Estaba pensando en la posibilidad de que este mundo no fuera para mí. O, para ser más exactos, que yo no estuviera hecha para este mundo.
Y lo pensaba en serio.
No tanto como para hacer una estupidez, pero sí como para bajar los brazos y dejar de luchar.
Pero creo que hay un error de planteamiento en esa idea. Aquí la cuestión no es el mundo, ni este ni otro. Tampoco su funcionamiento. El asunto, el crucial, el urgente, es la forma de habitarlo.
Así que voy a reformular la cuestión: Creo que no estoy habitando este mundo, que me ha tocado vivir, de la mejor forma para mí.
Claro que este enfoque es problemático porque, al contrario que la primera formulación, que carga la culpa sobre la realidad, esta me entrega a mí la responsabilidad. No la de la naturaleza y funcionamiento del mundo, por supuesto, pero sí la que me atañe a mí —que, por otro lado, siempre ha sido mía—, de estar aquí con coherencia, de vivirme, expresarme y habitarme desde el sentido.
Y es en este punto, en el que descubres —o decides, porque en el fondo siempre lo has sabido— que no lleva a nada buscar fuera soluciones a circunstancias que, en realidad, son internas —medulares—, cuando surge la pregunta de qué quieres realmente y, más importante todavía, para qué.
Es un momento bonito y duro a partes iguales. Muchas de las motivaciones que te han traído hasta aquí se descubren absurdas, vacías, ridículas. Otras son, sencilla y llanamente, ajenas. Muchas pertenecen a la sociedad y el momento que nos ha tocado vivir. Otras a mentiras que nos hemos repetido a lo largo de los años hasta convencernos de que realmente eran verdad.
Para qué. Esa era la pregunta importante. Qué curioso. Llevo años haciéndomela, pero desde un lugar del todo equivocado. Pensaba en para qué escribir, enviar a editoriales, a concursos, publicar… Para qué, me decía, si lo más probable era que no pudiera vivir de ello, que tuviera que compaginarlo con un empleo que me drenaría y que, al final, la suma de ambas actividades, en combinación con mi precaria salud, acabarían conmigo.
Pero ese para qué, tal y como yo lo formulaba, pertenecía a ese mundo en el que siento que no encajo, que no es para mí —que no soy para él—.
Aunque, al final, el problema no era del mundo, sino de mi forma de habitarlo. Y eso transforma la pregunta y, con ella, seguramente la respuesta.
Probemos con este nuevo enfoque. ¿Para qué escribir, concursar, enviar a editoriales, publicar…?
Para empezar, para descargar la mente y el alma y compartir el resultado de esa operación con quien pueda necesitar leerlo. ¿Y si esas letras llegan a alguien que necesita leerlas?¿Y si ofrecen consuelo a una sola persona? ¿Y si alguien se siente identificado y, por ende, menos solo, acompañado, incluso?
Si queremos seguir puedo decir que porque yo no soy nadie para limitar el acceso a los universos que he creado. Es como si el constructor de un parque de atracciones decidiera quedárselo solo para su disfrute. Y, vale, es posible que nadie goce de mis mundos como yo lo hago, que a nadie le gusten más que a mí… Pero ¿y si resulta que sí hay gente que encuentra en ellos entretenimiento, alivio, consuelo, paz…?
Por último, por poner en algún lugar el punto final, diré que hacerlo otorga sentido a mi vida como nada más lo hace. Y solo por eso, y la paz que hallo al hacerlo, ya vale la pena.




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