Son las cinco de la madrugada. Parece absurdo que esté despierta y escribiendo en el blog, pero aquí estoy, sin motivo y sin café siquiera, no vaya a despertar a nadie con el ruido de la cafetera.
Diría, por aquello de esa tendencia mía de excusarme, que si estoy aquí tecleando y no en el séptimo sueño es porque esta semana en el trabajo están tratando de volverme loca con un estrambótico cambio de horarios. Y sería verdad. Lo del cambio de horas, no lo de la intención de desquiciarme. Pero también sería parcial. A nadie miento si digo que soy un animal de costumbres que agradece un horario fijo y estable más que mis gatos una latita de atún, pero tener algunas reuniones en horario de mañana, en lugar de habitar mi horario habitual de tarde, nunca antes ha provocado un ataque de bloguitis nocturna como el que nos ocupa. Nunca.
Lo cierto es que estaba soñando, cómo no, con escribir. Pero no estaba escribiendo, no. El sueño era mucho más raro. Estaba en un lugar idílico, al aire libre. Si tuviera que buscar una imagen para ilustrarlo diría que esas verdes praderas inglesas de lomas suaves que tanto nos enseñan en pelis y series se acercan bastante. También había algunos árboles, aunque en absoluto pudiera decirse que se tratara de una arboleda, y plantas más o menos bajas, más o menos frondosas aquí y allá, salpicadas por coloridas flores. Y sí, el cielo era azul y los pajarillos cantaban. Bueno, vale, esto último no lo puedo afirmar con rotundidad, pero, si acaba de dibujar el cuadro de ensueño que quiero transmitir, bien podemos añadir a la imagen aves cantoras, suave aroma a hierba fresca y lavanda y hasta un hermoso y brillante arco iris surcando un bello cielo sin nubes.
No estaba sola en ese paraje, casi nunca lo estoy cuando sueño, pero en esta ocasión había más gente de lo habitual. A algunos los conocía, a otros no. Eso sí, todos me conocían a mí. Y el tema en común de todos nosotros era la escritura. Aunque, vale, no solo la escritura en sí misma y ya está. Era algo más como crear y compartir en Internet. Y tampoco esa definición tan general hace justicia al tema, pero el sueño se diluye en mi mente tal como estoy de cada vez más despierta y las vaguedades son, en este contexto, mi mejor herramienta para no perder el hilo y evitar que se esfume la intensidad de la experiencia, y con ella, el recuerdo onírico.
Bien, todos los que estábamos allí teníamos algún tipo de cuestión con lo que hacíamos. Podría ser cierta tristeza existencial, como en el caso de un peluquero —o tal vez debería decir estilista—, que cortaba el pelo a streamers pero que se sentía poco auténtico en su trabajo, casi un fraude, y eso le dificultaba llevar bien su tarea. O una pequeña obsesión con un método concreto, como una autora de ficción, que creaba tramas siempre iguales o con muy poca variación entre ellas y era incapaz de tomar distancia para darse cuenta. En el sueño, además, la creación de tramas era algo muy visual, algo como montar un puzle gigante con piezas en 3D que después se introduce en una máquina que permite usarlas en la vigilia. Y la muchacha dormía de pena, porque tenía la máquina de puzles trabajando todo el rato.
Había otros que bailaban y, creedme, eso, de alguna manera, era escribir. Más allá, la actividad de algunos estaba relacionada con barcos y agua. En otro lugar, había verbenas y fiestas populares. Y más allá, música, mucha gente tocando instrumentos variopintos y extraños. Y todo era escribir, aunque no lo fuera.
Yo paseaba por allí, acompañada, creo que por mi Muso, pero bien podría haber sido cualquier otra presencia que funcionara en ese contexto a modo de guía, aunque recibía información de todos lados, casi como si llevara puesta una audioguía. Y la experiencia era bastante buena y agradable, hasta que mis particulares circunstancias y yo nos convertíamos en protagonistas y todos los demás y sus curiosas actividades quedaban como simple fondo de la escena principal, que era, ya sin duda, mi particular drama.
Y es que, al parecer, y resumiendo, paso más tiempo pensando en lo que tiene que ser que en lo que es y —escribo de carrerilla para que no se esfume el recuerdo— si no dejo que lo que es sea jamás será lo que tan convencida estoy de que debería ser.
Este trabalenguas, traducido y adaptado al caso, viene a ser algo así como que me he obsesionado tanto por ser cierto tipo de escritora, ya sabéis, la que escribe maravillosas historias de ficción, que no me dejo ser la que soy, es decir, la que escribe de madrugada en su blog porque su Muso no le deja dormir.
