Se prepara tormenta.
Desde la ventana se ve el cielo negrísimo. Tanto, que parecen las seis de la tarde, aunque son poco más de las once y media de la mañana.
Pero es el movimiento de las ramas del olmo, mecidas por un aire que nada tiene de tranquila brisa, lo que delata el cambio de tiempo.
Eso y el silencio de los pájaros.
Ese olmo y yo somos viejos amigos. Nos conocemos desde que lo sembraron, jovencito, durante la construcción del edificio en el que vivo. Pegó el estirón en aquellos dos años de obra —aunque yo entonces no me di cuenta, quizás porque procuraba pasar cada día por delante de la finca, a ver cómo avanzaba el proceso.
Pero cuando, después de lo que a mí me pareció una eternidad, nos entregaron la casa, ya era un señor olmo hecho y derecho, y casi ni rastro quedaba del arbolito que un día había sido.
Supongo que igual que nosotros, que en esos años pasamos de poco más que chiquillos jugando a quererse a jóvenes llenos de obligaciones de adultos.
La vida adulta trajo consigo muchos dolores de cabeza. Demasiados. Sueños rotos. Renuncias. Olvidos. Reencuentros.
Pero seguimos aquí. Como el olmo. Azotados de tanto en tanto por el viento, abrasados por el sol, alguna que otra vez helados y hasta cubiertos de escarcha, y remojados por esa lluvia revitalizante, suave pero nutriente, mucho menos habitualmente de lo que nos gustaría.
Me encanta observar el árbol desde la ventana. A veces, mientras escribo, me pierdo en el bamboleo de sus hojas y en sus juegos de luces y sombras. Me quedo embobada mirándolo hasta que, de improviso, me encuentra la palabra que había perdido y que yo ni siquiera sabía que buscaba.
En justicia, debería incluirlo como coautor de mis obras. Tan suya es la inspiración que hay en ellas como mía.
Aunque es posible que él no quisiera. Es un árbol, un ser mucho más libre que cualquiera de nosotros, por más que lo veamos tan firmemente aferrado a la tierra. No me imagino a árbol ni planta alguna añorando algo tan banal, tan egoico, como querer ser reconocidos por la autoría de nada. De lo contrario, podrían reclamarnos tantas cosas de este mundo que damos por hechas y entendemos como nuestras.
Ya llueve.
Con fuerza.
Y truena.
Me gusta escribir cuando la meteorología hace de banda sonora.
Me encanta.
Pero aquí llueve con esta intensidad en tan pocas ocasiones que prefiero disfrutar de la tormenta.
Feliz domingo, de parte de mi olmo y de una servidora.





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