Todos siguen teniendo nombre

La niña que fui era un terremoto. No paraba quieta: bailaba, corría, hacía volteretas, saltaba, iba en bici… No soportaba los libros aquellos de colorear, pero adoraba dibujar. Le eran indiferentes las muñecas, pero amaba los peluches, los playmobil y los juegos de construcción. Le encantaba la música, como a su padre, pero, sobre todas las cosas, le chiflaban los cuentos y las buenas historias.

Me pregunto qué opinaría esa niña de la mujer en la que me he convertido. Imagino que le llamaría la atención ver que hago poco deporte, aunque eso, me temo, viene de la adolescencia, cuando, progresivamente pero sin pausa, empezaron los problemas de corazón —aunque, a pesar de sus consecuencias, pasaron desapercibidos hasta la edad adulta—.

Supongo que le gustaría ver que sigo teniendo muchos peluches y que, por supuesto, todos tienen su nombre e historia de vida, así como legos y algún que otro Playmobil. También imagino que sonreiría al comprobar que la música sigue siendo una parte importante de mi vida e, intuyo, Spotify le encantaría tanto como a mí. Además, si tenemos en cuenta lo mucho que disfrutó con su viejo MSX, le encantaría ver mis ordenadores ahora y, sí, también los videojuegos. Aunque, sobre todo, sospecho que apreciaría que siga rodeada de cuentos y de todo tipo de historias.

Es probable que la niña que fui se sorprendiera de que, al final, no me dedicara al periodismo; aunque, si tenemos en cuenta las horas que pasó jugando a dar clases no estaría demasiado sorprendida al descubrir que ahora soy profe.

Creo que he aprendido a quererme y rodearme de cosas que me gustan y me hacen sentir bien. También a tener que enfrentar a veces tareas y situaciones que no me gustan, pero me conozco lo suficiente para hacérmelas más llevaderas; así que si convertirme en un lugar seguro para aquella niña es, de algún modo, una medida de éxito, puedo decir que soy una persona exitosa.

Si lo pienso con calma descubro que a aquella versión de mí en desarrollo le encantaba ir a clase. El cole era, en general, mi lugar seguro —aunque esa relación, como todas, en algún momento posterior tuviera sus altibajos—. Pero también le gustaba ir a la montaña, hacer excursiones y disfrutar del aire libre y ni siquiera soy capaz de pensar en cuándo fue la última vez que lo hice.

También le encantaban esta isla y su cultura, aunque en algún momento me hicieron sentir incorrecta o poco merecedora de ella —pero esa es otra historia—. Y ambas cosas siguen siendo importantes para mí, a pesar de que ahora las vivo de otra manera —tendría que ver cuánto es a causa de esa historia no contada que en algún momento tendré que enfrentar—.

Sí, es posible que esa miniyo en construcción se sintiera bien con la persona en la que se ha convertido. Tal vez, hasta puede que le gustara quién soy ahora o que se sintiera orgullosa.

Cosa distinta es mi yo adolescente —la de las cartas perfumadas, barajas de tarot, velas, inciensos, perfumes, Nirvana, Pearl Jam, Bécquers, Tenorios y Esproncedas…—. A esa bestia ya me enfrentaré otro día.

Hoy, de momento, a tres días de cumplir 45, me quedo con la serenidad de saber que he sido fiel a aquellos años construidos a base de un cole, que era hogar; una banda sonora, que era familia; una isla, que era identidad; y un montón de legos, playmobils y peluches, que eran una suerte de representación de los cuentos e historias que siempre fueron —y siguen siendo— mi columna vertebral.

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