Manual imprefecto nº3: El rito de escribir

Tengo un documento de Scrivener en el que he ido anotando trucos y técnicas que he usado para no rendirme en esto de la escritura, para llamar a la inspiración, para recordarme que la promoción forma parte de la aventura, o para aprender a recibir y sobrevivir a críticas negativas, a veces incluso injustas y despiadadas.

Empecé ese recopilatorio con toda la intención de, algún día, compartirlo, en un blog, en libro o formato audiovisual. Pero siempre, siempre, la intención ha sido compartirlo. Y, a pesar de eso, ahora me da vergüenza hacerlo.

El poder de la palabra

Me explico. Mis trucos y técnicas no son, ni de lejos, científicos. Eso, creo, estaba claro desde un principio. Pero es que tampoco son… cómo lo diría… usuales. Es más, son, con toda seguridad, raritos y hasta supersticiosos, en extremo.

Y yo me puedo repetir a mí misma que nuestra psique funciona a base de símbolos y no de lenguaje racional y que por eso, a veces, los trucos que mejor funcionan son los aparentemente más raros y extravagantes, como, yo qué sé, el «traje de escritora» de Jo March en Mujercitas.

Por supuesto, no hay atuendo especial ni objeto mágico que te haga escribir cuando vives un bloqueo —creedme, eso lo sé por experiencia—. Y tampoco nada de eso hará que escribas mejor, ni que vendas más o te contacten las editoriales, si es que ese camino es el que deseas. No, para nada de eso hay atajos.

Pero la escritura, mis queridos compañeros de viaje, es magia que trabaja con la substancia —sí, escrito así, con b— más poderosa existente: la palabra. Y si no me creéis, acudid a la Biblia, los Vedas, Heráclito…

La magia, históricamente, siempre ha estado relacionada con la palabra. Y, sin negar otras formas más abstractas recogidas en fuentes antiguas y modernas, es innegable que la palabra, que no deja de ser nuestra herramienta de trabajo, siempre se ha considerado importante y poderosa. No en vano, en ella, hablada o escrita, viaja la memoria de los pueblos. Pero también en ella están los ladrillos que servirán para edificar el constructo que es la identidad de esos mismos pueblos.

En definitiva, sin palabras, no somos nada.

La escritura como ritual

Si atendemos, pues, a lo poderosa que es la materia prima con la que trabajamos, y el valor mágico —sí, mágico— que tradicionalmente se le ha reconocido, no es de extrañar que su uso pueda requerir de ciertos gestos y costumbres habituales en el contexto de su uso, que comúnmente puede llegar a denominarse ritual.

¿O acaso no se viste con ropas especiales un sacerdote solo para repetir palabras que fueron escritas por otros? ¿No hace lo mismo un juez, cuando usa las palabras que recogen las normas y leyes de un estado para condenar o no a alguien? ¿Y no tienen los doctores y profesores sus propios bártulos especiales, aunque los usen solo con motivos ceremoniales? ¿Qué no deberemos hacer nosotros cuando no solo repetimos, usamos o enseñamos gracias a esa poderosa substancia, sino que, con ella, creamos historias antes inexistentes?

Es sumamente lógico, desde mi punto de vista, que el oficio de escribir, en tanto que de manipulador de la palabra, pero, sobre todo, como generador de mundos y realidades gracias a ella, requiera de, por ejemplo, ropajes especiales, como los de la mencionada Jo. O de espacios específicos, como el despacho de Stephen King. Aunque, sobre todo, de lo que requiere, y eso no es negociable, es de un estado mental concreto, y me atrevería a decir, también, de uno físico concreto.

Cuando escribes, no estás aquí. Tu cuerpo sí, pero tu mente —¿tu alma?— está en otro lado.

No son pocos los que no son conscientes de que, al escribir, cambian de ese estado de alerta normal, a ese otro, abstraído, o, incluso, extático. Pero que no lo percibas, no implica que no ocurra. Créeme, los que te rodean, si te han visto escribir sí lo han percibido. Y, déjame decírtelo claro, cuando escribes, no estás aquí. Puede que tu cuerpo sí, pero tu mente —¿tu alma?— está en otro lado. La mejor manera de explicártelo que se me ocurre es con la película Soul, de Pixar. Ya tiene su tiempo, así que, si no la has visto, y quieres entender de qué te hablo en esta entrada, apúntatela para el fin de semana.

Así que, bueno, toda esta reflexión es para decirte que mi truco de hoy consiste en, ni más ni menos, que eso: honrar a la palabra y el uso que como autores hacemos de ella de tal forma que reconozcas que, al escribir estás trabajando con la más poderosa y primordial de las substancias.

Y ahí ya, cada cuál puede tener su particular forma de hacerlo. Puede consistir en ponerte un «traje de escritora», como Jo; o reservar cuidadosamente una hora para escribir, como Miércoles Adams; o puede consistir en encender una vela junto a tu ordenador, o hacerlo en una cafetería mientras te tomas una buena taza de café. Quizás quieras tener una playlist específica para la escritura o puede que necesites el más absoluto de los silencios.

No importa la forma en la que lo hagas, todas son correctas. Todas son válidas. Todas son perfectas. Lo importante, creo, es ser consciente de lo especial de ese acto tan normal, que es escribir, y, si se quiere, de lo sagrado que hay en el mismo.

Sobre todo, esto es importante si estás atravesando un bloqueo, un atasco creativo.

En primer lugar, comprende y reconoce que el material que estás utilizando es delicado y hasta peligroso. No importa que en nuestro mundo, tan material y lógico, lo hayamos mundanizado y frivolizado. Y, recuerda, trabajas con la substancia más poderosa que existe. No se trata de una operación fácil, sencilla ni apta para todos, te digan lo que te digan.

