque eso es lo que es la escritura para mí- se contamine con nada parecido a esa parte más molesta que tienen todos los trabajos. Creedme, ya estuve ahí y no quiero volver a ese lugar.
Entonces, qué demonios es lo que quiero de la escritura. Sencillo, quiero disfrutarlo. Deseo gozar al máximo. Volar. Porque, lo juro, cuando escribo, vuelo. Y no quiero que ninguna mínima mierda material, práctica o lo que sea, contamine mi experiencia -para eso, ya lo he dicho, ya está el trabajo-. Además, lo he comprobado, las alas que proporciona la escritura son sutiles membranas de fina fibra hecha de pura fantasía; por lo que cualquier peso extra, por sutil que sea, puede quebrarlas y hacer que te estampes contra el suelo. Creedme, también he estado ahí y a esa experiencia, que me tuvo una década en tierra e incapaz de volver a remontar el vuelo, se deben todas estas cicatrices que, si miráis bien, pueden verse fácilmente en mis letras -igual que en mi cuerpo… Mejor no mencionemos las alas, recién remendadas-.
En este contexto, la escritura debe permanecer pura y al margen de la llamada «industria» editorial. Es que ya solo el nombre me lleva a Insengard y me imagino a Saruman plantándome su blanca manaza en toda la cara. Quita, quita, que van todos de magos e iluminados, pero por dentro están más podridos que Sauron.
¿Entonces, qué? ¿Es Kindle la solución? Hubo un momento en que pensé que podría serlo, pero, qué va, es la misma Industria comiéndoselo todo, en un formato o en otro -no es mi campo, pero, es tan parecido a lo que ha pasado con Spotify…- ¿Wattpad, pues? ¿Esos nuevos de Inkspired? ¿Cualquier otro?
Bufff. Y si os digo que no tengo respuesta. Es decir, si eres chiquitín e independiente, como una servidora, hay que asumir que siempre dependerás de alguien. Hasta para hacer este blog dependo de WordPress. Y si mañana aprendiera a programar o hacer diseño web, dependería de quien me alojara y nunca se acaba la cadena de diminutas dependencias. Lo mismo es si uno opta por una newsletter, un podcast, un blog, una web, un libro por entregas… Siempre tendrás que alojar tu contenido en algún lugar. Todo eso por no hablar de la visibilidad. Para conseguirla, además, necesitarás recurrir a redes sociales e, incluso, puede que a publicidad. ¡Si hasta para el micromecenazgo acabamos recurriendo a plataformas de terceros! Al final serás una pequeña pieza en un enorme engranaje lo pongas como lo pongas.
¿Entonces, qué, volvemos a Saruman y su mano blanca en todo el careto, achantamos y jugamos al juego de las editoriales? Es lícito para el que lo desee, por supuesto, pero ya os he dicho que lo mío es el goce y, últimamente, lo veo así: Si lo que me hace feliz es escribir y compartir lo que escribo con quien quiera leerlo, puedo ir escribiendo y compartiendo ya -así, sin anestesia-, o puedo escribir sin compartir, corregir sin compartir y, cuando esté listo, jugar al juego de las editoriales, para, muy probablemente compartir -previo pago- sin escribir.
¿Pero, y si sencillamente me levanto por las mañanas y escribo? ¿Y si simplemente publico lo que escribo? Poco importa si lo hago en un blog, en una red tipo Inkspired o Wattpad o la que sea, mientras pueda ir haciéndolo día a día desde el más absoluto goce y placer. ¿Para qué demonios voy a esperar a que llegue la felicidad después de haber cumplido un montón de requisitos que parecen no acabar nunca cuando puedo saborearla directamente ahora, sorbito a sorbito? ¿Y si estalla la maldita III Guerra Mundial y yo he estado perdiendo el tiempo para publicar con editorial en un mundo en el que ya nada de eso tendrá la misma cabida que ahora? ¿No será mejor gozar del presente, venga como venga?
Pues, eso, a ser felices hoy y mañana, ya veremos.





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