De jovencita, todo lo que quería era salir del lugar donde vivía e ir a vivir a una gran ciudad. Madrid o Barcelona eran mi objetivo principal, claro, pero cualquier lugar lo suficientemente grande y en apariencia lleno de oportunidades me valía.
Lo hice, claro, aunque la experiencia no fue larga. Solo lo necesario para comprender que, en realidad, lo que deseaba era irme de casa de mis padres y, sobre todo, del entorno en el que vivíamos, que me asfixiaba. Todo barrio pijo tiene la capacidad de dejar al más pintado sin aire, me dijo alguna vez alguien. No sé si será cierto. Pero aquel barrio pijo en concreto la tenía.
Por alguna razón, que ahora ya no comprendo, la ciudad me parecía un paraíso. Pero no a pesar del ruido, las luces absurdas, el olor a hollín y basura, sino porque por algún retorcido motivo aquello representaba lo que yo buscaba: cosmopolitismo, cultura, transgresión, vanguardia.
No sé cómo ni cuándo todo ha cambiado lo suficiente para que lo más transgresor y vanguardista que se me ocurre sea mandar a paseo cualquier anhelo cosmopolita, volver al origen y recuperar el significado primitivo de la palabra cultura. Quizá, si me mancho las manos de tierra y me lleno los pulmones de aire limpio el alma se calme y la mente se acalle.
Todo lo que ahora deseo es volver a la raíz. Aunque no tengo ni la menor idea de qué es esa raíz que tanto busco ni dónde está.
Tengo claro —porque es evidente— que el mundo que alguna vez conocí ya no existe. Y diría que lo he buscado en cientos de rincones, en mañanas límpidas y atardeceres rojos. Pero no ha hecho falta buscar nada, la realidad me ha encontrado solita y me ha escupido la verdad a la cara: la panadería de la esquina es ahora un café gourmet, la zapatería hace ya tiempo que se convirtió en cajero internacional y donde antes había ruedas de arenques salados ahora ofrecen smoothies de mil sabores y tostadas de aguacates.
Cualquier ansia de cosmopolitismo de aquel yo joven e inocente desapareció el día que necesité saber inglés para que me entendieran en mi propia casa. Aunque quizá fue el día que entendí que la cultura era lo que, antes de ser fagocitado, se encontraba en cada esquina de cada pueblo y de cada barrio, y no solo en obras de autores de nombre impronunciable.
Y siento el impulso de huir al campo de volver a la naturaleza. Pero no puedo. Porque cualquier metro cuadrado disponible de la isla maldita en la que vivo vale más de lo que puedo pagar, aun vendiendo lo que ya poseo. Aunque de todos modos, escapar a la naturaleza no sería escapar, solo volver a lo evidente, cuando me topara con mis nuevos vecinos, Hans y Frieda, o descubriera que la cafetería del pueblo es ahora un bar de ciclistas dirigido por la familia Schröder, que lleva veinte años en Mallorca pero no habla ni media palabra de español —mejor ni pensemos en el mallorquín—, ni tiene intención de hacerlo nunca.
Así que no, no tengo ni la menor idea de qué raíz busco ni qué es lo que duele. Tal vez no sea el pasado perdido ni el territorio robado. Quizá, ni siquiera se trate de dolor, sino de simple vacío. Puede que lo que ocurra sea, sencillamente, que echo de menos la inocente inconsciencia de aquella versión joven de mí, convencida de que la ciudad era un lugar mágico en el que lo imposible sucedía. Puede que solo quiera volver a percibir oportunidades —a sentir esperanza— en lugar de basura, luces, ruido y humo.




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