Vaya días raros. Mi final de agosto se ha convertido en una doble contrarreloj y yo no me había dado ni cuenta hasta ahora.
Por un lado, estoy en una carrera para salvar el máster aquel que se quedó a medias en junio porque a mi cuerpo le dio por acumular tres litros de sangre en mi vientre, con el consecuente peligro de muerte. Afortunadamente, salí de aquello, cirugía y transfusiones mediante. Pero el máster quedó inacabado. Y ahora, claro, no me ha quedado otra que terminar lo que dejé a medias.
Por suerte, ya está casi todo listo. Digo casi todo porque el profe de prácticas me pidió que le entregara el trabajo antes de la fecha oficial para «darle un ojo» antes de la entrega irreversible del 1 de septiembre. Y ese darle un ojo puede tener consecuencias que ahora mismo prefiero no pensar.
Además, me falta otro trabajo por hacer que, aunque debería entregarse el día 7, quiero quitarme de encima antes de empezar el mes porque quiero empezar septiembre lo más limpia que pueda. Claro que también faltará un examen y la defensa del TFM…
Por otro lado, hay otra contrarreloj, aunque, en realidad, es más una cuenta atrás: El día 1 de septiembre empieza el curso y, al fin, volveré al trabajo después de una larga convalecencia. Pero es que, además, lo haré en mi plaza nueva, en mi isla —mi casa— y no tengo palabras para explicar las ganas que tengo.
Seguramente es por eso que mientras he estado trabajando en el máster estas semanas era casi incapaz de concentrarme en la tarea o, al menos, de hacerlo como de costumbre, porque mi cabeza volaba hacia esa vuelta al cole que tanta ilusión me hace.
Y es que me siento como una niña de 15 años en su primer día en un instituto nuevo. No puedo parar de pensar en qué me voy a poner, qué bolso llevar, si comprarme o no un nuevo estuche o qué cuaderno estrenar. Los bolis, eso sí, ya los tengo. Aunque no descarto aumentar mi arsenal si voy en busca de ese cuaderno nuevo y bonito que tanto anhelo.
¿Y dónde queda la escritura en todo esto? Bueno, aquí, de momento —este bendito blog siempre me salva—. Y en el trabajito de prácticas, ese que tengo que entregar con antelación para que el profe pueda devolvérmelo lleno de virtuales tachones rojos, también cuenta como tal. Cuenta tanto que, me temo, una vez que todo haya pasado —entregas, exámenes y defensa— lo convertiré en novela. Pero tiene que haber terminado por completo todo lo académico o no funcionará, que me conozco.
No sé qué pasará con los proyectos a medias —ni creo que sea el momento de saberlo o siquiera plantearlo— ni con el sinfín de ideas que vengo acumulando, que siguen siendo semillas de posibles obras futuras. Ya veremos cuál germina —si es que lo hace alguna—.
Ahora, de momento, todo lo que tengo son ganas de habitar, al fin, mi vida. De tener una rutina aburrida y con pocos o ningún sobresalto. De aburrirme. De que mi mayor problema sea, al menos durante un tiempo, qué ropa me pongo para ir a trabajar, si es mejor una agenda a semana vista o de día por página, las agujetas del entrenamiento de fuerza o si reformamos primero el baño pequeño o el grande.
Y, en ese contexto, este último coletazo del máster cuesta. Lo hace porque lo termino a destiempo. Pero también porque, aunque sigan pendientes algunas cosas de la vida que he dejado atrás, yo ya estoy en otro lugar y en otro momento.
Pero, por suerte, incluso en estos momentos, la escritura se cuela por las rendijas. Y no tengo ni la menor duda de que, una vez cerradas todas estas puertas, cuando este apresurado final de máster parezca un recuerdo lejano y esta vida, que ahora huele a coche nuevo, haya pasado el rodaje, la escritura brotará no solo por juntas y rendijas.
Al fin y al cabo, todo lo que he hecho —to-do— lo he hecho por ella. Qué tipo de jardinera sería si no creara la mejor parcela posible para el crecimiento de mis plantas.




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