Desmontable, ampliable

Estar enferma es una mierda.

Me gustaría poder empezar esta entrada de otra manera, desde un enfoque más positivo u optimista. Pero, a veces, para poder llegar ahí, hay que pasar primero por la aceptación de la maldita realidad.

Y la realidad es que estoy enferma.

Y que estar enferma es una mierda.

Punto.

Escribo esto con los ojos empañados. No llorando a moco tendido, solo con lágrimas que se acumulan a la par que aumenta el moqueo, pero sin estallar en llanto.

Aunque a veces pienso que una buena llorada, a lo rabieta de niña pequeña, me haría bien. Mucho. Pero la máquina del llanto desconsolado y liberador está, por lo visto, estropeada.

Estropeado en general, tengo el cuerpo.

Y hemos llegado a un punto incómodo en el que se ve que lo que arregla una cosa fastidia otra.

Así andamos.

No es que me hayan dado una noticia especialmente mala.

Tampoco buena.

Solo otra noticia más, que es otro factor a tener en cuenta en este puzle que se ha convertido mi particular bienestar, al que, quizás, habría que rebautizar como soportabilidad del estar. Soportaestar, para hacerlo breve.

Y una, que además de todo, es sensible, pues claro, con dolor en el bajovientre y la mente saturada de noticias médicas que no son malas, pero tampoco buenas, va, y se rompe.

Porque es lo que estoy haciendo ahora.

Romperme.

Mientras aporreo las teclas para no escuchar el crack de cada fragmento. Cada pedazo.

Y cada clic del teclado me recuerda que también las palabras están hechas de pedazos y que, cual lego lexicográfico, se arman y se desarman para formar otras de nuevas. O, mejor aún, para juntarse entre ellas y formar frases. Y párrafos. Y relatos. Y capítulos… Historias…

Si las historias están hechas de piezas no puede ser tan malo reconocerme así a mí misma: desmontable, fragmentable, rompible. Pero también reparable, unible, montable. Y, quizá, lo mejor, como las palabras, las frases, los párrafos… Ampliable.

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