Hay días en los que lo mandaría todo a la mierda. Días en los que estoy convencida de que nada vale la pena, que esto de escribir no es más que una pérdida de tiempo, una estupidez que me despista y hace que descuide las cosas verdaderamente importantes. Días en los que, además, siento con todo mi ser que mis historias no valen la pena, que nada de lo que hago está bien, que nunca jamás nada de esto llegará a nadie, que nunca conmoverá a nadie.
Hoy es uno de esos días.
Hoy borraría la página web de Atiskaya. Sí, la que estoy creando con tanto esfuerzo a base de robarle horas al tiempo que no tengo. Hoy, si por mí fuera, cerraría este blog, retiraría mis libros de Amazon, cerraría mis cuentas en redes sociales. Hoy, sin dudar, dejaría todas estas estupideces y me centraría en algo serio, en algo importante, ya fuera otro máster, un doctorado, otro grado o, incluso, sacarme una nueva especialidad.
Seguramente, yo tendría que dedicarme a leer y a estudiar, no a escribir. ¿Qué sentido tiene que alguien como yo quiera escribir? ¿Qué voy a contar? ¿Qué tengo yo que decir? Eso por no hablar de la edad… Que una ya no es una niña… Que ya no estoy para tonterías.
En un día como hoy cerré aquel primer blog de escritora, el que tantos seguidores había llegado a tener.
Y en otro de estos días retiré Atiskaya —que antes se llamaba Ladrones de Almas— de Wattpad, de Amazon, de Binibook… Perdí todos los comentarios… Borré la web…
En otro igual borré mis redes sociales, aunque había conseguido reunir una bonita comunidad.
En otro, simplemente, me borré a mí misma, sin saber siquiera que lo hacía, y tardé más de tres años en darme cuenta de lo que había pasado, otros tantos en recordar quién soy y, solo ahora, estoy empezando a volver. A recuperarme.
Claro que, durante todo este tiempo, nada ha sido tan lineal: ni la caída ni la recuperación. Al revés, caí a trompicones, con momentos de aparente recuperación, otros de estancamiento y, por supuesto, otros de debacle. Lo mismo ha sucedido con la recuperación: no ha sido ni de lejos constantemente ascendente, sino que ha habido momentos de parón, otros de retroceso y, sí, otros de ascenso.
Toda esta montaña rusa me ha servido, al menos, para aprender a reconocer estos días de ánimo destructivo y, sencillamente, obligarme a observar si actuar con la esperanza de que el momento oscuro pase y lo sustituya otro más luminoso; aunque, a veces, los nubarrones son demasiado espesos —o la noche demasiado oscura— y la luz parece incapaz de volver a alcanzarme.
Esperemos que, esta vez, sea solo un nubarrón primaveral y que algún golpe de viento se lo lleve lejos para que el sol pueda volver a brillar. Mientras, quieta y sin mover ni un dedo, sencillamente, espero. A veces basta con que una sola vela no se apague.





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