En cuestión de varios días, quizás de una semana, me he encontrado con algunos fantasmas del pasado.
Sí, de aquellos que, por algún motivo, han sobrevivido a mi bloqueo de escritura de trece años en forma de espectro.
Y, claro, han tratado de bloquearme de nuevo.
Pero, por lo que sea, esta vez no lo han conseguido.
Resulta que en mi particular travesía por el desierto he aprendido varias cosas de las que ni siquiera me había dado cuenta, pero que son útiles ―no, utilísimas― para vivir sin cortapisas autoimpuestas.
En primer lugar, y es uno de los aprendizajes más valiosos que he obtenido, hay que comprender que siempre habrá polémicas. Siempre. Polémicas diversas, variopintas y, sobre todo, ruidosas y pasionales. De lo contrario, no serían polémicas, se quedarían en simples discusiones sin más trascendencia que el hecho de existir.
Pero las polémicas no son debates ni disputas. Están un escalón más allá, justo en el de las vísceras y los humores. Por eso encienden. Y por lo mismo enganchan. Lo peor es que, por lo mismo, se vuelven violentas ―con suerte, solo de palabra―.
A diferencia de cualquier controversia, las polémicas tocan fibras en extremo delicadas del animal humano y del momento en el que vive. Y, tal vez, precisamente por ello, polarizan. En una polémica, sobre lo que sea, no se permite ser neutral porque los involucrados ―secuestro de la amígdala mediante― son incapaces de ver en ningún tono o color más allá del más puro blanco o el más oscuro negro.
Allá por 2012, cuando me lancé a autopublicar Non Serviam, la polémica tenía que ver con Kindle y lo que la posibilidad de autopublicarse suponía. Había dos bandos claros y enfrentados, lo que consideraban que era una democratización de la publicación y los que, en cambio, estaban convencidos de que era una opción para los mediocres sin talento alguno y que afirmaban sin pudor alguno que ellos, jamás, nunca, nunca, leerían a un autopublicado.
Hoy la polémica es el uso de la IA. Pero, ojo, no hablo ya del uso de la inteligencia artificial generativa como herramienta de trabajo y apoyo a la escritura, que también está sobre la mesa, no, no, hablo del uso de la IA, especialmente en el caso de pequeños autores autopublicados ―qué manía con eso, eh― para crear portadas para sus libros y, ojito, imágenes y vídeos promocionales. He llegado a leer que si uno quiere alguno de esos materiales y no tiene presupuesto para pagar a un diseñador o un ilustrador, pues que aprenda a diseñar y a dibujar. Y tan anchos se quedan.
Eso por no hablar del silogismo si usas la IA para crear una portada/imagen promocional/vídeo o lo que sea nadie me asegura que no la uses también para crear la novela.
Por supuesto, están en lo cierto. Pero tampoco nadie asegura que el no uso de la IA en los materiales gráficos implique que tampoco se use en la creación de la obra. Seamos serios.
La cuestión es que estoy reviviendo aquel si te autopublicas es porque ninguna editorial te ha querido publicar, ergo tu obra carece de calidad o es mala. Como si todo lo que publican las editoriales fuera carne de Nobel o potencial Quijote.
Y la cuestión es que uno no puede declararse neutral. Yo no puedo afirmar que me la pela lo que cada cuál haga con su tiempo y dinero porque, de verdad de la buena, creo en la libertad siempre y cuando no se incumpla ley alguna porque seguramente gente que no ha tocado un libro de filosofía en su vida vendrá a hablarme de moral y ética sin caer en que aquí lo complejo es que ni una ni otra tienen fuente externa alguna y se suele llegar a ellas por consenso, lo que nos lleva a la política, las leyes y, bueno, otra vez al principio de este nudo gordiano.
Recuerdo que en primero de carrera ―sí, ya ha llovido mucho de entonces― un profesor, muy sabio, muy moderno, nos hizo presentar un trabajo final de un mínimo de diez páginas escrito a mano porque, según él, teclear nos estaba volviendo a todos lelos y no quería participar en el embrutecimiento de la juventud.
Algunos años después, cuando ya trabajaba como periodista y tenía mi primer blog, varias eminencias de la comunicación defendían desde sus elevadas tribunas que los blogs eran poco más que onanismo intelectual y que supondrían el final del periodismo.
Es como cuando el bueno de Chaplin, quizás dejándose llevar por su Charlot, afirmaba que el sonido había llegado para acabar con el cine.
Cada vez que una tecnología ha irrumpido con fuerza en la sociedad hay reacciones similares. Y un periodo de caos, más o menos largo, seguido por la asimilación de dicha tecnología por parte de la sociedad.
Lo que me preocupa tiene que ver directamente con esa última parte, la de la asimilación, porque mientras nosotros, hormiguitas de a pie, discutimos sobre si el nuevo invento es bueno o mano, la maldita hormiga reina y sus hordas de soldados no pierden el tiempo en polémicas, adoptan la tecnología y la utilizan en nuestra maldita contra.
Pero aquí seguimos, polemizando. Trece años después, con el mismo debate pero con distinto disfraz.
Y me tiene tan harta.
Tanto.