Después, procede establecer una rutina —un ritual cuidado—, que a ti te guste y te sirva, que, por un lado, se aproxime de forma respetuosa a la palabra y a la creación de historias y, por otro, te recuerde que, seas consciente tú de ello o no, durante el trabajo con tan delicado material, tu estado mental y físico cambian.

Mi forma de prepararme para escribir

Si me preguntas por mi ritual particular, pasa por ponerme unos vaqueros cómodos y blanditos —muy viejos— que tengo por ahí. Sí, son mis vaqueros de escribir. En invierno van con una camisa a cuadros y un jersey, en otoño y primavera, con una camiseta negra y una camisa a cuadros encima a modo de chaqueta, si es necesario. Esto es imprescindible, excepto en verano, cuando cualquier cosa fresca vale. Después, me preparo un café con leche en mi taza —adivinaste, es mi taza de escribir— enciendo una vela, pongo la música de la historia en la que estoy trabajando, abro el documento… y escribo. Al terminar, agradezco, cierro el documento y apago música y la vela.

Hay quienes repiten los primeros versos de la Ilíada para encomendarse a las musas, otros usan otras fórmulas y objetos. Y sí, hay quienes escriben sin necesidad de nada de todo eso. Y bien por ellos. Pero esto no va para el que escribe sin problemas, sino para quienes, en algún momento, sintieron que se había cerrado lo que fuera que antes les permitía escribir.

Símbolos y subconsciente

En resumen, de lo que se trata es de recordar que nuestra mente subconsciente es simbólica y funciona a través de símbolos y estructuras más o menos fijas. El uso de la palabra, por tradición, es un acto trascendente, aunque nosotros creamos que esa tradición no nos afecta, nuestro subconsciente no suele opinar igual. Incorporar esos símbolos y gestos nos ayuda a entrar en ese espacio trascendente, en especial cuando a nuestra mente no consciente, por lo que sea, le ha dado por impedirnos el acceso. Es más, si preferís pensar que esto es una mera herramienta que facilita el foco y la concentración, adelante.

Lo importante aquí no es tanto entender racionalmente qué estamos haciendo sino comprender que la mente que escribe no es la lógica ni la racional, no es la consciente, sino esa otra, tan amiga de los símbolos y los ritos. Si es necesario hablar en su idioma para saltar las barreras que nos mantienen fuera de ese espacio sagrado que es el hecho de crear y escribir, pues bien vale la pena, creo, hacerlo, implique eso usar un traje de escribir, una taza especial, una vela, o lo que sea.

Si lo ponéis a prueba, contadme vuestra experiencia. Me encantará leerla. Si tenéis problemas de bloqueo para escribir y ni con este truco os funciona, contádmelo también, a ver si podemos adaptar la técnica para que os sirva. En cualquier caso, ánimo con esas historias, pues, al fin y al cabo, no es cualquiera el que trabaja con la substancia más mágica que existe.

PS: Ahora que ya lo he puesto por escrito, a pesar de lo largo que queda y de lo extraño que suena, comprendo que no importa lo raros que sean esos trucos míos para escritoras en apuros. Si pueden ayudar a alguien, por poco que sea, tengo que compartirlos,

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Comentarios

2 respuestas a «Manual imprefecto nº3: El rito de escribir»

  1. Avatar de un plan infinito

    Tener una rutina debe de ser maravilloso… Yo soy un auténtico desastre! Y así me va!

    A mí me viene la inspiración cuando voy conduciendo, estoy en el súper o salgo a caminar… A veces se me ocurren frases, principios de textos o ideas que pienso que son fantásticas!! Y aún más fantásticas me parecen luego; cuando descubro que las he olvidado! Algunas veces me doy prisa y me hago un audio con la frase o a idea que guardo en un grupo que creó un compañero de clase ya hará casi diez años, era para un curso de italiano, pero acabado el curso, se fueron todos del grupo menos yo…y ahora se ha convertido en mi cajón desastre! Ahí guardo tantas cosas que nunca sé ni que hay… Tengo la total seguridad de que mientras siga este caos y no me haga ordenada y formal , estoy condenada al desastre…Pero no hay manera!

    Así que leer tus rutinas me ha encantado! Creo que hasta em ha inspirado!! 😉 Siempre he admirado a la gente de vida ordenada! 🙂

    Graciasss y un saludo!

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    1. Avatar de Carmen

      ¡Cuánto me alegra que te haya gustado la entrada! Y más todavía si de alguna manera te ha inspirado 😍

      La verdad es que mis rutinas de escritura tienen más de superstición que de organización y, más que al orden, se deben a una sequía creativa de años de la que ahora empiezo a recuperarme.

      Como a ti, las ideas se me ocurren en los momentos más insospechados y tengo que anotarlas a toda prisa donde pillo (yo tengo un grupo de Telegram conmigo misma dedicado solo a eso 🤭). Y estoy convencida de que ese caos es necesario para la creatividad. Al menos, para esa fase de tener ideas… Mi problema empezaba (y, a veces sigue empezando), después, en el momento de convertir esas ideas en historias. Y ahí es donde ese ritual mío (o rutina supersticiosa…) me ayuda muchísimo.

      Sea como sea, no creo que haya un método perfecto que encaje para todos, sino que cada uno, a través de la experiencia, va dando con su propia fórmula. El truco, creo, consiste en ir probando hasta que, como buenos alquimistas, damos con la mezcla ideal de caos y rutina para convertir el plomo en oro 😉.

      Muchísimas gracias por comentar y compartir tu experiencia. ¡Me ha encantado leerla!

      Un abrazo,

      Carmen

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