A veces me despisto. A veces, me olvido de qué quiero y, peor, de por qué. A veces me pierdo y no recuerdo qué hago, de dónde vengo, adónde quería ir… A veces, me olvido hasta de mi nombre.
De pequeña imaginaba la vida como un túnel. Un túnel con ventanas, desde las que entraba luz y color. No sé dónde saqué aquella imagen, pero sí sé que me gustaba, la sentía reconfortante. Aunque el túnel era oscuro y la luz que entraba por aquellas ventanas era lo único que se podía ver. Tanto así, que en ocasiones, me ponía a jugar con los rayos de luz, que rebotaban allí y allá, estallando en mil diminutos rayos de todos los colores. Por supuesto entonces sabía que aquellas luces, aquellos colorines, tan divertidos y juguetones, no eran más que una ilusión. Sabía que lo que yo tenía que hacer era seguir recorriendo el túnel. Y sabía por qué, aunque ahora ese motivo, que de pequeña me resultaba tan claro e incluso acuciante, se me haya olvidado por completo.
La imagen del túnel no me parece tan cálida ahora. Es un túnel oscuro y frío, hecho de negra roca cristalizada. Supongo que de ahí los destellos de luz. Ahora a menudo me molesta tener que recorrer este túnel, quiero rebelarme y salir, o sentarme y quedarme muy quieta en señal de protesta. Pero eso solo ocurre cuando recuerdo que, en realidad, estoy dentro de un maldito túnel, oscuro y frío, hecho de negra roca cristalizada. La mayor parte del tiempo olvido el túnel, me distraigo pensando en qué tipo de material será este del que están hechos suelo, techo y paredes, por qué rebota así aquí la luz, por qué forma millones de colores… Y los miro, los observo jugar, chocando con la roca para variar su trayectoria, multiplicándose o dividiéndose, brillando sin parar. Los sigo, busco su procedencia, encuentro las ventanas, que a veces son poco más que milimétricos agujeros, a veces enormes boquetes en la pared desde los que me puedo asomar. No veo nada, salvo luz y colores. No sé qué hay allí fuera, y aunque sé que saltar por una de aquellas ventanas no es la forma de llegar, las ganas no me faltan.
Ahora, a menudo se me olvida que esto es solo un túnel y creo que los reflejos de color son la única realidad. Me pierdo en su belleza, ambiciono su brillo, me quedo absorta contemplándolos, y dejo de caminar.
Por suerte, o quizás no, siempre hay algo que me espabila, algo que me recuerda que las luces son solo reflejos y nada más. A veces es el tacto de la roca fría, otras que me golpeo contra una pared. Generalmente ocurre que me mareo de tanto en girar persiguiendo los destellos de luz que no puedo atrapar y caigo.
Un túnel, oscuro y frío, nada más…
Entonces me levanto, dejo que mis ojos se acostumbren de nuevo a la oscuridad, que mi mente se olvide de las brillantes luces, y vuelvo a caminar. Despacio, un paso ahora, después otro. Despacio… Lentamente los sentidos se adaptan y se olvidan de la ilusión en la que, seguro, se volverán a perder de nuevo unos metros más allá. Pero en ese momento no importa, porque allí, al fondo, se vislumbra algo… Algo que es real, algo que no es un destello fortuito, ni una ilusión. Algo que se deja de ver tan pronto como lo has atisbado. Algo que prende dentro de mí un calor ardiente, demasiado intenso para durar demasiado, lo suficientemente rotundo para caldear mi cuerpo durante días, semanas, meses, a veces incluso años…
Un túnel, oscuro y frío, que lleva a algún lugar.
Un túnel que, ahora, cuando vuelvo a recordar, parece el mejor lugar del mundo en el que estar. El único camino posible que seguir. La senda de negra obsidiana que me lleva hasta ti.
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Escrito el 18 de octubre de 2014.
Publicado originalmente en Diario de una escritora, uno de mis blogs de otra vida.
Lo he encontrado esta tarde, sin buscarlo, navegando entre ruinas digitales de mala tarde. No lo recordaba. Me he reconocido, no en quien soy ahora, sino en el camino que me ha traído hasta aquí. Me ha parecido razón suficiente para sacarlo del olvido.




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