Dentro de unas horas tengo médicos. Así, en plural, porque, después del susto, se ve que las revisiones me las hacen a pares. Y mentiría si dijera que no estoy nerviosa. Aunque a estas alturas tengo bastante claro que las cosas del cuerpo no quieren nervios y que, en cualquier caso, el optimismo y un estilo de vida saludable son la mejor medicina, eso sí, siempre junto a ese montón de fármacos con receta de los que una depende.
Sucede que en estos días estoy observando, casi desde fuera, como cuerpo y alma van de la mano. Y digo alma porque de alguna manera hay que llamar a esa parte de nosotros que no es física pero es más que un constructo resultado de la actividad cerebral para nuestro mejor funcionamiento.
Creo, por lo que veo, porque una tiene el vicio ese de primero experimentar y después trazar teorías, investigar y si procede, involucrar a la fe, que todas esas teorías místicas orientales que hablan de, en cierto modo, domeñar el alma para elevarla a través de prácticas físicas, sean estas ejercicio físico, como el yoga, o privaciones, como el ayuno, podrían tener un punto de verdad. No hablo de literalidad. Eso no lo sé ni dedicaré mi tiempo a estudiar a fondo esas disciplinas para averiguarlo, pero, tal vez, hay ahí un poso de razón.
Y, sí, ya sé, no hace falta acudir a oriente para encontrar prácticas que vinculan el entrenamiento del cuerpo como medio para acceder y elevar el alma. Pero sí se me tendrá que reconocer que ahora mismo esas son las más conocidas.
Hay otros caminos que, sin alejarse de ese vínculo cuerpo/alma, confían al trabajo intelectual la elevación o perfeccionamiento del alma. De esos, que también encontramos en oriente, tenemos sobrados precedentes a mano en la cuenca Mediterránea. Desde Platón a Santa Teresa, pasando por todos los que desee, señalan esa vía.
Y hay una cosa que, desde mi roca en mitad de Nuestro Mar, que decían los romanos, no deja de llamarme la atención y es lo que Ramón Llull dejó caer, no tanto de palabra, como de obra. Y es que hay un momento en el que si recibes una llamada —¿del alma? ¿del espíritu? ¿de dios?— lo dejas todo y sigues tu vocación. Llull, dejó esposa e hijos, bien colocados, por cierto, y partió a hacer lo suyo, que era filosofar y crear máquinas lógicas para demostrar que ni musulmanes ni judíos tenían razón alguna y que la verdad era enterita de los cristianos. Cada cual, en su época, ya se sabe, hacía lo que podía. Aunque también dejó castillos circulares y sistemas mágicos —sí, mágicos— que dan para más de una novela.
Lo que yo estoy sintiendo, lejos de llevarme hacia el yoga, de vuelta al platonismo, o a crear máquinas lógicas con motivos variopintos, apunta en la misma dirección de lo que estoy comentando, pero de un modo que hasta me encoge el corazón —¿o será el alma?— cuando lo pongo por escrito.
Es como si la causa de mi enfermedad fuera que mi vida no respondía a los deseos —o necesidades— de mi alma. Que si había una llamada —y la había, vamos si la había— encontraba la forma de ignorarla. Y de tanto ignorar que cuerpo y alma son vasos comunicantes, fastidié el tandem, desequé mi alma y, como consecuencia, me fastidié el cuerpo.
Y, sí, ya sé, ya sé, suena místico y extraño, completamente fuera de lugar en un mundo regido por ceros y unos y método científico. Pero no puedo cambiar lo que siento. Lo siento y punto.
Claro que podría no decirlo en voz alta, pero, mirad por dónde, eso sería hacer otra vez exactamente lo que me ha traído hasta este punto. No decir, no contar, no escribir. Disimular que todo es normal —que yo soy normal— y vivir como si escribir no fuera lo único que le otorga sentido a mi vida. Como si no sintiera vocación alguna. Como si no hubiera llamada del alma.
Pero me he comprometido conmigo misma a no hacer eso, sino lo contrario. Y aquí estoy y cada día que pasa viviendo más alineada con esa llamada, con ese sentido de la vida —seguro que los japoneses tienen una palabra chula para esto—, siguiendo el que estoy del todo segura que es el único camino de mi vida, siento que la relación entre mi cuerpo y mi alma es más y más armoniosa.
Y no sé explicar muy bien todas estas sensaciones, ya tendréis que perdonarme, pero es que últimamente estoy muy ocupada sintiéndolas. Ni tampoco acabo de comprender adónde me lleva esta travesía. Pero cada partícula de mí sabe que mientras respete esa relación, ese equilibrio, entre mi cuerpo —lo que hago— y mi alma —lo que siento que tengo que hacer—, pase lo que pase, siempre, todo irá bien.
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PS: Publico sin revisar o no llegaré al médico. Ya le daré un ojo a la vuelta. Sed comprensivos, porfa.




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