El blog lleva varios días funcionando en automático y eso se nota. Bueno, lo que quiero decir es que yo lo noto. No escribir es como aguantar la respiración. Puedes estar un tiempo así e, incluso, con práctica y entrenamiento, conseguir apneas cada vez mayores. Pero no es cómodo ni exento de riesgos.
Estos días sin escribir, que me parecen una eternidad aunque han sido solo cinco, me han permitido observarme desde fuera. O, mejor dicho, observar mi escritura. Aunque insisto en aquello de que no sé hasta qué punto ambas cosas son distintas realidades analizables la una sin la otra. De hecho, creo que no lo son en absoluto, pero eso lo dejo para otras entradas.
Este descanso no deseado me ha permitido comprender un par de cosas. Por un lado, en los últimos años detecto en mi escritura cierta necesidad de ser vista. Peor, diría, validada. O, incluso, aceptada. No es una cuestión de querer ser leída o disfrutada. Para nada. Ni siquiera aprobada o ratificada, aunque en algún momento puede haber habido algo de eso. Digamos, dada por buena. Al contrario, es más bien una cuestión de ser consentida. Como si necesitara permiso para escribir. Permiso para ser.
Eso me ha llevado a notar que he estado escribiendo —seguramente lo sigo haciendo en este instante— desde un estado de carencia causado por la necesidad de aval, aprobación y aceptación. De mis letras, sí. Y de mí.
Así, pensar en desde dónde contar una historia o, incluso, en qué historia contar, no era pensar en la historia —ni en mí— sino en ese juez implacable y de criterio desconocido que nunca jamás daba su permiso, su visto bueno, su aceptación.
Al final, ocurre que de tanto querer hacerlo bien en realidad he estado traicionando lo único que jamás debería haber traicionado, a las historias y, por supuesto, a mí misma.
Resulta que he llegado hasta aquí con un montón de experiencia y conocimiento acumulado sobre muchísimas cosas relacionadas con esto de escribir pero con un enorme vacío en lo más importante que es el sujeto que escribe y las historias que lo habitan.
No voy a caer en la afirmación fácil y derrotista de decir que tengo que empezar desde cero, porque es absurda, además de falsa. Todo lo aprendido está aquí y juega a mi favor, aunque ahora mismo me resulte complicadísimo verlo.
Pero sí que me resulta evidente que tengo que iniciar un proceso de búsqueda sincera de voz y de historias que, de una vez por todas, deje de lado todos los complejos y absurdas necesidades de validación exterior.
Un proceso de exploración para que la escritura vuelva a ser solo escritura. Ese momento, más místico que racional, de encuentro entre la historia en cruda y la voz y la forma que exige, sin imposiciones.
Aunque admito que, después de tanto tiempo de usar la teoría como escudo y armadura, no sé si seré capaz de volver a sangrar sobre la página como antes. Pero puede que no se trate de hacerlo cómo antes. Tal vez este camino consista más en combinar todas y cada una de las cosas que he aprendido durante este periplo para encontrar o crear algo nuevo. Un nuevo modo de hacer. Otra forma de estar. Otra manera de ser.




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