💫 Si aún no has leído la parte anterior, puedes hacerlo aquí: El tirón invisible.
Erion la miraba fijamente con esos raros ojos oscuros suyos. Las pequeñas lucecitas de su interior parecían temblar levemente y, por un instante, Amanda estuvo convencida de que él sentía su culpabilidad. Aunque era del todo imposible que esa absurda idea fuera cierta, ni Erion podía saber qué sentía ella ni había manera de que ella fuera la culpable de que él estuviera allí ahora, por más que hubiera deseado tener un amigo con todas sus fuerzas, por más que solo algunos minutos atrás hubiera suplicado encontrarse con alguien que la entendiera. ¿Cómo podrían los ridículos sueños de alguien como ella hacerse realidad tan rápido y con tales consecuencias? Por supuesto que ella creía en la magia, sí, pero por propia experiencia sabía que incluso las cosas más mágicas tardaban su tiempo y, sobre todo, siempre había una justificación tras ellas. Nada pasaba porque sí, mucho menos porque ella se sintiera sola, perdida y abandonada. Era del todo ridículo e imposible.
Quiso deshacerse del sentimiento de culpa y lo consiguió. Erion no estaba allí por ella, de ninguna manera, a pesar de que le hubiera encantado que así fuera, aunque eso la convirtiera inmediatamente en la peor persona de aquel aburrido mundo suyo que tenía una única luna. Y desapareció la culpa, sí, pero, al mismo tiempo, regresó la pena. Ella estaba sola, siempre lo había estado, y así seguiría. Aunque, de cualquier manera, eso no importaba ahora, porque Erion también estaba solo y, peor aún, lejos de su casa y sin saber cómo regresar. Era posible que ella deseara cosas dignas del peor ser humano del mundo, como que Erion fuera ese ser que buscaba y que sí la comprendiera, que estuviera allí por ella, pero de ningún modo iba a permitir que esos deseos la convirtieran en esa persona odiosa que no quería ser de ninguna manera. Le ayudaría a volver. No sabía cómo, de hecho, no tenía ni idea, pero de cualquier manera no dejaría que su nuevo amigo se enfrentara solo a esa situación, ni mucho menos que se quedara encerrado contra su voluntad en un aburrido mundo con una única luna.
La luz en el interior de los ojos de Erion brilló por un instante con más intensidad justo antes de oscurecerse y hacerse más pequeña, transformándose en una pequeña chispa apenas perceptible.
—¿Por qué te sientes tan sola? —preguntó Erion, incorporándose y acercándose a ella más de lo que lo había hecho hasta el momento—. ¿Por qué crees que nadie te entiende?
Los ojos de Amanda se abrieron como platos al escuchar la voz de Erion y encontrarlo tan cerca de ella. Él se había acuclillado junto a su cama y había apoyado ambos brazos cruzados sobre el colchón, muy cerca de ella. Su rostro, fijo en el de ella, y los ojos, con las diminutas chispas en las que se había convertido la luz de su interior, posados con curiosidad en los de ella. ¿Realmente era posible que él pudiera saber lo que sentía? Vio a Erion asentir despacio y en silencio, y no tuvo más dudas. Para su amigo no podría haber secretos, y eso, en lugar de asustarla, la reconfortó y llenó de confianza. Siempre había querido tener a alguien a quien pudiera contarle todo lo que sentía, todo lo que pensaba. Bueno, quizás con Erion el trámite de contar no hiciera falta, pero, a todos los efectos, daba igual, Amanda estaba feliz por su nueva amistad.
—Sí hace falta —susurró Erion y ella creyó adivinar en su extraño rostro una sonrisa—. No es que pueda leerte la mente, ¿sabes?
—Pues ahora parece que lo haces —susurró ella con cierta timidez y vio que la cola de Erion se movía inquieta antes de acomodarse en una nueva postura mientras él negaba con la cabeza.
—No, no puedo hacerlo —explicó—. Es algo más sutil, no hay pensamientos, ni palabras, ni emociones, solo sensaciones. Se trata de saber leerlas.
—¿Leer mis emociones? —preguntó, y Erion hizo un sonido extraño y agudo, agradable y musical, que ella pensó que podía ser fácilmente una risa.
—No, las tuyas no, las mías.
—No lo entiendo —confesó Amanda.
—Normal, eres humana —dijo Erion con rotundidad, como para resaltar un obviedad, y Amanda se extrañó por la contundencia de su respuesta—. Dice mi pueblo, bueno, las leyendas sobre vosotros, que perdisteis la capacidad de sentir y de comunicaros con la naturaleza. Dejasteis de entender al resto de seres, el mundo y, finalmente, a vosotros mismos. Os volvisteis violentos y peligrosos, todos los seres os temían, hasta que, sin más, un día desaparecisteis.
—¿Desaparecimos? —Erion asintió—. Pero si estamos aquí.¿Cómo podemos haber desaparecido?
—No lo sé —contestó Erion—. Pero tampoco sé dónde estamos, ni conozco este lugar. No creo haber oído hablar nunca de un sitio como este —dijo, mientras se volvía para mirar a su alrededor y examinar el dormitorio de Amanda—, aunque no me extraña que te sientas tan sola estando encerrada en este sitio tan frío y sin vida.
—No estoy encerrada, esta es mi habitación, aquí es donde duermo —explicó ella, un poco ofendida, porque siempre había pensado que su dormitorio era muy bonito y acogedor.
—¿Sola?
—Sí, claro… —contestó—. ¿Con quién quieres que duerma?
Erion se encogió de hombros y esa fue su única respuesta. Se quedó muy quieto, mirándola, con esas dos pequeñas chispas del interior de sus ojos muy fijas en ella, y Amanda pensó que esperaba la respuesta a la pregunta que antes le había hecho.
—Me siento sola porque nadie me entiende, y nadie me entiende porque dicen que todas las cosas que me gustan son tonterías y cosas de niñas, que tengo que crecer de una vez —explicó, hablando de carrerilla.
—¿Y qué cosas te gustan?
—Los gatos —contestó, rotunda, y después pensó que, en realidad, los gatos no suponían ningún problema—. Bueno, me gustan los gatos y todos los animales, pero los gatos especialmente. Ellos sí me entienden —suspiró—. Me gustan los cuentos y las leyendas, me gustan las historias de la antigüedad y los dragones, aunque odio a las princesas, bueno, no a todas, solo a un tipo de princesas en especial, las que siempre necesitan que las salven. Me gusta estar sola e imaginar historias, jugar y perder el tiempo con tonterías, dicen ellos, aunque también me gusta contarles mis historias, pero nunca las quieren escuchar.
—No veo qué tienen de malo tus gustos —dijo Erion muy bajito, mientras se acomodaba en su postura, encaramándose un poco más sobre la cama, y Amanda se encogió de hombros, enfurruñada.
—Yo tampoco —dijo, al fin—. Antes a ellos también les gustaban, pero dicen que ahora soy demasiado mayor para esas tonterías, que tengo que ocuparme de cosas más importantes. Más serias. Mucho más aburridas.
—¿Cuántos años tienes?
—Quince —respondió Amanda, dejando caer avergonzada la cabeza, y escuchó,de nuevo, aquel agudo sonido musical, y ya no tuvo dudas de que era una risa.
—¿Quince? —dijo Erion, casi sin poder hablar mientras reía, y ella asintió, devolviéndole la atención—. ¡Pero si eres un bebé!
—¿Cuántos años tienes tú? —preguntó Amanda, que había pensado que él no podía ser mucho más mayor.
—Quinientos ochenta.
🌙 Lee la última parte: Cuando los mundos se tocan





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