El mismo vértigo de siempre

Una mujer con pañuelo magenta, de espaldas en la puerta de un aula vacía, contempla los pupitres bañados por la luz del atardecer. Por la ventana se ve la catedral de Palma.

Hoy es el primer día de clase. Se hace raro empezar en un 28 de septiembre cuando el inicio suele ser el primer lunes de octubre, pero lo de cuadrar calendarios académicos no debe de ser fácil y es un monstruo con el que espero no tener que combatir jamás, así que elijo no quejarme y aceptar la fecha de inicio con su rareza.

Es curioso cómo, pasen los años que pasen, el principio de curso siempre impone y la primera clase viene acompañada por defecto de ese gusanillo que se mueve en la tripa. Y este curso, supongo, más todavía, por eso de que el centro es nuevo y, en cierto modo, intimida.

Aunque, en realidad, me alegra sentir esas cosquillas en el estómago y esa suerte de vértigo cada inicio de curso. Creo que es una clara señal de que mi trabajo me gusta y me importa a partes iguales. Y es necesario que así sea, porque el día que eso no ocurra seguramente será mejor que deje de enseñar y me dedique a cualquier otra cosa.

Lo cierto es que enseñar me gusta —quién se lo iba a decir a mi yo adolescente, que juraba por cualquier cosa que nunca jamás se dedicaría a la docencia—. Y el español, que es la materia que imparto, me apasiona.De acuerdo, me gustan las lenguas en general, pero hay que admitir que la nuestra tiene una gracia de la que otras muchas carecen —aunque no soy la más indicada para juzgar, porque yo la veo con buenos ojos—. El hecho de poder enseñar este idioma nuestro, con todo su trasfondo cultural, sus variantes y matices, a personas que tienen otra lengua y cultura, qué queréis que os diga, es una de las cosas más bonitas del mundo y año tras año me siento afortunada de poder dedicarme a esto.

Y, sí, hoy estoy más sentimental de lo acostumbrado, pero es que los principios son importantes y este, en concreto, lo siento más importante para mí todavía. Así que voy con las emociones a flor de piel, aunque no sé si es el mejor estado para la tarea que me espera esta tarde.

Sea como sea, ya lo tengo todo preparado —bueno, vale, la clase de hoy lleva lista varios días…— y, seguramente, como siempre, todo pase más rápido de lo que desde aquí y ahora parece posible. Siempre pasa igual. Y, después, lo que ahora son nervios y vértigo, lentamente, se irán convirtiendo en disciplina y rutina y ocurrirá una magia que nunca deja de sorprenderme: los treinta y pocos desconocidos que me encontraré hoy en el aula pasarán a ser conocidos con quienes, sin saber cómo ni cuándo, se formará una relación de confianza y complicidad que solo he conocido en la enseñanza. Y cuando parezca imposible que en algún momento me costara recordar el nombre de todos, cuando ya conoceré de sobra sus puntos fuertes y flojos y hasta detalles personales, el curso terminará.

Y, después del verano, otro lunes de finales de septiembre o principios de octubre, tocará volver a empezar, con nuevas caras, nuevos nombres, pero el mismo cosquilleo en la barriga y el mismo vértigo de siempre.

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