Trece años y un universo sin terminar

Vintage typewriter on wooden desk surrounded by notebooks, papers, coffee cup, books, and plants near window

Tengo un problema. Para entendernos, aquí, entre amigos, vamos a llamarlo «el problemón», aunque ya os avanzo que no es un problema de verdad. Solo lleva trece años sin dejarme dormir.

El problemón, del que, por cierto, no es la primera vez que hablo en este blog, es que tengo un universo inacabado que comencé a construir hace unos trece años —año arriba o abajo— que odio y amo a partes, pero del que, además, me avergüenzo profundamente.

Ya sé, ya sé, lo del autor que no soporta su propia obra, es un tema viejo. Igual que lo del escritor atormentado y ya mejor no hablemos del artista maldito. Pero, muy a mi pesar, os lo aseguro, a veces parezco más un deteriorado compendio de clichés que un ser humano.

La cuestión es que, por poco original que sea mi situación, es la que padezco. Tengo una obra que odio, al menos en parte, pero no lo suficiente como para deshacerme de ella o avanzar más allá de ella. Sobre todo porque, me temo, igual que detesto una parte de ella, amo con locura otra, que hasta puede que sea mayor.

Lo malo no es solo odiarla, que ya tiene tela, es avergonzarme. Más cuando ese azoramiento, que me paraliza, es mayor que cualquier amor que pueda sentir hacia esa parte de la obra que no rechazo.

El resultado ha sido, durante años, una suerte de tormenta perfecta en la que he sido incapaz de escribir ninguna otra historia larga, pero tampoco he podido terminar ese universo que me atormenta y que, joder, es un maldito universo, no un libro, no veo dónde acaba porque —y ese es mi mayor temor— es posible que ni siquiera lo haga. Ya sabéis, universo, infinito, y tal…

Me fastidia porque ese universo es completamente mío. Del todo. Y eso es lo que amo. Lo que me impide sencillamente ignorarlo. Pero al mismo tiempo está contaminado por el momento en el que nació, las tendencias de entonces y, lo que es peor, por la necesidad de querer demostrar algo. Ya sabéis de qué tipo de necesidad hablo.

El problemón, para concretar, consiste en que tengo una historia, que es contenedor de historias, que es enorme, que es compleja, que es propia y bastante original pero que —vaya con la autora tiquismiquis— no es la que querría haber escrito.

Por lo tanto, no sé qué hacer con ella, pero tampoco puedo ignorarla y seguir adelante sin más porque la atracción que ejerce sobre mí es mayor de la que soy capaz de soportar.

Durante estos meses de ausencia, creía haber encontrado la solución: usar seudónimo. Fácil, rápido y aparentemente indoloro.

Lo que ocurre es que estamos hablando de un universo, con todo lo que ello conlleva en cuanto a tamaño y, por lo tanto, tiempo y cuidado requeridos. Dicho de otro modo, si me dedico a ese universo con seudónimo es más que probable que caigan el resto de proyectos porque una no tiene la capacidad de bilocarse y si no hay siquiera una identidad compartida, el proyecto descuidado, se diluirá en la inmensidad de ceros y unos que es este mundo digital que habitamos.

Eso por no hablar que a día de hoy promoción es sinónimo de vídeo y, muy a mi pesar, de autenticidad no entendida como sinceridad sino como poner la cara frente a la cámara. Y, seamos sinceros, cualquier proyecto de ese tipo sin promoción no llegará a ningún lugar, pero usar seudónimo y ponerse frente a una cámara muy compatibles no son.

Esa es la otra capa del problemón. Si decido asumir que esta obra es mía, me guste o no, y no publicarla, de una forma u otra, si no la promociono seguirá atormentándome básicamente igual que si no la hubiera escrito.

Y en ese dilema he estado desde que se me ocurrió la genialidad del seudónimo —unos cinco años, con varios intentos, varios seudónimos—.

Pero hoy se me ha ocurrido algo. Seguramente porque, de un tiempo a esta parte, como cada primavera, no paro de darle vueltas al asunto. No es algo fácil. Ni inocuo. Ni que no vaya a tener un coste emocional para una servidora. Pero a los clichés anteriores podemos sumar el de autora sufridora, si queréis.

En fin, que la nueva idea revolucionaria que me ha asaltado es algo así como convertir mi dolor en arma de marketing. En mi defensa diré que mis primeros estudios superiores fueron de comunicación y que eso te deja algunas taras de por vida, como la de usar dolor como sinónimo de característica y, en ocasiones, de necesidad y todos ellos como herramientas legítimas para una comunicación exitosa, pero una vez más, eso, mejor, lo dejamos para otro post.

Por lo que, desde la teoría, debería funcionar ese uso del dolor propio como característica es que me diferenciaría de la competencia a la vez que me aliviaría, porque podría dar salida a mi producto (como odio hablar en estos términos de mis libros) y hasta, si fuera capaz de hacerlo bien, me podría acercar al público desde la proximidad, autenticidad, empatía…

Quizás al contar aquí la estrategia me estoy haciendo un flaco favor porque hay quien puede pensar que todo es marketing. Pero en este caso lo que hay es un proceso de trece años de sufrimiento que, con suerte, el marketing desatascará. Que haya herramientas de marketing no quiere decir que el discurso sea falso.

Si me atrevo a hacerlo, y me sale bien, mi lema podría ser algo como «este es mi universo. Lo odio y lo amo por partes iguales, pero no puedo hacer otra cosa que compartirlo». O «escribí esto en un momento de guardia baja y, aunque, en parte, lo odio, soy incapaz de dejar morir este universo».

No creo que hoy decida nada. Ni mañana. Estas suelen ser decisiones que se cuecen a fuego lento y en segundo plano, mientras la vida sigue desplegándose como si no pasara nada. Pero sí puedo decir que hoy, con este enfoque, por primera vez en trece años creo ver una salida.

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