Una mañana cualquiera del mes de junio de 2013 empecé una historia. Lo hice sin darme cuenta, o, al menos, sin ser consciente de lo que hacía: ese primer escrito, que acabó siendo primer capítulo, nació como entrada de blog. Era una entrada más, una ficción breve para mi blog de entonces, igual que tantas otras que escribía.
Por aquel entonces, yo estaba en plena promoción de mi primera novela y nada más lejos de mi intención que aquello se convirtiera en otra cosa. Además, admito que hubo cierto espíritu gamberro, cierta burla, en aquella primera publicación. Y en las que la siguieron.
Porque sí, hubo más. Me lo había pasado tan bien con aquella primera entrada que al día siguiente decidí seguirla. Era un juego absurdo, nada más, qué podía pasar. A lo sumo, me decía, se convertiría en una historia breve escrita a base de entradas en el blog. Nada más. Las novelas, me decía, no surgen por casualidad. Eso lo sabe todo el mundo.
¡Pero qué ingenua era!
En fin, que me voy por las ramas. Aquella aventura a base de entradas en el blog siguió creciendo a ritmo desigual. Intercalaba otras entradas, algunas de ficción, otras no; y seguía con la promoción de la otra novela. La seria. La de verdad. Esa otra historia —eso era evidente— no era seria; ni lo pretendía. Era un juego, nada más. Una tontería. Así que a veces escribía cada día, a veces cada semana, y otras veces, nada. Pero siempre volvía a ella. Siempre seguía jugando.
Un día alguien me habló de Wattpad y pensé ¿por qué no? ¿Qué puede pasar? Y publiqué la historia en esa plataforma también. Otro día, me hablaron de Binibook —no lo busquéis, ya no existe—, y también la llevé allí: ¿Qué podría pasar? Otro día alguien sugirió hacer libritos recopilatorios para Amazon… ¿Y por qué no? Otro día, alguien ofreció publicar en papel un recopilatorio de los recopilatorios ¿Y cómo negarme, si solo era un juego? ¿Qué podía pasar?
Ese ritmo duró meses. Unos nueve. Cada vez más exitoso, cada vez más exigente.
El juego se volvió macabro.
Era incapaz de seguir el ritmo de publicación de capítulos que me había autoimpuesto. Tampoco era capaz de corregir, editar, mantener la coherencia de la trama o trabajar los detalles como a mí me gustaba.
Y era mucho menos capaz todavía de comprender como una gamberrada estaba consiguiendo lo que mi proyecto serio —el de verdad— no conseguía: visibilidad, seguidores, comentarios.
En enero del siguiente año me rompí. Y, conmigo, el proyecto gamberro por entregas. Pero también el blog, la promoción de mi novela —la seria, la de verdad—, los estudios, el trabajo…
La catástrofe fue global.
Por supuesto mi gamberrada narrativa no fue el único motivo. En absoluto. Hasta es posible que, por más que yo lo haya culpado durante años del desastre, es posible que solo fuera una consecuencia de otro descalabro, mucho más íntimo, mucho mayor.
Sea como fuere, aquello dio el pistoletazo de salida a una serie de desastres que asolaron mi vida durante lo que a mí me parece una eternidad y que abarcaron todos los ámbitos de mi vida, de la salud a la economía pasando por la familia y las relaciones. En dos palabras: Oscuridad absoluta.
Iba a decir que empecé a salir del hoyo en 2020, pero no es cierto, el inicio fue anterior, casi diría inmediato. Pero fue lento y con recaídas. Muy lento. Con muchas recaídas. Algunas de ellas terribles. Muchas, con consecuencias que me acompañarán toda la vida.
Pero, ni por un solo segundo durante aquella época de oscuridad absoluta me abandonó mi historia gamberra. Jamás. Aunque yo no estaba lista para hacer con ella lo que necesitaba. A pesar de que a veces fuera incapaz siquiera de leerla. Nunca dejó de acompañarme. Nunca dejó de llamarme.
Solo ahora, tanto tiempo después, he podido responder, mirarla de frente —y verme a mí—, aceptarla —y aceptarme. Volver, al fin, a ella. Y volver a mí.
Esa era, ni más ni menos, la fuente del dolor de las últimas semanas. Era un recuerdo, una invitación, una llamada.
Por suerte, mi rodilla lesionada me ha mantenido en casa durante este puente y —¡al fin!— he podido no solo escuchar y comprender, sino también responder.
Durante los cuatro días de puente le he construido un hogar a aquella vieja historia que nunca me dejó de lado, a pesar de todas las veces dudé de ella, todas las veces que la malinterpreté, todas las veces que la ignoré. Un hogar donde pueda crecer sin miedo, sin prisa, sin pretensiones. Un hogar para ella… y para mí.
Ese hogar es un blog —como aquel en el que nació, pero más moderno y bonito—, para que pueda crecer por completo, expandirse, evolucionar, al mismo tiempo que, a través de ella, yo sigo curándome, aceptándome, queriéndome.
No sé a dónde me va llevar este nuevo proyecto, solo sé que estoy haciendo lo que toca y que se siente tremendamente bien y correcto.
¡Ah, por cierto! Esa historia —ese blog, ese proyecto— ha tomado el nombre de su universo: Atiskaya. Si tienes curiosidad, aquí puedes pasar a visitarla.





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