Nunca el mismo mar

Silhouetted person watching bioluminescent waves on rocky shore with a vibrant sunset

Normalmente decido sobre qué escribir mientras me tomo el café y miro los periódicos, cuando hago la cama y adecento el dormitorio o ya cuando me visto y me adecento a mí misma para empezar el día sobre todo ahora, que mis mañanas se han convertido en públicas con eso de la escritura en directo, que implica, además, no poder ir con cara de zombi hasta mediodía—.

Pero las ideas no siempre vienen cuando quieren. Ni mucho menos como esperas.

Hoy, sin ir más lejos, mientras hacía la cama, he escrito en mi mente las primeras líneas de una entrada, que, al final, parece que se quedará en nada. O que mutará lo suficiente para transformarse en esta.

Esa entrada trataba sobre el cambio. O, mejor dicho, sobre las épocas de cambio. Y, concretamente, sobre la que estaba convencida de estar atravesando.

Mi entrada mental —o hipotética. Esto es nuevo, así que no sé muy bien qué término corresponde— giraba en torno a la idea de que hay épocas de cambio y hasta había situado en el calendario la mía, con un inicio muy concreto y, ojo, hasta un final previsto. Pues, por lo visto, esa versión mía que escribe mentalmente mientras hace la cama además es, como poco, pitonisa.

Aunque, claro, eso de pensar que hay épocas de cambio implica que debe haber otras de, digamos, estabilidad. O, al menos, de tranquilidad. Y ahí es donde todo el edificio teórico que había armado entre ahuecar almohadas y aventar sábanas se ha derrumbado por completo.

No diré, porque sería salvaje, que no tengo épocas de estabilidad o tranquilidad relativa. Haylas, como las meigas, pero a veces no soy siquiera capaz de identificarlas hasta que han pasado y las he dejado atrás. Muy atrás. Y las añoro, como el niño que en febrero echa de menos el ritmo, la luz y el ajetreo de las tan lejanas vacaciones de verano.

Pero lo cierto es que, si me detengo a observar, ni esas supuestas épocas de calma son tan plácidas como aparentan. Ni el verano era tan genial como se lo pinta al crío su memoria, ni febrero es tan terrible como lo sentimos en plena ola de frío. Sin quitar que cada estación, claro, tenga su peculiaridad, su punto, su gracia.

O, dicho en otras palabras, hasta en el mar más calmado hay corrientes, mareas y hasta marejadas.

Por eso no me sirve de nada coger el calendario, fijar el inicio de esta época de remolinos y vorágines y aventurar, con los dedos cruzados, un supuesto final. Porque sí, puede ser que el oleaje se calme y se intensifique, según la época, pero la mar siempre, siempre, se mueve. Está viva. Cambia. Y, precisamente por eso, nunca es la misma, aunque lo parezca.

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