Bicho de exterior

Woman writing in journal on a balcony with potted daisies and city sunset

Escribo desde la terraza, aunque todavía hace fresco porque a estas alturas del año el sol no llega aquí hasta la hora de comer. Pero me he propuesto adaptarme otra vez a esta ciudad y eso, en mi caso, implica terraza —a pesar del tráfico, las sirenas y el olor a gasolina—.

Soy un bicho de exterior, suelo necesitar sol, aire fresco y grandes masas de agua en las que nadar o junto a las que pasear. Aquí no hay ríos así que tengo que conformarme con el mar, pero, creedme, no le hago ascos al agua dulce.

También necesito vegetación, preferiblemente bosques, pero en su defecto me apaño bien con margaritas, como las que llenan estos días la barandilla de mi terraza y que consiguen que el ruido de coches y el olor a tubo de escape pese menos.

A veces, pienso que he nacido en el lugar equivocado, pero después recuerdo cómo era mi ciudad hace unos años, cómo se sentía sentarse en esta misma terraza desde la que ahora escribo, y, aunque no entiendo qué ha pasado —o sí, pero prefiero no pensarlo—, comprendo que no es un problema de localización. Tampoco de tiempo, aunque también, en ocasiones, caiga en la trampa de pensar que vivo en la época que no toca.

Tal vez esto no sea solo un problema mío. Ni de este pedrusco rodeado de mar en el que habito. Ni siquiera de la época. Quizás lo que ocurre es que el mundo ha enloquecido y, de alguna manera, todos nosotros con él.

Me gustaría ser capaz de volver a vivir despacio. Repensar qué es o no importante. Recalcular en qué consiste el lujo. Aunque, quizás, de lo que se trata es de volver a mirar dónde demonios está el norte para comprobar que la dirección que seguimos es la adecuada, la que de verdad queremos, y, en caso contrario, reorientar nuestros pasos.

Cada día intento hacer eso —frenar, respirar, valorar, disfrutar— y cada día en al menos una ocasión pierdo el rumbo. A veces me doy cuenta y puedo corregirlo. Otras, a pesar de percibirlo, no consigo volver a mi ruta. En las peores, tardo tanto en comprenderlo que al darme cuenta ya he chocado contra el siguiente iceberg.

Sí, hoy escribo fuera, a pesar del fresco y del ruido, porque creo firmemente que cada pequeño gesto importa y permite calibrar la brújula, fijar o corregir el rumbo.

Puede que sea una ingenua en un mundo de locos.

De ser así —que no lo dudo— que la ingenuidad sea mi tipo de locura.

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