Soñar a lo grande

(Para que el alma se estire)


Hay una cosa que siempre suele funcionarme cuando estoy de bajón y es hacer listas.

Sí, lo sé, suena un poco extraño, pero funciona.

Cuando llevo varios días en el lado oscuro, unas veces sin que me dé cuenta, otras para tratar de forzar la salida del hoyo, empiezo a hacer listas. Enumero cosas que me hacen sentir bien, cosas que tengo, otras que quiero, las que me faltan…

Y, sí, también enumero formas de salir del lugar oscuro en el que me encuentro.

No sé muy bien cuándo comencé a hacer esto, pero llevo años acumulando listas y listas y listas y listas. Y lo cierto es que funciona.

Funciona tan bien que, a menudo, intento aplicar eso de hacer listas en los momentos en los que estoy bien. Pero, por algún motivo, cuando soy una persona medianamente funcional y con un estado de ánimo estándar, las listas no solo no hacen efecto sino que, sin darme cuenta, dejo de hacerlas. Estoy segura de que algún psicólogo podría encontrar una explicación a esto.

El caso es que, en vista de los días de bajón que llevo a las espaldas, como podréis imaginar, he empezado a acumular largas listas y enumeraciones -algunas más útiles que otras, no nos vamos a engañar- e, incluso, me ha dado tiempo a empezar a repasarlas.

Y he encontrado un patrón.

Resulta que, en mis listas de lo que quiero, no anoto cosas como «quiero ser una escritora superventas», qué va, me quedo en «quiero escribir otro libro». O, en lugar de «quiero una casa grande, en propiedad, con terraza y jardín» apunto «quiero reformar mi piso». Otro ejemplo: no digo «quiero un millón de euros», escribo «quiero mil euros extra para las vacaciones».

Bien, alguien puede pensar que no hay nada de malo en esas afirmaciones, que soy realista, que me ajusto a las circunstancias y sueño en la medida de mis posibilidades.

Es posible. Seguramente, empecé a formular mis deseos así con ánimo realista. Pero estamos hablando de deseos, de propósitos, de sueños, de ilusiones… ¡Estamos hablando de escribir listas infinitas sobre un papel! ¿Qué demonios pinta ahí el realismo?

Os diré cómo lo veo hoy: Tengo puesto un maldito limitador en mis sueños. Y eso es grave.

¿Cómo no voy a perder la alegría de vivir, las ganas, si una parte de mi mente está convencida de que hay un límite en lo que puede lograr?

Y, claro, por supuesto que hay un límite, la realidad suele ser ese límite; y está bien que así sea, pero no en los malditos sueños.

Tengo derecho a soñar con una casa grande con terrazas y jardines, a fantasear con vivir de escribir, a alucinar con mi cuenta corriente llena de euros. ¡Tengo derecho a soñar a lo grande! ¡Todos lo tenemos!

Imagino que ese limitador que tengo instalado en mi capacidad de soñar es producto de todas las veces que he soñado alto, muy alto, y sin red, y me he caído. Supongo que es fruto del dolor y del miedo a volver a sentirlo.

Pero, maldita sea, el miedo a volver a sufrir por intentar vivir a lo grande está provocando que sufra sin atreverme a vivir siquiera.

Y eso sí que no voy a consentirlo.

Así que ahí va una declaración de intenciones:

A partir de hoy, me esforzaré en crear sueños locos, enormes, grandilocuentes. Daré lo mejor de mí para imaginarlos y sostenerlos y lucharé con todas mis fuerzas cada día por conseguirlos. Si tropiezo y caigo, me levantaré y soñaré a lo grande de nuevo y trabajaré para hacer realidad mi sueño. Y si vuelvo a caer, me volveré a levantar, y a soñar, tantas veces como sea necesario.

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