Tanto, que el otro día pensaba que, quizás, tenía que quitarme de la cabeza lo de autopublicar, entendido como lo que hace uno a través de KDP o cualquier plataforma análoga porque acabaría, igual que la primera vez, trece años atrás, ejerciendo más de vendedora de libros que de creadora de historias.
Y no, nada tenía que ver ese pensamiento con la IA, sino más bien con esa necesidad, demasiado humana y natural, de compartir lo que hago, no de ganar dinero con ello.
Es más, gracias al calvario de trece años atrás, me he ocupado de solucionarme el tema pecuniario para poder, por fin, escribir sin pensar en target, mercados ni ventas. Mis historias, gracias a dios ―y a mi esfuerzo brutal y continuado a lo largo de trece añazos― no tienen que ser rentables, solo ser. Son mi refugio. Mi lugar seguro. Mi razón de existir.
Y ahora mismo, salvo porque la salud ha salido del grupo y estamos negociando seriamente para que vuelva, mi vida es exactamente lo que siempre había soñado: Puedo escribir por el placer de escribir gracias al mejor trabajo imaginable para mí. No cabe en ese sueño que es mi vida ―y que será del todo perfecta en cuanto la salud se restablezca― que dedique mis horas a vender mis libros como quien vende aspiradoras.
Eso no quiere decir que renuncie al libro en formato físico ni nada de todo eso. Solo quiere decir que no es una prioridad. Aquí, después del episodio de casi-muerte-por-hemorragia-interna, la única prioridad es ser tan feliz como sea posible.
Si esa felicidad pasa por jugar con la IA a crear retratos de los personajes que viven en mi cabeza, queridos, ahí están los clavos, allá los maderos, si traéis martillo, proceded a crucificarme.
Si pasa por publicar en Wattpad porque es lo que me nace del alma, allá me voy. Si va de editar libros en papel porque, no lo negaremos ahora, me encanta el proceso, es lo que haré. Y si me apetece hacer promoción para vender como si no hubiera un mañana, lo haré, por apetencia.
La ventaja de echar una partida de damas con San Pedro ―o de haber pasado trece años de vida en un tête-à-tête con Lucifer en el Infierno― es que todas esas pasiones viscerales donde viven las polémicas, como por arte de magia, dejan de afectarte.
O te afectan de otra manera.
Por ejemplo, provocando que recopiles aprendizajes y los vomites en una entrada de blog demasiado larga para que nadie se la lea.
Pero da igual.
Porque ya no escribes para que nadie te lea ―en realidad nunca lo hiciste―.
Escribes porque te apetece. Te da la real gana. Te nace.
Supongo que esa es la segunda lección, que tiene que ver más con la casi-muerte que con los trece años de muerte en vida: Haz lo que te apetezca, en cualquier caso, siempre, siempre, habrá alguien que te critique y señale, pero nunca sabes cuando eso que haces puede ser exactamente lo que alguien necesita encontrar y tú, pasando de normas y por el mero hecho de seguir tu instinto, puedes darle. Vale más uno de estos, que miles de los otros. Entre tanto, que hablen.
Y luego viene el tercer aprendizaje. Creo que este sí que lo he tenido siempre delante de las narices, que por algo me educaron en una escuela de monjas.
Resulta que, grosso modo, podemos dividir la población según dos actitudes: los que viven en la luz, los que lo hacen en la oscuridad. Los primeros se centran en las emociones positivas y todo lo que las genera, los segundos, bueno, en lo contrario. Esos segundos son, sí, los apasionados polemistas.
Esas dos actitudes se pueden observar fácilmente. Los primeros, hacen, actúan. Los segundos, hablan, polemizan. Volcar la energía en actuar, por lo general, pero en especial cuando haces algo que amas, produce un aumento de endorfinas y un sinfín de hormonas buenas, de esas que te hacen sentir bien e, incluso, llegan a hacer desaparecer la sensación del tiempo. Los avances, por pequeños que sean, magnifican ese efecto y se entra en una espiral maravillosa.
Pero volcar la energía en hablar, sobre todo cuando se habla de terceros o del trabajo de estos, suele tener el efecto contrario, con idéntico efecto en espiral, pero exactamente a la inversa, que se ve además aumentado cuando se comprueba que el otro, a través de las acciones avanza, cuando uno, por más que hable, se estanca cada vez más.
Y un apunte aquí, ese hablar, ese polemizar, no se refiere necesariamente a hacerlo en voz alta. Lo mismo aplica cuando uno se queda atrapado en los pensamientos dentro de su cabeza. La acción, por cierto, también exorciza eso.
Por mi parte, esta entrada, demasiado larga, demasiado abstracta, con demasiados temas, es, exactamente, lo que hoy, en este instante, me apetecía hacer. Y esa es mi acción, la que me mantiene en lado positivo y me aleja de polémicas propias y ajenas. No importa si este es el formato más adecuado o no, si me señalarán por no posicionarme en la polémica del momento o si por mi falta de posición me sitúan en un lado cualquiera. Nada de eso importa, porque, en realidad, no importa nada.
Nada.
Salvo disfrutar de cada instante de esta bendita vida.




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