Un ventanal ajeno

Llueve.

Estoy en una sala de espera de hospital y no ha parado de llover en toda la mañana. Tampoco ha dejado de llegar gente, en un goteo constante: algunos, como yo hoy, acompañantes de quienes van a someterse a una cirugía ambulatoria; otros, pacientes, solitarios o acompañados, que esperan a ser llamados para ser intervenidos.

Todo en un día de lluvia cualquiera, tan profundamente otoñal que resulta aburrido, por previsible y poco original. Aunque así deberían ser la mayor parte de los días —los buenos—, aburridos, previsibles y absolutamente faltos de originalidad.

Si hoy no hubiera tenido que acompañar a mi madre, me habría tocado trabajar desde casa. Seguramente me habría puesto ropa cómoda —unos vaqueros anchos y blanditos de tan gastados y una camisa de franela—, me habría preparado el café en una de mis tazas favoritas y habría corregido actividades, preparado clases futuras y exámenes con música suave de fondo y una vela aromática prendida.

Quizá, una vez cumplidas las tareas y el horario de trabajo, me habría hecho una infusión —seguramente de té rojo, manzana y canela—, habría cambiado de escenario y habría escrito un rato. Puede que sentada en la mecedora, en el salón, para tener una buena panorámica de la mañana lluviosa, las hojas mojadas de los plátanos de sombra y las personas que caminan cubiertas con paraguas o chubasqueros.

Habría sido una mañana otoñal casi de libro —casi perfecta en su imperfección—, tan marrón y gris, tan húmeda y fresca, tan previsible y aburrida.

Pero hoy no me toca ver el agua caer desde el ventanal de casa ni escribir cómodamente desde el salón. Hoy una intervención rutinaria ha convertido en extraordinario el día a día. Y está bien que lo cotidiano tenga, en su normalidad, la capacidad de salirse de su propia norma. Al fin y al cabo, aquí estoy, escribiendo frente a un ventanal ajeno —aunque magnífico—, observando una lluvia que no cesa mientras desconocidos, más o menos nerviosos, van y vienen de esta sala de espera —tan normal, tan común, tan poco extraordinaria— que es hoy el escenario de mi mañana.

Sí, está bien. Aunque a mí me gusta mi rutina, quizá porque en mi día a día ha llegado a convertirse en extraordinaria.

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