El problema, porque, como todos los que estaban en esas hermosas praderas, tengo un problema «con lo mío», no es que me haya obsesionado con una práctica concreta de escritura, eso pasa hasta en las mejores familias, me temo; sino que, por un lado, no me consiente escribir nada más y, por otro, desmerezco el género que, por decirlo así, me sale natural.
Y ambas cosas son graves.
Lo de desmerecer el género, bueno, qué voy a decir, tengo cierta tendencia a quitar valor a todo lo que hago. Si en lugar de esto tan moderno de la escritura del yo que con tanta naturalidad me sale escribiera ensayo, pues seguramente diría que es porque es un género fácil o para el que no hace falta talento creativo o cualquier otra estupidez. Si escribiera ficción, que es género, o, peor, comercial. Y así hasta el infinito. Y sí, eso, tal vez, sea más material para tratar con mi psicóloga que un problema de escritura en sí. Pero afecta a la escritura.
La cuestión es que si siempre argumento que todo lo que escribo lo hago porque es fácil, poco meritorio, o lo que sea, jamás —pero nunca, nunca— me atreveré a salir de los géneros y estilos que me son cómodos, quizá no por falta de ganas, sino por creerme incapaz.
Y esto, amigos, sí que es una cuestión de escritura. Porque la capacidad, perdón que aproveche para recordarlo ahora, no es algo innato. No existe eso del don caído del cielo. Existe la práctica, la perseverancia y, lo más importante, la maldita diversión. Porque en este oficio, y menos en español, nadie está para hacerse rico. Aquí se viene o por obsesión o por diversión, o puede que por ambas.
En fin, que lo de desmerecer no solo el trabajo propio sino el género al que pertenece es más peliagudo de lo que parece y merece cierta atención por mi parte. Y este sería uno de los mensajes importantes de este sueño, que me ha sacado de la cama a las 5.
Y ya son las seis.
Sigamos, porque la otra parte es peor. O más dura, al menos.
Mi obsesión por cierto tipo de escritura, más meritoria, por lo visto, según ese criterio mío sin respaldo aparente, que sería, supongo, la creación de historias largas de ficción y, para ser más concretos, de fantasía, provoca, según el sueño, que no me permita escribir lo que sí escribo.
Y sí, tengo un ejemplo de eso para que se entienda. Bueno, vale, tengo muchos, pero contaré solo uno, en pos de la brevedad y del café con leche que tanto necesito tomarme:
Ayer, sin ir más lejos, y en virtud del maldito horario cambiante de mi septiembre infernal, llegué a casa, destrozada tras una mañana llena de reuniones, a eso de las tres y media. Confieso haberme sentado en sofá y haber cerrado los ojos. Cuando los reabrí, había pasado una hora. Y yo era un zombi. Pensé en escribir, por supuesto —es lo que hago siempre—, pero, claro, en tal estado de zombificación, el proyecto de ficción en el que estoy trabajando no era una opción. Lo que realmente me apetecía era hacer, básicamente, lo que estoy haciendo ahora, a deshoras, que podemos llamar escritura de desahogo, pero que, entonces, habría sido mera escritura del día a día, tan falto él de épica y fantasía como siempre.
Pero, claro, escribir esto, para servidora, no es escritura siquiera. Y si no tenía fuerzas o energía mental para lo que sí es escribir, según mi desviado criterio, cómo podía consentirme yo dedicar mi escasa energía a escribir cualquier otra cosa. ¿¡Cómo!?
Así que no escribí.
Y aquí estamos hoy, ya de mañana, pero todavía mucho antes de que salga el sol, haciendo lo que ayer no me permití hacer.
Porque este es el segundo punto importante de este sueño extraño, que, por cierto, va mucho más allá de la escritura y que podría resumirse como hay que ser lo que se es completamente y hasta la última consecuencia. No vale ser una margarita que vive acomplejada por no ser una rosa y no abre del todo sus pétalos para tratar de imitar esa otra flor. Es una margarita, no una maldita rosa. Pero una humilde margarita, siendo ella por completo, puede ser, sin duda, una bellísima flor.
Y no sé por qué hablo de flores y belleza si esto tendría que ir mucho más allá de lo estético, pero ahora mismo, quizás por la falta de café, tampoco me importa.
Ya no me quedan más que jirones de recuerdos de ese sueño. Sensaciones y alguna imagen extraña, salvajemente onírica, y la convicción absurda de haber paseado por los Campos Asfódelos, adonde va aquello que no se reduce a cenizas…
Será mejor que me prepare el café.
Quizá, quién sabe, una bebida caliente y reconfortante dé más sentido a la experiencia.
Aunque también puede que, en este tipo de cosas, el sentido esté sobrevalorado.




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